{"id":10645,"date":"2026-02-06T18:31:12","date_gmt":"2026-02-06T21:31:12","guid":{"rendered":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=10645"},"modified":"2026-02-06T18:31:12","modified_gmt":"2026-02-06T21:31:12","slug":"pellikan-rojo-725","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=10645","title":{"rendered":"Pellikan rojo 725"},"content":{"rendered":"<h1 dir=\"auto\">.<a href=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-scaled.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-medium wp-image-10646\" src=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-126x188.jpg\" alt=\"\" width=\"126\" height=\"188\" srcset=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-126x188.jpg 126w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-332x494.jpg 332w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-768x1144.jpg 768w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-1032x1536.jpg 1032w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-1375x2048.jpg 1375w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-403x600.jpg 403w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2026\/02\/20260206_175444-scaled.jpg 1719w\" sizes=\"auto, (max-width: 126px) 100vw, 126px\" \/><\/a><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>PELLIKAN ROJO 725<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>\u00abAl final de la tarde Andrea decide volverse al campo, lleg\u00f3 anoche, domingo, a Maizal, con la idea de quedarse dos o tres d\u00edas y avanzar en el desguace de la casa familiar, pero apenas pasan unas horas (la tristeza en esa casa sube r\u00e1pido), llega a un l\u00edmite, a un tope. Ella ha hecho una marca en la cocina, con un Pelikan rojo 725, como las que hac\u00eda el padre, el Umbi, para medirles la estatura de ni\u00f1os. Ahora la tabla de la cocina es para hacer una muesca a cada tristeza. Cuando las marcas llegan al tope, debe irse. Es una orden o una receta. Su psiquiatra del campo, Manuel Fracassi, le ha indicado esa terapia. \u201cPellikan rojo 725\u201d. Entonces ella quiere irse, salir, volver a tener paisaje, horizonte, unas horas hacia adelante. Hizo un pacto con el m\u00e9dico: puede ir al \u201cmuseo de cera Pereda\u201d, al tren fantasma familiar, a su tiendita del horror, pero con la medicina de la marca 725. Ni bien alcanza la muesca, debe irse. Hoy lunes le bastaron cinco o seis horas de revolver tantas cosas in\u00fatiles. En un momento pens\u00f3 en dejarles la llave a los \u201cComegato\u201d y volver en un mes, cuando todo est\u00e9 vac\u00edo, para darle la llave a la inmobiliaria y poner el cartel de venta. Pero duda. Vacila. Parece que hay cosas que la reclaman y el pasado nunca pasa del todo. \u00a1Qu\u00e9 tenacidad esa m\u00e1quina de coser Singer de la abuela Luisa! Ella se llama Lou por esa abuela, modista. \u00a1Qu\u00e9 tara las Pen\u00e9lopes que se demoran como Andrea ahora con estas zonceras! \u00bfTejer, coser en la \u00e9poca de Shein y Temu? \u00bfAcaso el nombre Lou va con la m\u00e1quina? \u00bfSe lo debe a la abuela? Deus ex machina piensa y decide, el primer cartonero que pase por la calle se lleva un lote: 3 televisores, dos plasmas y uno anal\u00f3gico, la Singer, el lavarropas, el secarropas, microondas, freezer, dos racks, los muebles del living y un sill\u00f3n de poltrona. Como es mucho, un cartonero llama a otros y a las dos horas la calle Ayolas parece un festival de cirujeo, un conato de saqueo o aquellas fiestas rave de cumbias de los pobres que organizaba Furlet en los 90. Llega la polic\u00eda, los gendarmes, prefectura y un grupo Albatros. El fantasma del 89 es fuerte y la situaci\u00f3n social es la misma. Pero bueno, piensa Andrea, era eso de regalar todo o dejar abierto el gas o hacer la pira de papeles m\u00e1s grande, con todos los libros de sus hermanos, las contabilidades del narco, de la pol\u00edtica, y pegarles fuego. Ser\u00eda pr\u00e1ctico y limpio, cree, pero no ser\u00eda justo el da\u00f1o a los vecinos. No ser\u00eda justo con la memoria de sus padres ni del barrio. Basta de temporadas de incendio, le dijo Fracassi. Eso ya est\u00e1 hablado\u2026 Est\u00e1n todos muertos, lo que no supo hasta ahora, no lo va a saber nunca. Javier vive, pero no sabe en qu\u00e9 parte del planeta. Hablan cada tanto por tel\u00e9fono pero ya no le causa amor ni risa ni gusto su hermano mayor. Hace tiempo que no le cree ni el saludo. Ni le importa. Ella tampoco lo llama. En otra \u00e9poca con la llegada de estos batallones es el primero a quien hubiera acudido. Pero ya no. Es \u00e9l quien llama, Javier, y siempre con la misma arrogancia que luego deriva a una melancol\u00eda cursi y repetida, resultado de la culpa que lo persigue pero que ni siquiera le alcanza para matarse. Y luego est\u00e1 Ariana, que est\u00e1 con ella en el