{"id":1008,"date":"2010-09-18T21:07:18","date_gmt":"2010-09-19T00:07:18","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=1008"},"modified":"2010-09-18T21:09:22","modified_gmt":"2010-09-19T00:09:22","slug":"jorge-fernandez-diaz-manuel-belgrano-imperdible","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=1008","title":{"rendered":"JORGE FERN\u00c1NDEZ D\u00cdAZ.  Manuel Belgrano: IMPERDIBLE !!!"},"content":{"rendered":"<h1>. <a href=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/09\/BELGRANO.gif\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-1011\" title=\"BELGRANO\" src=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/09\/BELGRANO.gif\" alt=\"\" width=\"290\" height=\"400\" srcset=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/09\/BELGRANO.gif 290w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/09\/BELGRANO-136x188.gif 136w\" sizes=\"auto, (max-width: 290px) 100vw, 290px\" \/><\/a><\/h1>\n<h1>El milagro de las langostas<\/h1>\n<h2>Jorge Fern\u00e1ndez D\u00edaz<br \/>\nLA NACION<\/h2>\n<p><!-- CABEZAL NOTA --><!-- FECHA y NAVEGADOR--><\/p>\n<div>S\u00e1bado 18 de setiembre de 2010 |\u00a0<\/div>\n<p><img border=\"0\" alt=\"\" width=\"1\" height=\"1\" \/><\/p>\n<p><!-- \/HERRAMIENTAS DE LA NOTA --><\/p>\n<div><a onclick=\"abrirGaleriaImagenes('imgViewer', 'imgViewer812', 525, 630, '', 1305778, 21757, 1263712);\" href=\"javascript:void(0)\"><\/a><\/div>\n<div id=\"content\">\n<p>Vea usted: ten\u00edamos todo para perder aquel d\u00eda, pero igual nos mor\u00edamos de ganas por salir a degollar. Todav\u00eda no hab\u00eda amanecido, y el general iba y ven\u00eda dando \u00f3rdenes en lo oscuro. Cualquiera de nosotros, la simple soldadesca de aquella jornada, sab\u00eda que nuestro jefe no ten\u00eda ni puta idea sobre t\u00e1ctica y estrategia militar. Que era hombre de libros y de leyes, pero que hab\u00eda aceptado obediente el reto de conducir el Ej\u00e9rcito del Norte y pararles el carro a los godos. Tambi\u00e9n sab\u00edamos, de o\u00eddas, que al enemigo lo manejaba con rienda corta un americano traidor: P\u00edo Trist\u00e1n, nacido en Arequipa e instruido en Espa\u00f1a; nos ven\u00eda pisando los talones con 3000 milicos imperiales y hab\u00edamos tenido que vaciar y quemar Jujuy para dejarles tierra arrasada. Muy triste, vea usted. Fue en los primeros d\u00edas de agosto de 1812. Y el general les orden\u00f3 a los pobladores que tomaran lo que pudieran y destruyeran todo lo dem\u00e1s. Le digo la verdad: el que se retobaba pod\u00eda ser fusilado sin m\u00e1s tr\u00e1mite. No hab\u00eda muchas alternativas. Ayudamos a arrear el ganado y a quemar las cosechas. Yo mismo lo vi con estos mismos ojos, se\u00f1or: al final cuando no quedaba nada ni nadie Belgrano sali\u00f3 a caballo de la ciudad y se puso a la cabeza de la columna. Ibamos en silencio, con sabor amargo, y tuvimos que cruzar tiros cuando una avanzada de los espa\u00f1oles jodi\u00f3 a nuestra retaguardia a orillas del r\u00edo Las Piedras. El general mand\u00f3 a la caballer\u00eda, a los cazadores, los pardos y los morenos. Meta bala y aceros. Y al final, a los godos no les daban las piernas para correr, se\u00f1or, se lo juro. Sospech\u00e1bamos que nos hab\u00edan atacado con muy poco, pero nosotros ven\u00edamos de capa ca\u00edda: darles esa le\u00f1a y salir victoriosos fue un golpe de orgullo.<\/p>\n<p>Voy a decirle la verdad: cuando Belgrano se hizo cargo \u00e9ramos un grupo de hombres desmoralizados, mal armados y mal entretenidos. Y al llegar a Tucum\u00e1n no crea que hab\u00edamos mejorado mucho, aunque march\u00e1bamos con la moral en alto. Ah\u00ed lo tiene a ese doctorcito de voz aflautada: nos acostumbr\u00f3 a la disciplina y al rigor, y nos insufl\u00f3 \u00e1nimo, confianza y dignidad. Aunque en las filas no nos chup\u00e1bamos el dedo, se\u00f1or. P\u00edo Trist\u00e1n nos persegu\u00eda con legiones profesionales, sab\u00eda mucho m\u00e1s de la guerra y caer\u00eda sobre nosotros de un momento a otro.