{"id":2550,"date":"2011-05-18T19:51:22","date_gmt":"2011-05-18T22:51:22","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=2550"},"modified":"2011-05-18T19:51:22","modified_gmt":"2011-05-18T22:51:22","slug":"daniel-valdez-un-relato","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=2550","title":{"rendered":"Daniel Valdez &#8211; Un relato"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/5003404795_efb6c4729e.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/5003404795_efb6c4729e-494x355.jpg\" alt=\"\" width=\"494\" height=\"355\" class=\"aligncenter size-large wp-image-2551\" srcset=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/5003404795_efb6c4729e-494x355.jpg 494w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/5003404795_efb6c4729e-188x135.jpg 188w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2011\/05\/5003404795_efb6c4729e.jpg 500w\" sizes=\"auto, (max-width: 494px) 100vw, 494px\" \/><\/a><\/p>\n<p>COMO SUPERMAN<br \/>\nHace calor. Mucho calor. Est\u00e1 en su casa solo, como siempre. El ventilador apenas si remueve el aire denso y viciado de humo de  tabaco. El almanaque de la rubia en tetas flamea bajo la brisa caliente que todo lo envuelve. Una bombita de cuarenta amarrillea en la cocina. Est\u00e1 sentado en una vieja silla de paja, en el comedor. El comedor y la cocina son la misma cosa. La casa es vieja. Dos bloques cuadrados de cemento unidos por una puerta. En el primer bloque, hacia el frente, el dormitorio. En el otro, la cocina. En un costado, una puerta de madera con mosquitero. Luego un camino de lajas clavadas sobre una tierra de pastos resecos. Un rosal muerto y al final una puerta corta de madera, custodiada por dos tapiales bajos y descascarados. M\u00e1s all\u00e1, la calle. Llamar comedor a la parte donde est\u00e1 sentado, es una idea que se le ocurri\u00f3 una vez. Mirando la grasa adherida que se com\u00eda las paredes not\u00f3 que la mancha raleaba a medida que se alejaba de la mesada. Un d\u00eda mir\u00f3 de lejos y vio la mancha que se extend\u00eda, oscura y ominosa  en todas direcciones y en el centro de esa boca negra la humilde cocina. Entonces mir\u00f3 para arriba, calcul\u00f3, corri\u00f3 la mesa y concluy\u00f3 que all\u00ed, donde la mancha ya se hac\u00eda irregular e imprecisa, comenzar\u00eda el comedor. Ahora ten\u00eda una casa de dos habitaciones con tres ambientes.<br \/>\nSobre la mesa  descansan los restos de la cena. Un pollo devorado con descuido. Algunas presas a\u00fan tienen algo de carne, sin embargo \u00e9l las ha rechazado. Dos porrones  vac\u00edos que molestan a la vista. Un vaso con un culo de cerveza. El l\u00edquido amarillo reposa  amontonado, arrastrando restos de espuma hacia el fondo.  Un cenicero de vidrio macizo desborda de colillas. Hay una que a\u00fan permanece humeante, desafiando su retorcido estertor. El perro ha salido corriendo. Sus ladridos se han vuelto eco a medida que se aleja. En su carrera ha golpeado el mosquitero con sus patas y el sacud\u00f3n ha despabilado a las moscas, sac\u00e1ndolas de su letargo de tela met\u00e1lica. Ahora se alejan en todas direcciones. Una viene hacia \u00e9l.  Manotea en un rinc\u00f3n, buscando de memoria la palmeta. Mueve un poco la cabeza y esp\u00eda hacia afuera.  Un bulto se ha apartado del perro  en el jard\u00edn del rosal muerto y viudo de toda hierba. Alg\u00fan pendejo rompe bolas que habr\u00e1 que disciplinar, supone.<br \/>\nBajo la luz imprecisa de la calle no logra ver bien lo que se sacude en un rinc\u00f3n del patio. Cuando se acerca el perro lo est\u00e1 acechando. Tiene el lomo arqueado. Los pelos duros apuntan al cielo. Muestra los dientes y mancha el suelo reseco con la saliva que le va chorreando espumosa por el hocico. Un grito no es suficiente y tiene que apartar al perro con un empuj\u00f3n.  