{"id":4606,"date":"2012-06-01T00:33:08","date_gmt":"2012-06-01T03:33:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=4606"},"modified":"2012-06-01T10:46:35","modified_gmt":"2012-06-01T13:46:35","slug":"lautaro-cossia-3","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=4606","title":{"rendered":"LAUTARO COSSIA"},"content":{"rendered":"<p>.<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/tenacioso.files.wordpress.com\/2010\/03\/gordo24.jpg\" alt=\"\" width=\"456\" height=\"365\" \/><\/p>\n<p><strong>Domingo de cenizas<\/strong>&#8211;<br \/>\n&#8211;<\/p>\n<p>A las siete horas doce minutos de aquel domingo tr\u00e1gico, Oscar Rossini sali\u00f3 de su casa. Camin\u00f3 despacio hasta la parada de Urquiza y Paraguay, esquivando los charcos acumulados por la lluvia, y esper\u00f3. A las siete y dieciocho minutos le har\u00eda se\u00f1as al colectivo de la l\u00ednea 103; una costumbre que llevaba seis a\u00f1os y hab\u00eda sabido acomodar a las impuntualidades del servicio. Dos autos cruzaron por Urquiza y uno por Paraguay, con direcci\u00f3n al sur. \u00c9l vio a una muchacha de pelo revuelto y pies desnudos, resignada a chapotear en las veredas desparejas del centro rosarino. La imagin\u00f3 h\u00fameda y con una calabaza en sus manos. Las campanadas de la Iglesia acababan de informar que eran las siete y quince minutos de ese mismo domingo tr\u00e1gico. Y entre las \u00faltimas sombras de la ochava pudo percibir el movimiento brusco de un pu\u00f1ado de frazadas polvorientas, como denunciando una triple alteraci\u00f3n del sue\u00f1o: los primeros rumores del d\u00eda, la puntualidad anglicana, las luces del alba. Cuando Rossini subi\u00f3 al colectivo ese pintoresquismo urbano de cenicientas en celo y mendigos se hab\u00eda evaporado, entonces dej\u00f3 de pensar en el tiempo.<\/p>\n<p>Cincuenta y tres cuadras en colectivo y seis a pie lo separaban del monoblock 14, barrio Grandoli. Luego subir\u00eda los tres pisos de la torre 24, toc toc, siempre dos golpes, y aguardar\u00eda ser atendido en el departamento 55, respetando las formalidades de un pudor a\u00f1ejo. La conversi\u00f3n del tiempo en espacio era el modo que hab\u00eda encontrado Rossini para medir las distancias: la m\u00e9trica dise\u00f1ada constaba de cinco postas, a diez cuadras cada una, y un parador final, ubicado en el extremo sur de la plazoleta Humbert II. \u00c9l se acomodaba en la octava fila de asientos, vereda par, equidistante de los pocos pasajeros que la hora y el d\u00eda pon\u00edan de acompa\u00f1antes. Que los cinco mojones estuvieran del lado impar lo obligaba a direccionar la mirada hacia la derecha, atravesando el pasillo, los asientos y las ventanas, permiti\u00e9ndole adem\u00e1s escrutar el perfil azaroso de los dem\u00e1s pasajeros. Esa ma\u00f1ana tr\u00e1gica de domingo, a la altura del restaurante La Grieta, veinte cuadras exactas del punto de partida, viajaban tres hombres y una mujer, todos solos y dispuestos en los asientos delanteros. Uno de ellos dorm\u00eda y despertaba a cada rebote de cabeza contra el vidrio; el resto parec\u00eda no pensar en nada. Rossini vio, en una parada cualquiera, entre las postas tres y cuatro, subir a una pareja adolescente, y vio como pasaban a su lado, dejando ella una estela de barro con sus zapatos de vaire &#8211;<em>\u00f3yelo \u00f3yelo bien \/ hay sangre en su pie \/ el zapato le aprieta \/ la novia est\u00e1 chueca<\/em>-.\u00a0<\/p>\n<p>Contra sus previsiones se montaron uno sobre el otro, a sus espaldas, del lado par, desde donde llegaba un baboseo quejoso y risitas c\u00f3mplices de la falsa princesa. \u00bfMe miran? \u00bfY por qu\u00e9 se r\u00ede esa turra? Quinta posta. Rossini lee Quiosco Tenemo Aguante, y sabe que en unos segundos habr\u00e1 de levantarse y al girar la cabeza no podr\u00e1 evitar una mirada, y ser\u00e1 una mirada gastada que; ah! mejor que est\u00e1 concentrada en \u00e9l, turra de mierda; entonces Rossini llega a la puerta trasera sin fatiga, reimprimiendo los pasos de la impostora &#8211;<em>\/ hay sangre en su pie \/ el zapato le aprieta \/- <\/em>y toca el timbre y se distrae observando a la vieja Angelina, tan a\u00f1osa como \u00e9l, arrastrada por su perro rumbo a la plazoleta del barrio. A las cincuenta y tres cuadras exactas el colectivo se detiene y Rossini dibuja en su cabeza un trayecto simple y abstracto de rectas, curvas y escaleras en caracol. Alarga el paso tratando de evitar el cord\u00f3n mojado, pero su suela resbala en el barro reci\u00e9n acumulado y cae.<\/p>\n<p>La ca\u00edda es lenta. Igual propaga un chasquido audible entre los ruidos del motor del 103, que acelerado empieza a alejarse. La vieja Angelina se da vuelta movida por el instinto y la curiosidad. El animal, en cambio, se muestra urgido o desatento y cincha hasta que la mano de su due\u00f1a se desliza y suelta amarras. Por un instante Angelina, una mueca en la cara de Angelina, cruza burla y reproche con los ojos de Oscar. \u00a1Mammone est\u00fapido!, piensa ella. Todo antes que las dos palomas detenidas sobre el pavimento levanten vuelo. Crash. El perro es arrollado por un auto que continua su viaje al sur. La primera v\u00edctima de una serie inquietante.<\/p>\n<p><strong>\u2026<\/strong><\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 <strong>LAUTARO<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. Domingo de cenizas&#8211; &#8211; A las siete horas doce minutos de aquel domingo tr\u00e1gico, Oscar Rossini sali\u00f3 de su casa. 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