<\/p>\n<p>Nos enteramos por un cocinero que incluso el gobierno de Buenos Aires le hab\u00eda dado la orden a Belgrano de no presentar batalla y seguir hasta C\u00f3rdoba. Pero el general hab\u00eda resuelto desobedecer y hacerse fuerte en Tucum\u00e1n. Adelant\u00f3 oficial y tropas con la misi\u00f3n de que avisaran al pueblo que ya entraban para conquistar el apoyo de las familias m\u00e1s importantes y tambi\u00e9n para reclutar a todo hombre que pudiera empu\u00f1ar un arma. Hab\u00eda pocos fusiles, y casi no ten\u00edamos sables ni bayonetas, as\u00ed que cuatrocientos gauchos con lanzas y boleadoras pusieron mucho celo en aprender los rudimentos b\u00e1sicos de la caballer\u00eda. Nosotros los mir\u00e1bamos con desconfianza, para qu\u00e9 le voy a mentir. \u00ab\u00bfY estos pobres gauchos qu\u00e9 van a hacer cuando los godos se nos vengan encima?\u00bb. La ten\u00edamos dif\u00edcil, no s\u00e9 si se da cuenta. Y estuvimos algunos d\u00edas fortificando la ciudad, armando la defensa, cavando fosos y trincheras, y haciendo ejercicios. \u00abVoy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerrar\u00e9 en la plaza para concluir con honor\u00bb, les dijo Belgrano a sus asistentes. La noticia corri\u00f3 como reguero de p\u00f3lvora. No tiene usted idea lo que es aguardar la muerte, noche tras noche, hasta el momento de la verdad. Le viene a uno un sabor met\u00e1lico a la boca, se le clava un pu\u00f1al invisible en el vientre y se le suben, con perd\u00f3n, los cojones a la garganta. Uno no piensa mucho en esas horas previas. S\u00f3lo desea que empiece la acci\u00f3n de una vez por todas y que pase nom\u00e1s lo que tenga que pasar.<\/p>\n<p>El general finalmente nos puso en movimiento en la madrugada del 24. Avanzamos en silencio absoluto hasta un baj\u00edo llamado Campo de las Carreras y ah\u00ed est\u00e1bamos juntando orina y con ganas de salir a degollar cuando apareci\u00f3 el sol y comprobamos que los tres mil imperiales nos ten\u00edan a tiro de ca\u00f1\u00f3n.<\/p>\n<p>Mir\u00e9 por primera vez a Belgrano en ese instante crucial, se\u00f1or, y lo vi p\u00e1lido y decidido. Hac\u00eda tres d\u00edas nom\u00e1s le hab\u00eda ense\u00f1ado a la infanter\u00eda a desplegar tres columnas por izquierda mientras la pobre artiller\u00eda se ubicaba en los huecos. Era la \u00fanica evoluci\u00f3n que hab\u00edan ejercitado en la ciudad. Pero los infantes lo hicieron a la perfecci\u00f3n, como si no fueran biso\u00f1os sino veteranos. El general orden\u00f3 entonces que avanzara la caballer\u00eda y que tocaran paso de ataque: los infantes escucharon aquel toque y calaron bayoneta. Y antes o despu\u00e9s, no lo recuerdo, dispuso Belgrano que nuestra artiller\u00eda abriera fuego. Varias hileras de maturrangos se vinieron abajo. Volaban pedazos de cuerpos por el aire y se escuchaban los alaridos de dolor.<\/p>\n<p>No puedo contarle con exactitud todos esos movimientos porque fueron muy confusos. Sepa nom\u00e1s que los godos nos doblaban en n\u00famero, pero que igualmente les arrollamos el ala izquierda y el centro. Y que su ala derecha nos perfor\u00f3 a los gritos y a los sablazos. Tronaban los ca\u00f1ones y levantaba escalofr\u00edos el crepitar de la fusiler\u00eda. Todo se volvi\u00f3 un caos. Nos mat\u00e1bamos, se\u00f1or m\u00edo, con furia ciega y no se imagina usted lo que fue la entrada en combate de los gauchos. Cargaron a la atropellada, lanzas enastadas con cuchillos y ponchos coloridos, pegando gritos y golpeando ruidosamente los guardamontes. Parec\u00edan demonios salidos del infierno: atropellaron a los godos, los atravesaron como si fueran mantequilla, los pasaron por encima, llegaron hasta la retaguardia, acuchillaron a diestra y siniestra, y se dedicaron a saquear los carros del enemigo. Eran brutos esos gauchos. Brutos y valientes, pero aquel saqueo los distrajo y los dispers\u00f3. Diga que los vientos estaban ese d\u00eda de nuestra parte. Y esto que le refiero no es s\u00f3lo una figura, se\u00f1or. Es la pura realidad. Vea usted: en medio de la reyerta se arma un ventarr\u00f3n violento que sacude los \u00e1rboles y levanta una nube de polvo. Y no me lo va a creer pero antes de que llegara el viento denso vino una manga de langostas. De pronto se oscureci\u00f3 el cielo, se\u00f1or. Miles y miles de langostas les pegaban de frente a los espa\u00f1oles y a los altoperuanos que les hac\u00edan la corte. Los paisanos m\u00e1s o menos sab\u00edan de qu\u00e9 se trataba, pero los extranjeros no entend\u00edan muy bien qu\u00e9 estaba ocurriendo. Dios, que es criollo, los ametrallaba a langostazos. Parec\u00eda una granizada de disparos en medio de una polvareda enceguecedora. Le juro que no le miento. Un apocalipsis de insectos, viento y agua misteriosa, porque tambi\u00e9n empez\u00f3 a llover. Nuestros enemigos cre\u00edan que \u00e9ramos muchos m\u00e1s que ellos y que ten\u00edamos el apoyo de Belceb\u00fa. Muchos corr\u00edan de espanto hacia los bosques. Y con tanto batifondo, sabe qu\u00e9, apenas nos dimos cuenta de que nuestra derecha estaba siendo derrotada y que armaban un gran martillo para atacarnos por ese flanco.<\/p>\n<p>Nosotros, que est\u00e1bamos un poco deshechos, nos encontramos entonces en el medio del terreno y haciendo prisioneros a cuatro manos. Unos y otros nos hab\u00edamos perdido de vista, y el general cabalgaba preguntando cosas y barruntando que las l\u00edneas estaban cortadas. Se cruzaba con dispersos de todas las direcciones y los interrogaba para entender si la batalla estaba ganada o perdida. Y todos le respond\u00edamos lo mismo: \u00abHemos vencido al enemigo que ten\u00edamos al frente\u00bb. Belgrano permanec\u00eda grave como si nos hubi\u00e9ramos vuelto locos o si le estuvi\u00e9ramos metiendo el perro. Ya no se o\u00eda ni un tiro, y mientras nuestro jefe regresaba a la ciudad, Trist\u00e1n trataba de rearmarse en el sur. La tierra estaba llena de sangre y de cad\u00e1veres, y de ca\u00f1ones abandonados. Pero el peligro segu\u00eda siendo tanto que muchos patriotas debieron replegarse sobre la plaza, ocupar las trincheras y prepararse para resistir hasta la muerte. Creyendo aquel miserable godo que era due\u00f1o de la situaci\u00f3n intim\u00f3 una rendici\u00f3n y advirti\u00f3 que incendiar\u00eda la ciudad si no se entregaban. Nuestra gente le respondi\u00f3 que pasar\u00edan a cuchillo a los cuatrocientos prisioneros. Ya sab\u00edan adentro que Belgrano ven\u00eda reuniendo a la caballer\u00eda.<\/p>\n<p>Pasamos la noche juntando fuerzas, cazando godos, despenando ag\u00f3nicos y pertrech\u00e1ndonos en los arrabales. No tengo palabras para narrarle c\u00f3mo fueron aquellas tensas horas. Una batalla que no termina es un verdadero suplicio, se\u00f1or. Anhel\u00e1bamos de nuevo que saliera el sol para que fuera lo que Dios quisiera. Era preferible morir a seguir esperando.<\/p>\n<p>Al romper el sol, el general hab\u00eda juntado a 500 leales. No se o\u00edan ni los p\u00e1jaros aquella madrugada del 25 de septiembre, y el jefe mand\u00f3 entrar por el sur y formar frente a la l\u00ednea del enemigo. Est\u00e1bamos cara a cara y a campo traviesa. Eramos parejos y, despu\u00e9s de tanta matanza, ahora el asunto estaba realmente para cualquiera. Fue Belgrano quien esta vez intim\u00f3 una rendici\u00f3n. Les propon\u00eda a los realistas la paz en nombre de la fraternidad americana. Trist\u00e1n le contest\u00f3 que prefer\u00eda la muerte a la verg\u00fcenza. Presuntuoso hijo de la gran puta, nos rechinaban los dientes de la bronca. \u00abHan de estar nerviosos -dijo mi teniente-. Cuando un gallo cacarea es que tiene miedo.\u00bb<\/p>\n<p>Miramos a Belgrano esperando la orden de carga, pero el doctorcito ten\u00eda un ataque de prudencia. Tal vez pensara que no estaba garantizada una victoria, y que no pod\u00eda arriesgarse todo en un entrevero. En esos aprontes y dudas estuvimos todo el santo d\u00eda, maldici\u00e9ndolo por lo bajo y agarrados a nuestras armas. Por la noche los espa\u00f1oles se dieron a la fuga. Hab\u00edan perdido 61 oficiales. Dejaban atr\u00e1s m\u00e1s de seiscientos prisioneros, 400 fusiles, siete piezas de artiller\u00eda, tres banderas y dos estandartes. Y lo principal: 450 muertos. Nosotros hab\u00edamos perdido 80 hombres y ten\u00edamos 200 heridos.