{"id":1702,"date":"2010-12-07T09:26:34","date_gmt":"2010-12-07T12:26:34","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=1702"},"modified":"2010-12-07T09:28:29","modified_gmt":"2010-12-07T12:28:29","slug":"natalia-massei-en-pagina12-3","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=1702","title":{"rendered":"NATALIA MASSEI en P\u00e1gina\/12.-"},"content":{"rendered":"<div>\n<div>. <a href=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/12\/escalera-9.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-full wp-image-1704\" title=\"escalera-9\" src=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/12\/escalera-9.jpg\" alt=\"\" width=\"391\" height=\"400\" srcset=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/12\/escalera-9.jpg 391w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2010\/12\/escalera-9-183x188.jpg 183w\" sizes=\"auto, (max-width: 391px) 100vw, 391px\" \/><\/a><\/div>\n<div><a href=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/suplementos\/rosario\/index-2010-12-07.html\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/commons\/imgs\/logo-rosario.gif\" alt=\"\" \/><\/a><\/div>\n<div><script src=\"http:\/\/ads.pagina12.com.ar\/banner.php?s=146&amp;w=0&amp;h=0&amp;t=_blank&amp;cla=bannerp12\"><\/script><\/div>\n<div>\n<h2>El patio vac\u00edo<\/h2>\n<p>\u00a0<\/p>\n<div>\n<div><a title=\"Abrir nota en una ventana nueva\" href=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/suplementos\/rosario\/12-26505-2010-12-07.html\" target=\"_blank\"><\/a><\/div>\n<div>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<\/div>\n<\/div>\n<div id=\"xmail\">\n<form id=\"form_mail\" action=\"\/usuarios\/enviar.php\" accept-charset=\"UNKNOWN\" enctype=\"application\/x-www-form-urlencoded\" method=\"post\">\u00a0<strong>Natalia Massei<\/strong><\/form>\n<\/div>\n<div id=\"cuerpo\">Cu\u00e1ntas veces hab\u00eda subido por esa escalera a la hora de la siesta. En ocasiones, caminando, suavemente, tratando de que el impacto de las zapatillas contra los escalones quedase entre ellos y yo, un susurro de goma o\u00eddo s\u00f3lo por las baldosas. Casi siempre, corriendo a toda velocidad, como se corre a los seis a\u00f1os. Dejando atr\u00e1s, el estampido de mis pasos retumbando en el silencio del patio. Y enseguida, las puteadas de mi abuelo, atenuadas por la justa mediaci\u00f3n de una ventana cerrada. Y desde arriba, el chirrido de la puerta de chapa y los gritos de mam\u00e1: que pap\u00e1 est\u00e1 durmiendo, que el abuelo est\u00e1 durmiendo. A esa altura, estaban todos despiertos y yo no comprend\u00eda por qu\u00e9 tanto alboroto.<\/div>\n<p>Todo cambi\u00f3 a partir de una tarde impensada. Desde hac\u00eda varios meses, la abuela estaba enferma. Alternaba per\u00edodos cortos en el hospital con largos d\u00edas de reposo en casa, donde siempre hab\u00eda alguien para cuidarla. Especialmente, mam\u00e1. Pero ese d\u00eda ten\u00eda que salir, hacer una diligencia. Nadie m\u00e1s estaba disponible. Tendr\u00eda que quedarme sola con la abuela por un rato. Un par de horas, a m\u00e1s tardar. No parec\u00eda gran cosa y el asunto se resolvi\u00f3 con sencillez. Mam\u00e1 se ocupar\u00eda de su tr\u00e1mite; yo me quedar\u00eda con la abuela, en casa, podr\u00eda jugar y corretear como me diera la gana; y ella descansar\u00eda, como siempre durante aquellos d\u00edas. Un solo recaudo se tom\u00f3: le dejaron a la abuela una campanita, en su mesa de luz, que deb\u00eda hacer sonar si necesitaba algo. De ese modo, yo podr\u00eda