{"id":2101,"date":"2011-01-16T09:36:37","date_gmt":"2011-01-16T12:36:37","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=2101"},"modified":"2011-01-16T09:38:45","modified_gmt":"2011-01-16T12:38:45","slug":"marcelo-britos","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=2101","title":{"rendered":"MARCELO BRITOS .-"},"content":{"rendered":"<div>\n<div><a href=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/diario\/suplementos\/rosario\/index-2011-01-16.html\"><\/a><\/div>\n<div><script src=\"http:\/\/ads.pagina12.com.ar\/banner.php?s=146&amp;w=0&amp;h=0&amp;t=_blank&amp;cla=bannerp12\"><\/script><\/div>\n<div>\n<h2>Nataci\u00f3n<\/h2>\n<p>\u00a0<\/p>\n<div id=\"xmail\">\n<form id=\"form_mail\" action=\"\/usuarios\/enviar.php\" accept-charset=\"UNKNOWN\" enctype=\"application\/x-www-form-urlencoded\" method=\"post\">\u00a0\u00a0 <strong>Marcelo Britos<\/strong><\/form>\n<\/div>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><strong>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<\/strong><\/p>\n<\/div>\n<div id=\"cuerpo\">\n<p>En lo m\u00e1s profundo, despu\u00e9s de darse impulso con las piernas para volver al punto de partida, ca\u00eda hacia abajo para luego emerger, tan s\u00f3lo para ver durante pocos segundos el reflejo azul claro de la luz del exterior en la superficie, la luz del sol que rezumaba de las rendijas de la carpa y al estallar contra la pintura de la piscina proyectaba la ilusi\u00f3n de un zafiro. Debajo del agua hab\u00eda otro color, su cuerpo perd\u00eda la pesadez y el desgaste del cemento, el tiempo atorado, los minutos atropellando la tarde.<\/p>\n<p>Cuando le sugirieron hacer ese ejercicio su mujer, el m\u00e9dico que ya no sonre\u00eda cuando le hablaba de su peso, de las contracturas que se ganaba frente al monitor , lo asumi\u00f3 con cierta desgana y fastidio.<\/p>\n<p>La primera alarma fue un dolor insoportable en la rodilla que pod\u00eda ser, seguramente, una rotura de ligamento, una lesi\u00f3n que jam\u00e1s pudo confirmar. Quiz\u00e1 la resonancia magn\u00e9tica lo hubiera hecho, pero cuando lo encerraron en el resonador, todo su volumen dentro de un tubo estrecho, descubri\u00f3 que tambi\u00e9n era claustrof\u00f3bico, y hubo que sacarle la mano del cuello del enfermero que no pod\u00eda, por los nervios y por el apuro, retirar la camilla hacia fuera.<\/p>\n<p>Mientras tanto, nataci\u00f3n. Fue posterg\u00e1ndolo hasta el l\u00edmite y luego construyendo con verg\u00fcenza el camino, las calles desde su casa al club, espiar en las peque\u00f1as ventanas de la carpa para asegurarse de que hubiera poca gente, o al menos un andarivel vac\u00edo. Llegaba al vestuario y no se quitaba la remera hasta el \u00faltimo momento en el que se dejaba caer por el borde hasta el agua tibia; siempre hab\u00eda mujeres j\u00f3venes que dejaban sus oficinas del centro para contornear los cuerpos, muchachos que practicaban para rendir sus ex\u00e1menes de educaci\u00f3n f\u00edsica o de guardavidas. Muchas veces lleg\u00f3 hasta la puerta y al comprobar la pileta plagada, desisti\u00f3. Volv\u00eda cruzando de regreso el pasillo helado del hall del club con el ment\u00f3n sobre el pecho, como si desertara de una obligaci\u00f3n inapelable, la mirada sombr\u00eda y curiosa de los recepcionistas.