Antes de apartar al animal ya sabe que es un hombre.  Lo toca con la punta del pie. El hombre gime. Tiene puesto un impermeable negro que lo cubre casi por completo. \u201cY con este calor\u201d \u2013piensa-. En un costado, oscuro sobre ocre una mancha imprecisa y el aroma f\u00e9rrico de la sangre. Los zapatos son buenos. Parece cuero de verdad y brillan en la noche como faros de luci\u00e9rnagas.  Lo toma por el hombro y lo gira hacia \u00e9l. Vuelven los quejidos y un temblor de espasmo recorre el cuerpo del desconocido. Debajo del impermeable lleva una camisa de seda negra con una corbata gris de nudo demasiado ajustado. Unos buenos pantalones negros  de marca y un cintur\u00f3n de cuero negro con una hebilla de iniciales peque\u00f1as y de forma delicada. \u201cUn maric\u00f3n\u201d- piensa con desagrado-<br \/>\nPodr\u00eda sacarle los zapatos- y tal vez el cintur\u00f3n- y arrastrarlo hacia la calle. Pero se da cuenta que la mancha oscura no ha parado de crecer y no le interesa dejar un rastro rojizo que apunte hacia su casa. El desconocido abre los ojos y le habla. Pero es una ilusi\u00f3n. La boca se abre y parece como si hablara, pero la lengua se retuerce sin emitir sonido alguno.  El intento dura unos segundos m\u00e1s y luego el desconocido se hunde en la inconsciencia.<br \/>\nEl bulto informe ha quedado inerte y la noche, con sus formas imprecisas lo cubre como un sudario.  Antonio no sabe qu\u00e9 hacer.  Necesita tiempo para pensar. No quiere a polic\u00edas ni curiosos merodeando por su casa. Demasiado trabajo le dan los pendejos de mierda que se meten al jard\u00edn reseco y no quiere m\u00e1s problemas. De repente se acuerda de la lona. Es una lona vieja y apolillada, manchada de tierra y salpicaduras de pintura. La us\u00f3 una vez para cubrir el piso, mientras pintaba la pared del frente. En alg\u00fan rinc\u00f3n de la cocina debe de estar amontonada. Corre adentro y desaparece por la boca iluminada de la puerta. El desconocido se queda solo. Hay un leve cambio en el brillo de los zapatos. La espalda tensa del impermeable deja pasar unas  arrugas tenues. Unos grillos comienzan su serenata nocturna y se confunden con los ladridos apagados de perros lejanos. Antonio vuelve con la lona. Como un torero mal entrenado se hace a un lado y la extiende haciendo un abanico, dejando que el aire la hinche hacia arriba y se deslice despacio hacia el suelo hasta cubrir el cuerpo.<br \/>\nAhora est\u00e1 sentado otra vez en la silla de paja. Un mate a medio tomar le cuelga de la mano curtida. Antonio piensa pero no logra encontrar la manera de sacarse de encima el cuerpo.  Algo se le tiene que ocurrir. Tarde o temprano alguien lo va a descubrir y \u00e9l quiere evitarlo a toda costa. Quiere los zapatos y el cintur\u00f3n. Si pudiera se quedar\u00eda con todo lo dem\u00e1s, pero  est\u00e1 todo muy manchado y ser\u00eda imposible limpiarlo bien. Llena el mate y chupa de la bombilla siguiendo con la vista el familiar contorno de la mancha de grasa. De pronto, se le ocurre algo. Podr\u00eda envolver bien el cuerpo con la lona y arrastrarlo sobre ella hacia la calle, teniendo cuidado de no manchar el piso. Quedaba el problema de la mancha en el jard\u00edn, pero enseguida recuerda los escombros que desde hace a\u00f1os juntan mugre debajo del parrillero que nunca us\u00f3. No era mucho, pero si lo distribu\u00eda bien, tapar\u00eda la mancha y santo remedio.