{"id":5172,"date":"2012-09-15T23:21:23","date_gmt":"2012-09-16T02:21:23","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=5172"},"modified":"2012-09-15T23:21:23","modified_gmt":"2012-09-16T02:21:23","slug":"laura-rossi-5","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=5172","title":{"rendered":"LAURA ROSSI"},"content":{"rendered":"<h2><span style=\"color: #ff0000;\">.<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.cronica.com.mx\/4images\/data\/media\/794\/w.jpg\" alt=\"\" width=\"400\" height=\"500\" \/><\/span><\/h2>\n<h2><span style=\"color: #ff0000;\">La moral de los camellos<\/span><\/h2>\n<h2><span style=\"color: #ff0000;\">&#8211;<\/span><\/h2>\n<h2><span style=\"color: #ff0000;\">&#8211;<\/span><\/h2>\n<h2><span style=\"color: #ff0000;\">\u00a0<\/span><\/h2>\n<p>\u00a0<\/p>\n<p>\u00be Yo, una vez, me sub\u00ed a un camello. Los camellos son malos.<\/p>\n<p>Dec\u00edan que era in\u00fatil discutir con la profesora Cristina Casta. Su <em>modus operandi<\/em> consist\u00eda en arrojar al \u00e9ter enunciados asertivos que jam\u00e1s lograban entretejerse con los de los otros. Por eso, quiz\u00e1s, llegamos a la conclusi\u00f3n de que estaba qued\u00e1ndose sorda. Aun cuando fue motivo de ardientes debates, nunca pudimos averiguar si su sordera se deb\u00eda a cuestiones meramente anat\u00f3micas o si se trataba, en realidad, de una suerte de cualidad sobrenatural. Los defensores de la disfunci\u00f3n anat\u00f3mica se empe\u00f1aban en sostener que una obstrucci\u00f3n en el canal auditivo era la responsable de que ciertos sonidos parecieran llegar al cerebro de Cristina y que otros no. Los que preferimos adscribir a la tesis sobrenatural, en cambio, estamos convencidos de que las c\u00f3cleas de Cristina enarbolan un colador que act\u00faa como filtro. Creemos que, en realidad, esa es la \u00fanica explicaci\u00f3n posible porque, de otro modo, no se entender\u00eda c\u00f3mo Cristina es perfectamente capaz de decodificar exitosamente enunciados del tipo: \u201cVen\u00ed, que Susana trajo masitas para festejar su cumplea\u00f1os\u201d, pero se muestra incapaz de responder satisfactoriamente a pedidos mucho m\u00e1s b\u00e1sicos como: \u201cPor favor, Cristina, limpi\u00e1 las migas que dejaste en la mesa\u201d.<\/p>\n<p>Las c\u00f3cleas con colador explicar\u00edan, asimismo, gran parte de los comportamientos de la profesora Casta: la introducci\u00f3n del tema de los camellos en una charla sobre las adversidades que afrontan los colegas que pretenden jubilarse, la evocaci\u00f3n constante de an\u00e9cdotas que siempre involucran programas de radio que nadie escucha y remiseros conocidos, sus llegadas tarde, el incumplimiento de sus funciones docentes y la incapacidad para percibir la existencia de otros seres humanos en su \u00f3rbita. Tantos atropellos no pueden deberse a la mera malformaci\u00f3n de un conducto. La cuesti\u00f3n debe ser <em>necesariamente<\/em> m\u00e1s compleja.<\/p>\n<p>Los observadores de ambos bandos, sin embargo, parecen coincidir en un punto: el de la culpabilidad. Aparentemente, Cristina no tendr\u00eda la culpa ni de la posible malformaci\u00f3n de su canal auditivo ni de que sus c\u00f3cleas cuelen las palabras de los otros. Yo me mantengo al margen de estas discusiones porque me parecen de una esterilidad suprema. No importa, en \u00faltima instancia, si Cristina tiene o no la culpa de su sordera: lo que verdaderamente importa, en este momento, es saber por qu\u00e9 los camellos son malos.<\/p>\n<p>No quisiera parecer un defensor a ultranza de camellos pobres y ausentes. Nada m\u00e1s alejado de m\u00ed defender a unos seres que a la legua se ve que ocultan algo y que, como si eso fuera poco, son una amenaza constante a las buenas costumbres. Porque es p\u00e9rfido como \u00e9l solo el camello: uno nunca sabe a ciencia cierta qu\u00e9 est\u00e1 pensando. El camello te mira y mastica como si no le importara en lo m\u00e1s m\u00ednimo tu presencia. Y cuando menos te lo esper\u00e1s, salivazo al piso y a otra cosa. Ni se disculpa, ni se sonroja, ni sale corriendo como los chicos. Nada. Pero de ah\u00ed a afirmar categ\u00f3ricamente que los camellos son malos, hay todo un camino de generalizaciones poco fundamentadas que no estoy dispuesto a transitar.