<\/p>\n<p>Belgrano orden\u00f3 que los sigui\u00e9ramos y les pic\u00e1ramos la retaguardia. Los realistas iban fatigados, con hambre y sed, y en busca de un refugio. Y nosotros los persegu\u00edamos d\u00e1ndoles sable y lanza, y escopeteando a los m\u00e1s rezagados. No le cuento las aventuras que vivimos en esas horas, entre asaltos y deg\u00fcellos, entrando y saliendo, ganando y perdiendo, porque se me seca la boca de s\u00f3lo recordarlo, se\u00f1or m\u00edo.<\/p>\n<p>Regresamos a Tucum\u00e1n con sesenta prisioneros m\u00e1s y muchos compa\u00f1eros nuestros rescatados de las garras de los altoperuanos. Eramos, en ese momento, la gloriosa divisi\u00f3n de la vanguardia, y al ingresar a la ciudad, polvorientos y cansados, vimos que el pueblo tucumano marchaba en procesi\u00f3n y nos sumamos silenciosamente a ella. All\u00ed iba el mism\u00edsimo general Belgrano, que era hombre devoto, junto a Nuestra Se\u00f1ora de las Mercedes y camino al Campo de las Carreras, donde los gauchos, los infantes, los dragones, los pardos y los morenos, los artilleros y las langostas hab\u00edamos batido al Ej\u00e9rcito Grande.<\/p>\n<p>Cr\u00e9ame, se\u00f1or, que yo estaba all\u00ed tambi\u00e9n cuando el general hizo detener a quienes llevaban a la Virgen en andas. Y cuando, ante el gent\u00edo, se desprendi\u00f3 de su bast\u00f3n de mando y se lo coloc\u00f3 a Nuestra Se\u00f1ora en sus manos. Un tucumano comedido coment\u00f3, en un murmullo, que la hab\u00eda nombrado Generala del Ej\u00e9rcito, y que Tucum\u00e1n era \u00abel sepulcro de la tiran\u00eda\u00bb. La procesi\u00f3n sigui\u00f3 su curso, pero nosotros est\u00e1bamos acojonados por ese gesto de humildad. Hab\u00eda desobedecido al gobierno y se hab\u00eda salido con la suya contra un ej\u00e9rcito profesional que lo doblaba en n\u00famero y experiencia, pero el general no era vulnerable a esos detalles, ni al orgullo ni a la gloria. No se cre\u00eda la pericia del triunfo. Le anotaba todo el cr\u00e9dito de la haza\u00f1a a esa Virgen protectora, y no ten\u00eda ni siquiera la precauci\u00f3n de disimularlo ante el gent\u00edo.<\/p>\n<p>Nosotros tampoco sab\u00edamos, la verdad, que hab\u00edamos salvado la revoluci\u00f3n americana, ni que el cielo hab\u00eda guiado el juicio de nuestro estratega ni que Dios hab\u00eda mandado aquellos vientos y aquellas langostas. Recuerde: \u00e9ramos la simple soldadesca y no cre\u00edamos en milagros. Ven\u00edamos de merendar godos y altoperuanos por la planicie y todo lo que quer\u00edamos en ese momento era un vaso de vino y un lugar fresco a la sombra. Pero mir\u00e1bamos a ese jefe inexperto y fr\u00e1gil y lo ve\u00edamos como a un gigante. Y lo m\u00e1s gracioso, vea usted, es que a pesar del cuero curtido y el coraz\u00f3n duro de cualquier soldado viejo, a muchos de nosotros empezaron a corrernos las l\u00e1grimas por el morro. Porque Belgrano era exactamente eso. Un gigante, se\u00f1or. Un gigante.<\/p>\n<p>\u00a9 LA NACION<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. El milagro de las langostas Jorge Fern\u00e1ndez D\u00edaz LA NACION S\u00e1bado 18 de setiembre de 2010 |\u00a0 Vea usted: ten\u00edamos todo para perder aquel [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[],"class_list":["post-1008","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-taller"],"_links":{"self":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1008","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=1008"}],"version-history":[{"count":3,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1008\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1010,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1008\/revisions\/1010"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=1008"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=1008"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=1008"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}