escucharla y acudir\u00eda en su ayuda. La tarea no me resultaba complicada sino m\u00e1s bien divertida. Me sent\u00eda depositaria de una gran responsabilidad, una demostraci\u00f3n de confianza, un reconocimiento, en definitiva. Recuerdo que la campanita era dorada, de metal macizo y demasiado estridente para su reducido tama\u00f1o. Esa siesta, al subir por la escalera, al estruendo de mis pasos se le superpuso el tintineo de la campana, una secuencia de golpecitos secos que dejaban flotando en el aire una resonancia aguda de metal. Hice lo que se me hab\u00eda indicado y todo sali\u00f3 bien.<\/p>\n<p>Pronto, la abuela muri\u00f3. La enfermedad se fue agravando y se la llev\u00f3 un d\u00eda como cualquier otro. Recuerdo la noticia de manera borrosa, as\u00ed es la idea de la muerte para un ni\u00f1o. Dos o tres d\u00edas atr\u00e1s, la hab\u00eda visitado, por \u00faltima vez, en el hospital. Me hab\u00edan llevado para que nos despidi\u00e9ramos. Por entonces no lo sab\u00eda, pero ella s\u00ed. Entr\u00e9 a la habitaci\u00f3n en silencio. Quise jugar con las manijas a los pies de la cama, pero no me dejaron. Cuando me acerqu\u00e9, ella rompi\u00f3 en llanto, o quiz\u00e1s ya estaba llorando y yo no lo hab\u00eda advertido. \u00a1Perdoname!, me pidi\u00f3, \u00a1Perdoname nena!, gritaba entrecortado, con la voz deformada por los sollozos. Creo que me sacaron de all\u00ed enseguida. En realidad, no lo s\u00e9, no recuerdo nada despu\u00e9s de esa s\u00faplica. Me dej\u00f3, sobre todo, una honda extra\u00f1eza: \u00bfpor qu\u00e9 se disculpaba?, \u00bfde qu\u00e9? Alg\u00fan capricho no satisfecho, uno que otro chirlo, alguna cachetada, los retos, los gritos? Con el tiempo fui hilvanando otras teor\u00edas. A\u00fan hoy no lo s\u00e9.<\/p>\n<p>Pasaron muchos a\u00f1os hasta que pude volver a subir por aquella escalera sin pensar en el sonido de las campanadas. Hab\u00eda una hora del d\u00eda en que los rayos del sol penetraban el toldo, iluminando el patio a trav\u00e9s de destellos aislados sobre las plantas, sobre un espejo de agua en la pileta del lavadero, sobre el dibujo ar\u00e1bigo de una baldosa. En esa hora, el patio permanec\u00eda quieto, te\u00f1ido de verdes y azules, como una pel\u00edcula en negativo. Un silencio pesado, espeso, siempre a punto de quebrarse. Me invad\u00eda un temor, un rumor. Sub\u00eda raudamente las escaleras, haciendo chocar con fuerza las suelas contra el piso, para llenar el silencio amenazante de la casa vac\u00eda. Para tapar la repique de bronce que pod\u00eda sorprenderme en cualquier momento. Me apuraba por llegar arriba, donde el tintineo dejaba por fin de perseguirme. Cerraba, de un golpe, la puerta de metal y me refugiaba en el otro ruido: el de la chapa que, como un fuelle desafinado, continuaba vibrando durante algunos segundos. Perduraba la estela sorda de ese eco que, acaso, s\u00f3lo yo hab\u00eda escuchado.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p><a href=\"http:\/\/natimassei.blogspot.com\/\">http:\/\/natimassei.blogspot.com\/<\/a><br \/>\n<script type=\"text\/javascript\">\/\/ <![CDATA[\n\t\t\t\tvar cuerpo = new get_obj('cuerpo');\n\t\t\t\tcuerpo.style.fontSize = ACTUAL_FONTSIZE + \"px\";\n\/\/ ]]><\/script><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. El patio vac\u00edo \u00a0 &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212; \u00a0Natalia Massei Cu\u00e1ntas veces hab\u00eda subido por esa escalera a la hora de la siesta. 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