<\/p>\n<p>Disfrut\u00f3 del natatorio cuando empez\u00f3 a divisar ese nuevo color, el desliz suave por la superficie plateada. Lo llamaba ?el viaje?, porque imaginaba, como en el cuento de Cheever, que cada una de las piscinas de todos los clubes y los breves espejos de las terrazas de los edificios, segu\u00edan su sendero unos con otros, sin l\u00edmites, un r\u00edo urbano que comenzaba en el Parque Alem, en la promiscua tarde del mate y del sol sobre los \u00e1rboles, continuaba en la sombra de un atardecer en el Club Atalaya, o en el calor sofocante del subsuelo del C\u00edrculo Obrero.<\/p>\n<p>Ella iba los martes y los jueves. Ella, con los dientes un poco asomados desde su labio superior, el pelo que en la calle ser\u00eda irreconocible sin el gorro de silicona, los pies fr\u00e1giles, las piernas p\u00e1lidas. Ella se llamaba Mar\u00eda y algo m\u00e1s, acaso por escuchar el magreo del ba\u00f1ero, o de leer de lejos el carn\u00e9 recostado en la mesa de entrada. Mar\u00eda a secas. Cabalgaba el borde de la piscina con una sonrisa extensa, un desfile sencillo para su observancia t\u00edmida y encubierta desde abajo de las conejeras, mientras fing\u00eda respirar hondo o descansar de las primeras brazadas. Los martes. Exist\u00eda la posibilidad que fuera Martes y Jueves, el primero seguro porque hab\u00eda coincidido con \u00e9l y hab\u00eda forzado otros encuentros. En uno de ellos hab\u00eda logrado bajar a un andarivel junto al de ella y all\u00ed pudo o\u00edr por primera vez un gemido dulce y breve que se le escapaba cuando levantaba la cabeza para tomar la bocanada de aire. No era agitaci\u00f3n ni queja, sino un gemido deliberado. Se o\u00eda m\u00e1s firme y claro cuando nadaba pecho, y era suave y regocijante, como si recibiera en ese instante el peque\u00f1o impacto en la pelvis, o el calor de la boca en el cuello. Intentaba llegar antes que ella para no desfilar por el borde ante su mirada, si era el momento en el que estaba parada, con el nivel azul llegando a su cintura, acomod\u00e1ndose el bretel o respirando profundo antes de largarse.<\/p>\n<p>El no eleg\u00eda d\u00edas fijos. Alternaba las tardes con las horas extras, coincidir su d\u00eda de nado con la colonia del nene, que a veces tambi\u00e9n iba con los profesores a la pileta. Tambi\u00e9n aprovechaba el horario del almuerzo con la ilusi\u00f3n de encontrarla, todos los andariveles desocupados, la conversaci\u00f3n ineludible, el eco de sus voces resonando en la carpa.<\/p>\n<p>Los martes, antes de que llegaran los ni\u00f1os de la colonia, una mujer de unos cincuenta a\u00f1os, con cicatrices a\u00fan rojizas que le cruzaban las rodillas hasta los tobillos, caminaba por uno de los andariveles hasta perder pie. Iba y ven\u00eda mirando hacia el fondo c\u00f3mo los dedos se apoyaban en el plano, las piernas resistiendo lentamente la presi\u00f3n del agua, en un esfuerzo imperceptible. Luego pasaba a la pileta m\u00e1s chica, en donde el agua sol\u00eda estar siempre m\u00e1s caliente, como en un sauna. All\u00ed estiraba hacia atr\u00e1s las piernas para aflojar los m\u00fasculos, siempre a una velocidad que de ser superada todo se romper\u00eda, se deshilachar\u00edan sus tendones, se derrumbar\u00edan su tronco y su mirada como las torres gemelas. Despu\u00e9s llegaba el bullicio, el de su propio hijo que le gritaba mientras \u00e9l intentaba completar dos piletas enteras sin detenerse agitado. Todos corr\u00edan y saltaban alrededor de la mujer que decidi\u00f3 llamarla Divina, por su parecido remoto a Divina Gloria , que insist\u00eda en estirarse lentamente, observando de reojo el atropello a sus flancos, las olas y la pobre espuma, la indiferencia de los encargados que s\u00f3lo daban alg\u00fan grito para que todos supieran que hac\u00edan su trabajo, mientras tomaban mates, escuchaban m\u00fasica, o simplemente dormitaban en los sillones de lona que se guardaban hasta el verano.