<br \/>\nEncontrar una soluci\u00f3n lo puso contento. Va hasta la heladera y busca un porr\u00f3n. Lo abre y toma del pico con mucha sed. Cuando lo termina, deja la botella ambarina sobre la mesa,  al lado de las otras dos y sale al patio.<br \/>\nLevanta la lona y observa el cuerpo. Le parece que se ha movido un poco desde la \u00faltima vez que lo ha visto.  Ahora tiene la boca abierta y el labio inferior le cuelga hacia abajo de forma exagerada. El superior trata de seguirlo pero con menor \u00e9xito. Para acomodarlo mejor sobre la lona, Antonio lo toma por un hombro. Siente la dureza apenas sus dedos rozan la camisa.  Algo se interpone entre la tela suave y la carne muerta. Desabrocha la camisa y la hace a un lado, descubriendo el hombro. Es una correa. Tira del nudo de la corbata hacia abajo y abre del todo la camisa. Revisa mejor. El tipo tiene una mochila encajada en la espalda, escondida bajo la ropa. La utilidad del impermeable se hace evidente. Con dedos nerviosos saca a los tirones la fina mochila y la pone al lado del cuerpo. Es negra como todo lo dem\u00e1s. En un costado ostenta una aureola parda, all\u00ed donde la sangre la ha alcanzado. La abre. Como un oleaje en medio de la noche, unos billetes oscuros ondean en el oscuro interior. Acerca la boca abierta de la mochila hacia su cara. Hay muchos billetes. La mayor\u00eda apretujados con bandas de goma anchas,  acomodados con esmero, para evitar formar un bulto. Algunos sellos se han roto y unos cuantos billetes forman una piel correosa que imita los movimientos err\u00e1ticos de la mochila.<br \/>\nUnos pasos extra\u00f1os suenan en la vereda. Antonio tapa el cuerpo y corre hacia adentro, apretando la mochila sobre su pecho. Apaga todas las luces y se pega al borde de la ventana. Por los visillos a medio cerrar, se cuelan las rayas tenues de las luces de la calle. Son pasos  extra\u00f1os. No los t\u00edpicos pasos de la vieja de la esquina, lentos de arrastrar unas deshilachadas pantuflas sucias. Tampoco los de los pendejos, r\u00e1pidos y espasm\u00f3dicos, llenos de risitas nerviosas.  Ni los pasos tranquilos y despreocupados de alguien que pasea.<br \/>\nLas suelas de estos pasos avanzan con precauci\u00f3n por las baldosas. Tan lento, que hay que estar muy atento para descubrir la cadencia. Cada vez que una toca el suelo, un leve sonido de arrastre se mete por los visillos. El avance es firme. Las suelas pasan casi imperceptibles por delante de la ventana y no se detienen. Hay un cuchicheo y un roce de telas.  A Antonio le recuerdan los sonidos de la caza, del inexorable avance del acecho, en el monte lejano de su adolescencia. Un chasquido met\u00e1lico condena el silencio y en medio de la noche un revuelo ahogado se siente cerca de la ventana. El sonido acartonado de la lona le dice a Antonio que han descubierto el cuerpo.  Inmediatamente las suelas abandonan su derrotero \u00e1spero y se suavizan al avanzar por el jard\u00edn. El perro sale de su letargo de verano, se pone r\u00edgido y comienza a gru\u00f1ir.<br \/>\nNo recuerda si ha cerrado con llave la puerta del patio. Primero una presi\u00f3n, luego unos golpes d\u00e9biles le informan que s\u00ed, que ha cerrado. Respira un poco m\u00e1s aliviado. Sus dedos manchados de tabaco aprietan con fuerza la correa de la mochila. El perro desahoga su miedo ladrando con furia. Sus u\u00f1as rasgan el piso con cada espasmo de ladrido. Hay un vidrio que se rompe y un estampido seco, como de corcho. Luego otro.<br \/>\nAhora todo est\u00e1 en silencio.  Los grillos cantan y el eco de sus voces rebota en los tapiales y se mete profundo en los o\u00eddos. Escucharlos le hace creer que nada puede alterar el profundo equilibrio de la noche.  