{"id":1284,"date":"2010-10-18T11:03:42","date_gmt":"2010-10-18T14:03:42","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=1284"},"modified":"2010-10-18T11:14:30","modified_gmt":"2010-10-18T14:14:30","slug":"sebastian-riestra-querido-curly","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=1284","title":{"rendered":"SEBASTI\u00c1N RIESTRA:  Querido Curly .-"},"content":{"rendered":"<p><strong>.<a href=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Chiflados2.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-full wp-image-1288\" title=\"Chiflados\" src=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Chiflados2.jpg\" alt=\"\" width=\"470\" height=\"694\" srcset=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Chiflados2.jpg 470w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Chiflados2-127x187.jpg 127w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Chiflados2-334x494.jpg 334w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/10\/Chiflados2-406x600.jpg 406w\" sizes=\"auto, (max-width: 470px) 100vw, 470px\" \/><\/a><\/strong><\/p>\n<p><strong>QUERIDO\u00a0 CURLY<\/strong><\/p>\n<p>por <strong>Sebasti\u00e1n Riestra&#8212;<\/strong>\u00a0 <a href=\"http:\/\/www.lacapital.com\">www.lacapital.com<\/a><\/p>\n<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<\/p>\n<p>\u00a0Eran la cita infaltable del mediod\u00eda. Antes o despu\u00e9s de la escuela, nos sent\u00e1bamos a almorzar con el televisor en blanco y negro sintonizado en El Show de los Tres Chiflados. Una vez que pasaban los dibujitos, mientras deglut\u00edamos los fideos con manteca o el escalope con pur\u00e9, se produc\u00eda el milagro. En la pantalla, con el fondo de una melod\u00eda inconfundible, surg\u00edan los risue\u00f1os rostros de Curly, Larry y Moe. Lo que ven\u00eda despu\u00e9s pod\u00eda ser el mejor momento del d\u00eda. C\u00f3mo nos hemos re\u00eddo. Y c\u00f3mo nos seguimos riendo. Yo a\u00fan sigo imitando el c\u00e9lebre gru\u00f1ido agudo del querido gordo. Curly era nuestro \u00eddolo. S\u00f3lo m\u00e1s tarde entendimos que Larry era genial en su neutralidad inocente y que Moe no era malvado, despu\u00e9s de todo. En aquellos a\u00f1os, los de la infancia celeste, el hombre que se llevaba el aplauso era el que inflaba con gas las tortas de crema, untaba con pegamento las tostadas o terminaba enredado en una selva de ca\u00f1os sin poder hallar la salida. Todo para recibir al final, como premio, una certera bofetada. Curly Howard tuvo una vida triste. Loco por los perros y bueno como el dulce de leche, el radical corte de cabello que lo convirti\u00f3 en un personaje exitoso en la pantalla cinematogr\u00e1fica lo deprim\u00eda profundamente en la vida real: cre\u00eda que le hab\u00eda quitado atractivo ante las mujeres. Y para superar la inseguridad, beb\u00eda. Muri\u00f3 joven. Para que el tr\u00edo no desapareciera, el ide\u00f3logo Moe decidi\u00f3 reemplazarlo primero por su hermano Shemp (gran sustituto) y despu\u00e9s por el deplorable Joe Besser, tortura de quienes segu\u00edamos los episodios con fidelidad inquebrantable. Porque aunque nos re\u00edamos con Shemp (pipipipipip\u00ed), todos esper\u00e1bamos a Curly. Al querido Curly. Los a\u00f1os han pasado con la velocidad implacable que los caracteriza. Ya no almorzamos en la larga mesa de la casa familiar y hace d\u00e9cadas que no comemos escalopes. Nos hemos olvidado por completo de c\u00f3mo cabecear una pelota de goma y ya no tenemos tiempo para pasar tardes enteras de verano leyendo los libros de la colecci\u00f3n Robin Hood. Pero una cosa no la hemos cambiado: cuando en la noche silenciosa hacemos zapping para escapar de la soledad, solemos detenernos ante la misma imagen: la de tres perdedores absolutos, tres desclasados sin remedio, tres payasos que siempre terminan perseguidos por la polic\u00eda. Son ellos, claro: Curly, Larry, Moe. Entonces nos podemos re\u00edr de nuevo como nos re\u00edmos hace tanto. Esa risa no ha cambiado: sigue siendo igual a la felicidad. Eran la cita infaltable del mediod\u00eda. Antes o despu\u00e9s de la escuela, nos sent\u00e1bamos a almorzar con el televisor en blanco y negro sintonizado en El Show de los Tres Chiflados. Una vez que pasaban los dibujitos, mientras deglut\u00edamos los fideos con manteca o el escalope con pur\u00e9, se produc\u00eda el milagro. En la pantalla, con el fondo de una melod\u00eda inconfundible, surg\u00edan los risue\u00f1os rostros de Curly, Larry y Moe. Lo que ven\u00eda despu\u00e9s pod\u00eda ser el mejor momento del d\u00eda. C\u00f3mo nos hemos re\u00eddo. Y c\u00f3mo nos seguimos riendo. Yo a\u00fan sigo imitando el c\u00e9lebre gru\u00f1ido agudo del querido gordo. Curly era nuestro \u00eddolo. S\u00f3lo m\u00e1s tarde entendimos que Larry era genial en su neutralidad inocente y que Moe no era malvado, despu\u00e9s de todo. En aquellos a\u00f1os, los de la infancia celeste, el hombre que se llevaba el aplauso era el que inflaba con gas las tortas de crema, untaba con pegamento las tostadas o terminaba enredado en una selva de ca\u00f1os sin poder hallar la salida. Todo para recibir al final, como premio, una certera bofetada. Curly Howard tuvo una vida triste. Loco por los perros y bueno como el dulce de leche, el radical corte de cabello que lo convirti\u00f3 en un personaje exitoso en la pantalla cinematogr\u00e1fica lo deprim\u00eda profundamente en la vida real: cre\u00eda que le hab\u00eda quitado atractivo ante las mujeres. Y para superar la inseguridad, beb\u00eda. Muri\u00f3 joven. Para que el tr\u00edo no desapareciera, el ide\u00f3logo Moe decidi\u00f3 reemplazarlo primero por su hermano Shemp (gran sustituto) y despu\u00e9s por el deplorable Joe Besser, tortura de quienes segu\u00edamos los episodios con fidelidad inquebrantable. Porque aunque nos re\u00edamos con Shemp (pipipipipip\u00ed), todos esper\u00e1bamos a Curly. Al querido Curly. Los a\u00f1os han pasado con la velocidad implacable que los caracteriza. Ya no almorzamos en la larga mesa de la casa familiar y hace d\u00e9cadas que no comemos escalopes. Nos hemos olvidado por completo de c\u00f3mo cabecear una pelota de goma y ya no tenemos tiempo para pasar tardes enteras de verano leyendo los libros de la colecci\u00f3n Robin Hood. Pero una cosa no la hemos cambiado: cuando en la noche silenciosa hacemos zapping para escapar de la soledad, solemos detenernos ante la misma imagen: la de tres perdedores absolutos, tres desclasados sin remedio, tres payasos que siempre terminan perseguidos por la polic\u00eda. Son ellos, claro: Curly, Larry, Moe. Entonces nos podemos re\u00edr de nuevo como nos re\u00edmos hace tanto. Esa risa no ha cambiado: sigue siendo igual a la felicidad.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. 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