<\/p>\n<p>De los chicos de la colonia pod\u00eda identificar s\u00f3lo dos o tres que eran los que jugaban siempre con su hijo. Una nena de malla verde agua con los bucles retorcidos por la humedad, la hilera de dientes despareja y con huecos, con el andar nervioso y tenso de los ni\u00f1os cuando pasan por superficies resbalosas. Un nene morocho con peque\u00f1as estr\u00edas debajo de los brazos, trepando el borde como si subiera el tramo final del Aconcagua. Lo llamaban todos por el apellido. Sabino. Nunca lo olvidar\u00eda. Sabino. Acaso su familia era vitalicia del club o lo conoc\u00edan del Normal iba al grado de su hijo y repet\u00edan esa nominaci\u00f3n r\u00edgida, desapegada, que suelen tener los v\u00ednculos de la escuela.<\/p>\n<p>Los mi\u00e9rcoles era el d\u00eda m\u00e1s concurrido; \u00e9l lo evitaba. Un hombre grande al que no necesit\u00f3 inventar un nombre, porque con mucho respeto se le acerc\u00f3 una tarde en el vestuario, desnudo de la cintura para abajo, y se present\u00f3 como Angel, soy Angel y vengo los mi\u00e9rcoles y los s\u00e1bados. Despu\u00e9s de esa presentaci\u00f3n no pod\u00eda evitar cierta incomodidad cuando lo encontraba en las duchas. Tendr\u00eda unos sesenta a\u00f1os. Despu\u00e9s de los estudiantes de educaci\u00f3n f\u00edsica, era el mejor nadador. Estaba casi dos horas recorriendo el largo de la pileta, sin frenar siquiera una vez. \u00c9l llegaba y se iba y Angel continuaba nadando. Tambi\u00e9n eso lo avergonzaba y quiz\u00e1 prefer\u00eda no coincidir nunca con \u00c1ngel y con Mar\u00eda, para que ella no lo admirara en contraste con su pobreza f\u00edsica, con ese esfuerzo inhumano y est\u00fapido por llegar a completar doscientos cincuenta metros como si hubiera cruzado a nado el Atl\u00e1ntico hasta Africa.<\/p>\n<p>Otro martes, tambi\u00e9n junto al andarivel de Mar\u00eda, mientras emerg\u00eda desde el fondo luego del impulso y disfrutaba otra vez de ese sendero azulado hacia la luz del final, pens\u00f3 que si alteraba el orden de salida, si esperaba salir un segundo despu\u00e9s que ella, siempre y cuando estuvieran del mismo lado, iba a ver por debajo del agua contra la pantalla clara, el cuerpo movi\u00e9ndose suspendido, las plantas de los pies le gustaban los pies de Mar\u00eda, eran adolescentes, cuidados, proporcionales y sus manos alejando hacia atr\u00e1s ese segundo de pasado. Lo hizo. El resultado fue mejor de lo que esperaba y por eso desisti\u00f3 de repetirlo. Tuvo terror a que ella lo notara, a que en el medio del ejercicio se cambiara de andarivel y fuera notorio su estratagema. El hombre grande, libidinoso, el hombre degenerado que salt\u00f3 de una novela de Nabokov para refrescarse en el natatorio del barrio, el abusador que dejaron solo en la piscina de la pel\u00edcula de Todd Field. Hab\u00eda visto, detr\u00e1s de los pies, el peque\u00f1o bulto de carne que rodeaba el el\u00e1stico de la malla al final de las piernas, hab\u00eda visto el perineo y hab\u00eda comprendido que un color, s\u00f3lo un color le imped\u00eda verlo todo. Mientras llegaba a uno de los extremos, sin poder quitarse de encima la imagen de la piel, imagin\u00f3 la planta blanca y lisa de los pies de Mar\u00eda entre sus dedos, todo lo que sub\u00eda hasta su cintura al alcance de su caricia, y todo ese cuerpo dispuesto para \u00e9l, ya sin la lycra, sin la mirada p\u00fablica, sin el recinto fr\u00edo e inabarcable. A la hora de salida se oblig\u00f3 a recorrer una vez m\u00e1s la pileta, hasta que pudo subir por la escalera sin nada que se notara por debajo de su short de ba\u00f1o.