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ARIEL ZAPPA

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Paisaje

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I

Hoy han confirmado en el noticiero que esa casa existe. La única pista que tenían la aportó un turista. Allí vivía una persona que tuvo en vilo a toda una comunidad y se cansó de estropear vidas. Busqué el lugar por Internet. Fui por Google Maps y, ¡oh sorpresa!, lo hallé. No satisfecho, enseguida eché mano a Google Earth y pude verlo más de cerca. ¿Por qué desechar herramientas eficientes que el desarrollo tecnológico ha puesto a nuestro servicio?

Es verdad que desde la imagen que me ofrece el software, la casona luce un poco más desangelada que en la foto, y que si uno echa mano al zoom de acercamiento parece divisarse un punto uniforme deslizándose por el camino hacia una especie de mancha gris que bien puede ser un lago. La foresta está un poco seca dado que ya se perciben las consecuencias de los primeros copos de nieve. Otro dato que se suma es la leña acumulada en derredor de la casa. No se ven postes de luz ni otro servicio a menos de cincuenta kilómetros a la redonda: eso lo supe porque pude medirlo con otra herramienta de un programa que en este momento no puedo recordar. Tampoco se ven vehículos ni estaciones de servicio cerca (tuve el infeliz arrebato de decir “gasolinera”, pero pude, afortunadamente, detenerlo a tiempo).

Eso es todo.

Pensar en que una mente ominosa pueda vivir en un lugar tan bello como ese me acarrea solo unos minutos, y listo. Y tener hijos, vecinos, enemigos, alcaldes, animales domésticos… La conmoción me dura muy poco. Lo  mismo que una canción de Arcade Fire que suena en mi reproductor de MP3 llamada “In the backseat” del álbum “Funeral”, el primero de su discografía, de septiembre de 2004.

No creo que esa canción tenga algo que ver con ello, pero inconscientemente, se me adosa cada vez que sueño la posibilidad de salir de mi cama, de mi dormitorio, alejarme de mi casa y darle una orden indeclinable a mi cerebro para que mis piernas echen a andar.  

El lugar tiene las características de la geografía de montaña: escarpado, agreste, muy poco accesible. Aún así, imagino todo el esfuerzo que haría para llegar hasta él y gastar sus senderos con mis pasos.

A menudo, en las noches de invierno, me destapo hasta sentir que el frío gana mi cuerpo. Me imagino en ese lugar yendo a acarrear leña, buscando un gorro de lana para abrigar mi cabeza y una campera gruesa con relleno de guata. (He visto que en las películas que se filman en lugares montañosos, los lugareños las usan siempre, y suelen colgarlas en el perchero cercano a la puerta como lo hace el marido que contrata por encargo a un par de mercenarios para secuestrar a su esposa y pedir rescate al suegro, en Fargo, de los hermanos Cohen)

Una amiga me contó que siempre le ocurre lo mismo cuando viaja a un lugar como ese:   piensa en caminar por las mañanas, perderse en algún sendero serpenteante, quizás zambullirse desnuda en un lago, -si es que la temperatura se lo permite- para volver al lugar donde se hospeda al límite de sus fuerzas y dormir la siesta. Pero lo que sucede es que se queda casi todo el tiempo adentro, levantándose tarde y preguntando todos los días al personal del hotel cuál será el menú por la noche. Al llegar el último día, se desgrana en lamentos que se estrellan contra el vidrio de su ventana maldiciéndose por el tiempo que perdió sin salir a caminar, sin realizar las excursiones que tenía pensadas. Y se deprime al calcular lo que falta para sus próximas vacaciones. La última vez, me contó que esa tristeza no la abandonó por un tiempo prolongado. Recurrió a terapia y estuvo dándole vueltas a ese tema por más de tres años. Salía de terapia y lloraba. Y la llamaba a su analista por teléfono cuatro veces por día. Y comía. Al llegar el fin de semana alquilaba un montón de películas para encerrarse, de las cuales veía una sola, a lo sumo, dos.

Me resultó curioso porque yo hago lo mismo. O mejor dicho, fantaseo con hacer lo mismo. El monitor de mi notebook hace de ventana y por allí me voy, imaginando que camino despreocupado o ando en bicicleta. Quizás con una caña de pescar o con los pertrechos de arquería, practicando tiro en alguno de esos lugares donde no hay gente, tomando todas las precauciones para que nadie salga lastimado. Con todo el tiempo del mundo para pensar si elegiré el arco recurvo, que se usa en las olimpíadas, o el compuesto que trae mira y poleas y permite ahorrar fuerzas a la hora de tensar la cuerda y disparar. Supongo que para esa fecha ya me habré comprado un par de flechas de mejor calidad: carbono y aluminio. Y andaré gastando la luz y el aire del lugar discurriendo con un amigo acerca de la velocidad del viento y su injerencia al momento del disparo.

Nos reíamos con mi amiga porque seguro que yo haría lo mismo: volvería con la caña sin tocar, las flechas sin estrenar y mi arco aún dispuesto en su estuche de madera. Y sobre el final de la conversación, esa utopía recurrente: que bueno sería mudarse a un lugar así.

-¿Aunque viva un asesino serial, – pregunté yo?

Y reímos por un largo rato, repitiéndonos al unísono: “¡que mierda nos importa!”.

Por las dudas, guardé la foto en mi notebook aunque nada de eso ocurra. Las coordenadas ya las tengo y la ensoñación de transitar ese paisaje bucólico, también. Yo seguiré escuchando canciones de ese grupo y pasándole cada tanto a la superficie del monitor un paño con un líquido semejante al que se usa para limpiar los vidrios de las ventanas.

II

Suena el timbre de casa y por la ventana veo que es Paquito, mi dealer. Debe andar necesitado de plata, llegó rapidísimo. Tuve que llamarlo porque hace frío y no me dejan salir por orden médica: cuando las temperaturas son tan bajas temen que me pesque una pulmonía. Y mi amiga, la que se queda con ganas de salir a caminar cada vez que va a la montaña, hoy no me podía hacer el favor de ir a buscarla porque tenía que entregar un práctico en la facultad de derecho. Voy a pedirle a mi hermana que baje a recibirlo. Le mostraré el paisaje y le contaré que allí vivió un tipo desalmado. Paquito no es como los otros dealers, le interesa este tipo de cuestiones. Aunque dudo que alguna vez haya escuchado Arcade Fire.

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                                                    Ariel Zappa

Un Comentario

  1. Escrito el 12 Dic ’13 a las 12:21 | Enlace permanente

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