Antonio se va aflojando. Las piernas se le doblan y su cuerpo deriva sin prisa hacia un costado de la pieza. Aprieta la mochila con tanta fuerza que las costuras se hunden profundas en unos dedos de yemas blancas.<br \/>\nUn trueno lo sobresalta. Alguien est\u00e1 pateando la puerta. Se pone de pie y mira por la ventana. Unos ojos negros lo est\u00e1n observando por detr\u00e1s de los visillos. Calcula que si sale corriendo ahora, podr\u00e1 pasar por el comedor antes que tiren la puerta. Al costado de la cocina hay una ventana. Tapada de grasa y telara\u00f1as, hace a\u00f1os que no la abre.  Podr\u00eda saltar por all\u00ed. La madera est\u00e1 bastante podrida. Quiz\u00e1s ni siquiera har\u00eda falta abrirla. Se la jugar\u00e1 de cabeza, con los pu\u00f1os firmes y cerrados apuntando hacia adelante.  A lo Superman.<br \/>\nLa puerta de la pieza  se abre despacio. Vuela la cortina deshilachada. La ventana podrida se le bambolea entre los ojos y le confunde la distancia. Algo choca con su pie izquierdo. Cae al suelo. Una media cara de perro se burla de \u00e9l. Lo que queda de la cabeza le muestra unos dientes al aire y un borr\u00f3n enrojecido all\u00ed  donde recuerda el hocico. El estruendo de la puerta del patio lo despabila. Vuelan por todas partes restos de vidrios, tela met\u00e1lica y madera. Los vidrios le acarician los tobillos y le dejan de recuerdo unos surcos tr\u00e9mulos, rojos de la sorpresa. Antonio mira hacia la puerta rota y lo \u00fanico que ve es el patio reseco. Un hombre de traje azul se mete de golpe. Antonio se levanta. Pone todo el peso de su cuerpo entre los hombros y encara hacia el desconocido con los dos pu\u00f1os temblorosos juntos hacia delante -como Superman- se repite para darse \u00e1nimo. Para no resbalar, sus pies esquivan la sangre del piso y dan el empuj\u00f3n.<br \/>\nEl trajeado lo ve venir y levanta las manos por instinto. Un estampido sofoca la cocina y lo ensordece. Algo espeso y caliente le corre por la cara. Huye hacia el dormitorio. Se enreda en la cortina y al pasar cierra de un portazo y pone la llave.<br \/>\nAhora la mochila le pesa como nunca. Tiene nuevas manchas para mostrar y algunas roturas que no extra\u00f1an para nada el mon\u00f3tono entramado pl\u00e1stico del nailon. Acurrucado en el rinc\u00f3n m\u00e1s alejado de la puerta, Antonio se toca la cara. Falta carne en gran parte de la mand\u00edbula y la oreja parece no estar en su sitio. Cuelga en un \u00e1ngulo extra\u00f1o y se muestra resbalosa al tacto. Por el momento no le duele. Un temblor sordo le recorre los brazos y las piernas y los sonidos le llegan amortiguados, como si so\u00f1ara.<br \/>\nLa Puerta se sacude. Saltan astillas. Hay gritos y corridas. Escucha \u00f3rdenes. Toma la mochila y esp\u00eda por los visillos. Ya no hay ojos observando. S\u00f3lo el fr\u00edo gris de la calle y unas polillas volando sin rumbo por el aire.  Abre un poco la ventana e Introduce la mochila por el hueco. Siente el golpe seco al otro lado de la pared.  Al final la puerta se abre.  Las luces de la pieza est\u00e1n apagadas. La puerta abierta es un fanal enorme que le cae directo a los ojos. Entra el trajeado y detr\u00e1s de \u00e9l dos hombres m\u00e1s.  Lo miran con desprecio y le preguntan por la mochila. Intenta decir que no sabe nada, pero apenas abre la boca un dolor intenso y profundo como una garra lo toma de la cara y lo corta hasta el est\u00f3mago.  Mueve las manos. Las palmas hacia arriba. El trajeado hace una se\u00f1a. Uno de los otros se acerca y lo patea en las costillas. Varias veces. Sin sa\u00f1a. S\u00f3lo con calculada eficiencia.  