<\/p>\n<p>Mi\u00e9rcoles, final de la primavera. A\u00fan ca\u00eda una llovizna leve entre los \u00e1rboles, agon\u00eda del diluvio que minutos antes hab\u00eda inundado calle Salta, regado de ramas las veredas. Un resabio del viento continuaba sacudiendo la carpa, las sogas que las sosten\u00edan restallaban contra el piso y el aire. Estaba desierto. Uno de los recepcionistas cre\u00eda que hab\u00edan cerrado la pileta por ese d\u00eda, cuando la carpa temblaba y amenazaba con caerse, los focos que pend\u00edan de su estructura sumergi\u00e9ndose y la electricidad haciendo temblar tambi\u00e9n a los nadadores. Entr\u00f3 igual. Era un piso brillante, quieto. Una puerta a otra dimensi\u00f3n, al centro de la tierra. Pod\u00eda cruzar de andarivel, nadar en diagonal pasando por debajo de las sogas. Nadar sin el deber de llegar a ninguna parte, nadar sin el peso de la mirada de los dem\u00e1s, surcar el reflejo de ese pedazo del planeta sin tiempo y sin escalas, sin contar cu\u00e1ntas veces lo hiciera. Flotar con la mirada en el techo, quieto, sentir el ruido de la fuerza del viento, sentir la frescura agradable del agua. Minutos despu\u00e9s, cuando ya no pod\u00eda administrar esa paz nadaba como si estuviera la pileta llena, ocupando s\u00f3lo un andarivel y cumpliendo la rutina que se hab\u00eda propuesto despu\u00e9s de la \u00faltima vez: veinte piletas, descansando s\u00f3lo dos veces , lleg\u00f3 Divina y comenz\u00f3, como siempre, a caminar por el costado oeste de la piscina, arrastrando con la cintura una ola humilde y serena. Ten\u00eda ese d\u00eda el cabello muy corto. No recordaba c\u00f3mo era el pelo de Divina antes de esa decisi\u00f3n radical. Apenas un cent\u00edmetro amarillento cubriendo la cabeza, mojado parec\u00eda el lomo de un perro revolc\u00e1ndose en los charcos.<\/p>\n<p>Se encontraron en la pileta peque\u00f1a. Ella lo salud\u00f3 mientras bajaba por la escalera, pie por pie, mano por mano. Hablaron del tiempo, no lo dijeron pero ambos cre\u00edan compartir el placer de esa soledad que los escond\u00eda de la perfecci\u00f3n de otros cuerpos, de la juventud.<\/p>\n<p>Ibamos a Esquel, era de ma\u00f1ana. Hab\u00edamos dormido en un hotel para no viajar de noche. Manejaba mi marido. Yo iba adelante, ceb\u00e1ndole mates, y la mayor atr\u00e1s. Fue un segundo que \u00e9l desvi\u00f3 la vista hacia abajo porque se le hab\u00eda ca\u00eddo yerba en la falda, mordi\u00f3 la banquina y el auto empez\u00f3 a viborear. Quiso pegar un volantazo y fue peor. Volcamos a velocidad y nos estrellamos contra un poste de cemento, un poste que estaba all\u00ed porque s\u00ed. Mi marido falleci\u00f3. La nena y yo quedamos all\u00ed inm\u00f3viles, al lado de \u00e9l que estaba muerto.<\/p>\n<p>No supo que decirle. Una mano en la de ella, que la sosten\u00eda de la escalera. Sonri\u00f3 y sigui\u00f3 caminando por el agua caliente, como si \u00e9l se hubiera ido.