campo y que jur\u00f3 no volver nunca m\u00e1s a Maizal tras la muerte de Esteban. Ariana pidi\u00f3 dos a\u00f1os de licencia en el Hospital Italiano. Ella teme, o sabe quiz\u00e1, que el esp\u00edritu de Esteban todav\u00eda est\u00e1 dando vueltas por all\u00ed y en esos primeros tiempos desde la muerte a\u00fan puede ser un demonio, un \u00e1ngel negro, que si la encuentra y la reconoce, la lleve con \u00e9l, o m\u00e1s bien que ella lo lleve a \u00e9l, o precisamente para eso, a una especie de Hades infinito. Las ondas de voz y las part\u00edculas de los cuerpos no desaparecen. No es seguro, es probable, pero quiz\u00e1 pervivan en una sonda de tiempo, y alojarse en alg\u00fan agujero de gusano y estar viviendo en un recital de poes\u00eda en Gualeguay, el a\u00f1o pasado, en octubre dicen, en la Biblioteca Emma Barrandeguy, o remolcando shale gas desde A\u00f1elo a Bah\u00eda Blanca, en el a\u00f1o 2035, en un cami\u00f3n cisterna Scania Green Efficiency.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>Andrea Lou, en silencio, a veces se r\u00ede de las profec\u00edas de su cu\u00f1ada, otras, la compadece, pero siempre la escucha y asiente o muestra inter\u00e9s, respeto, sin el menor asomo de burla, sino todo lo contrario, sabiendo que una escucha atenta es la primera forma de la ternura.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>Andrea se pone su capote militar, grueso, azul, el largo le pasa las rodillas, es que Mateo Camardo, su due\u00f1o, su exnovio, era un poco m\u00e1s alto que ella. Entonces marca el \u00faltimo Pellikan 725 del d\u00eda y ahora puede irse. Sube a la camioneta, arranca en direcci\u00f3n al r\u00edo, al Este, baja hasta circunvalaci\u00f3n y busca la ruta 9 a C\u00f3rdoba, la autopista hasta Armstrong, all\u00ed tomar\u00e1 la provincial 15, de memoria, y sonreir\u00e1 al ver los carteles de Vialidad que apenas asoman de las mazorcas anunciando que est\u00e1 prohibido sembrar en las banquinas.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>Ya en C\u00f3rdoba, pasar\u00e1 por Cruz Alta, tomar\u00e1 el camino provincial 6 hacia Los Surgentes, sus hermanos mayores le ense\u00f1aron a dar el volantazo all\u00ed en la curva larga y mirar siempre el camino de la masacre de los 7 militantes fusilados en ese lugar el 17 de octubre del 76. M\u00e1s adelante, doblar\u00e1 a la izquierda antes de Inriville y a medianoche entrar\u00e1 en el campo Laiseca, en Camilo Aldao. Abrir\u00e1 la tranquera con los faros antiniebla, se quitar\u00e1 los guantes de cuero y se echar\u00e1 aliento c\u00e1lido en las manos, se ver\u00e1 el vapor del fr\u00edo, debe hacer unos grados bajo cero, piensa y aunque es una noche clara, iluminar\u00e1 por lo m\u00e1s largo la huella terrosa que bordea la siembra y a unos quinientos metros de andar despacio con las luces altas, bajar\u00e1 los vidrios y oler\u00e1 el perfume del trigo, del sorgo y la cebada (es junio en ese lugar de la pampa), y esperar\u00e1 c\u00f3mo va llegando de lejos el rumor de los ladridos de sus perros, que, como si supieran. vienen a buscarla gozosos y un poco enojados de que al alba, de ese d\u00eda, o el de ayer, sin decirles ni un saludo, se haya ido sin ellos y sin saber ad\u00f3nde, aunque los animales presienten que ella, que Andrea Lou, tan brava y fuerte ac\u00e1 en la estancia, va a un sitio lejos y confuso, en otro mundo lleno de gente viva y muerta, pero rara, desconocida, muda, donde ella sufre, donde se pone triste, donde encuentra un tiempo que no puede suturar ni entender ni mentir. Los perros lo saben y por eso la cortejan de este modo, van atr\u00e1s y adelante del auto, al costado, corren felices, ladran, toda esa noche por otros quinientos metros, hasta que ella detiene la marcha y los sube a la cajuela de la Hilux, con las consiguientes caricias en sus molleras, orejas, lambidas, y, ya de cerca a sus caras, los sonidos de ellos que parecen palabras, que no son ladridos, sino que ahora son fonemas que dicen algo, como si fueran palabras valijas, mitad aullido, mitad ruego, mitad dicha, hasta que al fin se suben todos para seguir hasta las casas. Son siete animales, dos galgos rescatados, un Beagle, dos Golden retriever y dos seis o siete leches, una negra y otro manchado, que saben todo y piden menos. Andrea los sube al coche porque faltan 4 kil\u00f3metros para el casco, la casa que fue de los Laiseca, y al que los Pereda, sin embargo, le dejaron el nombre original de la finca: \u201cLos Sorias\u201d.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>.<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>Alrededor de la derrota (in\u00e9dito, en proceso)<\/strong><\/h1>\n<h1 dir=\"auto\"><strong>Marce.<\/strong><\/h1>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. 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