Desde el suelo, Antonio piensa que le gustar\u00eda contestar. S\u00f3lo para hacer que se vayan. Para que salgan de su casa. Pero el dolor no lo deja. Lo tiene agarrado por las pelotas y \u00e9l sabe que no lo soltar\u00e1. Sabe que puede luchar y por unos segundos lo intenta. Lo \u00fanico que consigue es aumentar la sensaci\u00f3n. Se queda quieto en el suelo, temblando. El hombre repite la pregunta. Esta vez no lo golpea. Lo mira de lejos, agach\u00e1ndose un poco y haciendo visera con una mano. Lo presume desmayado. Los tres hombres abandonan la pieza. Los oye en la cocina, revolviendo cosas.<br \/>\nLos sonidos le llegan claros, con una nitidez impropia del momento. Su cabeza es como un gran zapallo anaranjado y hueco donde el sonido se transforma en ruido y se distorsiona y rebota y al final es otro desgarro incontenible que le hiere indolente la conciencia. Afuera, un arrastrar de pantuflas viejas se acerca a la ventana. Los pasos se detienen de improviso. Por un segundo solo hay silencio. Luego los pasos se reanudan y se  vuelven por donde vinieron. Antonio nunca los escuch\u00f3 tan r\u00e1pidos, tan en\u00e9rgicos.<br \/>\nLos hombres vuelven. Uno saca una pistola y se la pone en la frente. Repite la pregunta. Una y otra vez. Mira hacia atr\u00e1s. Traen al perro y lo tiran a sus pies. Le preguntan si le gustar\u00eda terminar igual. La media cara lo observa en silencio. Un \u00fanico ojo velado lo interroga desde el cr\u00e1neo. Al mirarlo recuerda su dolor y cae en la cuenta de que est\u00e1n los dos iguales.  Si pudiera re\u00edrse lo har\u00eda- piensa-Y todo le parece tan rid\u00edculo. Es como una pel\u00edcula.  Est\u00e1 viendo la pel\u00edcula de las diez, o el continuado del domingo, no sabe bien.  Hasta le est\u00e1 tomando cari\u00f1o a los actores. Piensa que le gustar\u00eda que el trajeado triunfara y saliera de la casa a los gritos y con la mochila en alto. Por eso intenta decirle.  Le sale un \u201ceja..\u201d desdibujado, enredado en la tormenta que es ahora su lengua viol\u00e1cea. La mand\u00edbula se le duerme en un \u00e1ngulo extra\u00f1o.<br \/>\nAlgo sucede. Suena un celular. El trajeado putea y se lamenta. Hace un gesto a los otros que salen presurosos de la pieza. Se le acerca haciendo a un lado el saco sucio y azul, dejando al descubierto una funda marr\u00f3n. Lo levanta de los sobacos. Con un repentino y postrer insulto hunde un pu\u00f1al en sus costillas.<br \/>\nNo siente nada, salvo una sensaci\u00f3n tenue, un cierto calor que le sube a gatas por el costado.<br \/>\nLento, como las gotas de humedad que se condensan en los tejados, Antonio cuelga de s\u00ed mismo hasta que la gravedad se cansa y se lo lleva sin prisa de nuevo hacia el suelo.<br \/>\nLe queda la cabeza justo enfrente a la de su perro.  Suenan bajas las sirenas. A\u00fallan con la urgencia de quien busca con desesperaci\u00f3n algo perdido. A medida que pasan los segundos se hacen m\u00e1s n\u00edtidas,  imperativas.<br \/>\nAntonio mira la cara del perro. Por detr\u00e1s de las orejas, lo pelos est\u00e1n sucios y pegoteados. Algo ha brotado desde alg\u00fan lugar y forma un charco peque\u00f1o debajo del ojo velado. Todo su mundo es ahora una cara triste de perro y unas sirenas que desgarran sin piedad los restos de su conciencia.<br \/>\nAntes que venga su noche y se lo lleve todo, hay algo que Antonio desea con toda su alma. Antes que venga su noche y lo arrastre hacia el olvido, Antonio piensa que le gustar\u00eda mucho, pero mucho,  poder acariciar a su perro.<\/p>\n<p>\t\t\t\t\t\t\t                            DANIEL VALDEZ<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>COMO SUPERMAN Hace calor. Mucho calor. Est\u00e1 en su casa solo, como siempre. 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