<\/p>\n<p>Jueves. No sol\u00eda ir ese d\u00eda. Se revelaba como un misterio, podr\u00eda encontrar personas que jam\u00e1s hubiera imaginado, parientes muertos, actores de televisi\u00f3n. Hac\u00eda casi dos semanas que no iba. El verano se abalanzaba sobre la carpa, los ex\u00e1menes de los institutos, el preludio de las vacaciones; entonces era mucho m\u00e1s dif\u00edcil encontrar la pileta vac\u00eda. Los s\u00e1bados bien temprano eran una opci\u00f3n, pero no lograba levantarse, vencer el cansancio apilado de toda la semana.<\/p>\n<p>Ten\u00eda que ser ese jueves, porque el viernes, el \u00faltimo d\u00eda que pod\u00eda aprovechar, era el acto de la escuela y no pod\u00eda dejar de ir. En cada uno de los actos de su hijo buscaba el lugar indicado para que lo viera. Arrastraba, desde peque\u00f1o, el p\u00e1nico por levantar la vista en el escenario y s\u00f3lo ver caras extra\u00f1as, saludos a los flancos, saludos que lo esquivaban para acabar en otra sonrisa.<\/p>\n<p>Fue al club una hora antes de que saliera su hijo de la colonia, para luego regresar juntos. Entr\u00f3 a la carpa estremecida por el bullicio y los chapoteos de la colonia, y lo salud\u00f3 con un gui\u00f1o de ojos, mientras ajustaba sus antiparras y se dispon\u00eda a saltar al agua. En ese instante cambi\u00f3 la luminosidad, fue un cambio de color y de olores que anunciaban un buen presagio. Sin esperarlo ya no import\u00f3 el griter\u00edo, la m\u00fasica grotesca aturdiendo el suave sonido de las brazadas y de las zambullidas. Baj\u00f3 y la vio a su lado. \u00c9l hubiera sospechado de que alguien cayera siempre en el andarivel contiguo al suyo, \u00e9l habr\u00eda adivinado esa intenci\u00f3n de espiar por debajo de la superficie, pero esa vez fue todo casual, las piezas entrando donde encajaban. Mar\u00eda esta vez ten\u00eda una malla entera y contrariando su primera impresi\u00f3n, le moldeaba mejor el cuerpo, la hac\u00eda m\u00e1s esbelta, la espalda sim\u00e9trica y fotogr\u00e1fica. Le sonri\u00f3. Intent\u00f3 responder con lo mismo, pero las comisuras de sus labios estaban fijas, pegadas al p\u00f3mulo por una cinta de verg\u00fcenza. Ella le habl\u00f3 de lo fr\u00eda que estaba el agua, de su desacuerdo con que apagaran la caldera a esa altura del a\u00f1o, que ese era el motivo por el cual hab\u00eda cambiado de traje de ba\u00f1o; recordar\u00eda siempre el gesto de sus manos recorriendo el bretel, mostrando la l\u00ednea blanca de piel que hab\u00eda escapado del sol. Cu\u00e1nto quedaba de tiempo hasta que quitaran la carpa y se llenara, todas las tardes, de madres sedentarias y adolescentes, cu\u00e1nto le daba el juego despu\u00e9s de avanzar hasta ese lugar, hasta esa estaci\u00f3n en la que ya no pod\u00eda retroceder, donde ya hab\u00eda palabras, nombres, saludos y conversaciones inevitables. La mir\u00f3 por el rabillo del ojo mientras acomodaba su gorro, extend\u00eda su brazo izquierdo y lo presionaba con el derecho sobre el codo para estirar los m\u00fasculos de la espalda. Avanz\u00f3. Primero suave y recta por debajo, luego emergi\u00f3 con el revuelo sobre el espejo. Otra vez cambi\u00f3 algo en el ambiente, en la luz, en los sonidos. Algunos corrieron por los bordes hacia el vestuario de damas, que estaba m\u00e1s cerca de la puerta de salida. Dos de los profesores de la colonia corriendo, de espaldas a su visi\u00f3n, y a la altura de las cinturas pod\u00edan verse dos pies horizontales, los dedos de dos pies peque\u00f1os alej\u00e1ndose con ellos. Los llantos. Subi\u00f3 la escalera desesperado y se encontr\u00f3 con el abrazo de su hijo. Aferrados y aturdidos ya no hab\u00eda nada alrededor: Mar\u00eda, la piscina, la carpa, la m\u00fasica que continuaba sonando sin acompa\u00f1ar la escena , caminaron hasta la calle siguiendo las gotas de sangre, como Hansel y Gretel.<\/p>\n<p>Hab\u00eda le\u00eddo en una revista, en la sala de espera del dentista, un art\u00edculo sobre la obsesi\u00f3n de la gente por las fotograf\u00edas. Lo recordaba mientras ve\u00eda entrar al sal\u00f3n de actos la hilera amuchada de adultos, su suegra y sus cu\u00f1ados, lo dem\u00e1s parientes de los ni\u00f1os que esperaban, ordenados en el patio, que les abrieran paso. Todos con c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas, aparatos de video con pantallas diminutas que mostraban lo mismo que \u00e9l observaba, pero m\u00e1s colorido y m\u00e1s brillante, esas im\u00e1genes que se guardaban luego en cajas polvorientas para despu\u00e9s hilar una peque\u00f1a vida feliz, para recurrir a ese archivo en el filo de una separaci\u00f3n o de una muerte. En las fotos eso dec\u00eda el art\u00edculo no pod\u00edan verse los pensamientos, las angustias pasadas, la discusi\u00f3n que tuvieron horas antes en la casa, en el trabajo, en todos los d\u00edas antes de ese acto de fin de a\u00f1o.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os entraron en filas prolijas, ri\u00e9ndose, ajenos a las ceremonias, al peso variable que ten\u00eda esa alegr\u00eda en la vida de los dem\u00e1s. Disparaban los flashes sobre los guardapolvos, ped\u00edan con gritos desaforados que los mirasen, que sonrieran, que hicieran una pose aunque ello significara romper la fila o atrasar el acto en esa tarde de calor insoportable, una tarde bochornosa apenas contrariada por el respiro de los ventiladores y las ventanas.<\/p>\n<p>Subieron al escenario dos maestras, los delantales celestes y las piernas flacas y p\u00e1lidas por debajo de ellos. No pod\u00edan disimular, o no quer\u00edan hacerlo, una alegr\u00eda idiota e ingenua. Sus voces se multiplicaron por los parlantes. Abalos. Llegaron entonces los Abalos a la escalera diminuta del escenario para recibir junto a su hijo el diploma. Un hombre fornido, la camisa remangada hasta los codos, trabajo de fuerza, bolsas de porlan y regreso a casa en bicicleta; una mujer lenta, con un vestido caluroso y las piernas vencidas. Basino. M\u00e1s ejecutivos. Ambos con trajes y maletines que quedaron junto al piano. El abrazo encima del escenario, todos el mismo abrazo, salvo un hombre que no recordaba el apellido, que qued\u00f3 inm\u00f3vil junto a su mujer y la nena que se prendi\u00f3 del cuello de ella, alguien que quiz\u00e1 disfrutaba ver de lado las escenas inmaculadas y tiernas de su familia, o acaso un padre separado que no ve\u00eda a su hija desde hac\u00eda tiempo y por recomendaci\u00f3n del abogado tuvo que ir a la fiesta del grado. Parisi. Una pareja joven, ella rubia, con jeans no tan ajustados, tratando de revelar su juventud y su sobriedad al mismo tiempo, \u00e9l con la bendita c\u00e1mara en la mano, los dos emparedando al hijo que apenas pod\u00eda sostener el diploma en el apret\u00f3n. Sabino. Desde las sillas dispuestas en el sal\u00f3n las cabezas buscaban a las personas que deb\u00edan subir por la escalera min\u00fascula que ladeaba el escenario. Nadie de pie. La maestra con la lista y el micr\u00f3fono insist\u00eda estent\u00f3rea. Sabino. Otra maestra se acerc\u00f3 al o\u00eddo de la primera, y todos podr\u00edan haber entendido y levantado el volumen del bullicio. Que en esa confusi\u00f3n la maestra -que despu\u00e9s de la confidencia evidente dec\u00eda con una sonrisa estrecha que Sabino hab\u00eda faltado porque estaba enfermo dijera otro apellido y subieran otro hombre y otra mujer, y otro ni\u00f1o recibiera el diploma y flashes y aplausos. Si todos fueran a ese club, si todos enviaran a sus hijos a esa colonia -miraba a su esposa y ella lo miraba a \u00e9l, compungida y c\u00f3mplice , Sabino hubiera tenido cara, color, una voz, y no ese silencio siniestro; hubiera tenido pies morenos, rellenos, volando entre los brazos de los profesores de la colonia, los profesores que no tuvieron tiempo de ver, entre mates y an\u00e9cdotas, el golpe en el borde de la pileta y la ca\u00edda pesada y seca en la superficie. Todos entonces estar\u00edan buscando una nueva colonia de vacaciones de verano para dejar el dep\u00f3sito vivo cada tarde hasta salir de sus trabajos, porque el club hab\u00eda cerrado hasta nuevo aviso, hasta sobrevivir al esc\u00e1ndalo. Los profesores estaban buscando otro trabajo, Divina otra pileta para aprender a caminar y Mar\u00eda para permanecer en la tierra el milagro de su movimiento, gemir antes de sumergirse, mostrar su carne blanca y aterida por debajo del agua.<\/p>\n<p>Volvieron en el coche en silencio. Su hijo miraba por la ventanilla y contaba las personas que desfilaban por la vereda. Las clasificaba por sexo, por edad, por estado de \u00e1nimo. Hombre, ni\u00f1a, triste. Su mujer o\u00eda sin pensar una canci\u00f3n de otros a\u00f1os:<\/p>\n<p>Sin darme cuenta voy cayendo en cruz, hacia el cenit, mis ojos ya no tienen mis pies, y el espiral que me habr\u00e1 de llevar no es mejor, que todas esas vueltas que di.<\/p>\n<p>Sinti\u00f3 una angustia que s\u00f3lo traen las cosas viejas. No una nostalgia, no hab\u00eda en el nudo que le cerraba la garganta nada que lo pudiera conmover. Era una tristeza s\u00f3lida e ineludible, un paso por una calle de casas abandonadas, devenidas en basurales, la habitaci\u00f3n rancia de un hotel de Constituci\u00f3n, el atardecer del \u00faltimo d\u00eda de Pascuas. Era la sentencia exacta de lo que ya no volver\u00eda a ver ni a tene<\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n<div>\n<div><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.pagina12.com.ar\/fotos\/rosario\/20110116\/notas_o\/07a.jpg\" alt=\"\" \/><\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nataci\u00f3n \u00a0 \u00a0\u00a0 Marcelo Britos \u00a0 &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;- En lo m\u00e1s profundo, despu\u00e9s de darse impulso con las piernas para volver al punto de partida, ca\u00eda [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[],"class_list":["post-2101","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-taller"],"_links":{"self":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/2101","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=2101"}],"version-history":[{"count":3,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/2101\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":2103,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/2101\/revisions\/2103"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=2101"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=2101"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=2101"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}