<\/p>\n<p>Susana trajo masitas porque hab\u00eda cumplido a\u00f1os el s\u00e1bado. Nunca entend\u00ed por qu\u00e9, si uno es el que cumple a\u00f1os, debe encargarse de alimentar a los otros. Se supone que si los dem\u00e1s consideran que el paso del tiempo es un fen\u00f3meno digno de festejo, deber\u00edan, al menos, ocuparse de organizarlo. Al parecer, la mente de Susana no formulaba ese tipo de cuestionamientos y esa ma\u00f1ana apareci\u00f3 con dos paquetes enormes que, seg\u00fan anunci\u00f3, conten\u00edan masitas de una panader\u00eda nueva que abrieron en su barrio. Me son\u00f3 a excusa, sobre todo porque su perorata sigui\u00f3 un complej\u00edsimo derrotero conceptual en el que compar\u00f3 las masitas \u201criqu\u00edsimas\u201d que hab\u00eda tra\u00eddo el a\u00f1o pasado con estas que \u201cojo, tienen buena pinta igual\u201d y que \u201cesperemos que sean ricas, porque no las prob\u00e9\u201d. Demasiadas explicaciones para unas simples masitas. Al final, terminaban convirtiendo un inocente festejo en una obligaci\u00f3n por partida doble: no s\u00f3lo hab\u00eda que festejar el cumplea\u00f1os de una compa\u00f1era de trabajo que ni siquiera es tan amiga como para invitarte a festejar en su casa, sino que, adem\u00e1s, hab\u00eda que elogiarle las masitas.<\/p>\n<p>En eso est\u00e1bamos cuando son\u00f3 el timbre. Quiz\u00e1s por instinto o porque los docentes somos gente que lleva la desconfianza al paroxismo cuando se trata de comida gratuita, no nos atrevimos a abandonar la sala de profesores hasta que Cristina no hubiera puesto sus dos pies en el pasillo. Nos hab\u00edamos convertido en involuntarios custodios de las masitas de Susana que esperar\u00edan sobre la mesa hasta el primer recreo. M\u00e1s de uno debe haber tenido la intenci\u00f3n, incluso, de meterse en el aula con Cristina para evitar que saliera disparada a sumergirse entre las masitas como si estuviera en un pelotero, aprovechando que todos est\u00e1bamos distra\u00eddos en nuestras tareas. Pero eso no era posible, as\u00ed que cerramos la puerta sin verbalizar nuestros miedos y nos encomendamos a San Eufagos, santo patrono de la conservaci\u00f3n de los alimentos ajenos.<\/p>\n<p>Cuando lleg\u00f3 la hora del recreo, yo ya me hab\u00eda olvidado del asunto de las masitas. El cotorreo de las mujeres en la sala de profesores se escuchaba desde la escalera. Al aproximarse, uno pod\u00eda escuchar claramente que se trataba del habitual cotorreo ininteligible, sobre el que, cada tanto, la voz de Cristina se clavaba en falsa escuadra.<\/p>\n<p>Apenas traspas\u00e9 la puerta entreabierta, Susana me ofreci\u00f3 caf\u00e9. Y masitas. Acept\u00e9 el ofrecimiento y me dej\u00e9 caer en uno de los sillones, mientras pon\u00eda cara de estar escuchando con atenci\u00f3n una charla acerca de las penurias de la pobre Elsita, a la que se le estaba acabando la licencia y todav\u00eda no le hab\u00eda salido la jubilaci\u00f3n. Est\u00e1bamos en alguno de los momentos m\u00edticos de la charla, en uno de esos instantes en los que alguien cuenta c\u00f3mo la amiga de la cu\u00f1ada de no s\u00e9 qu\u00e9 fulano se hizo todos los tr\u00e1mites sola y la jubilaci\u00f3n le sali\u00f3 en un periquete, cuando Cristina trajo a colaci\u00f3n el asunto de los camellos. Mi cerebro comenz\u00f3 a proyectar las im\u00e1genes de lo que debe haber sido un verdadero holocausto cam\u00e9lido. El voluminoso cuerpo de Cristina, las comisuras de sus labios llenas de migas, la l\u00ednea de transpiraci\u00f3n que le cruzaba la frente para desembocar, gracias a una extra\u00f1a jugarreta de la geometr\u00eda, en su ojo izquierdo, se me aparec\u00edan como flashes de un zapping fren\u00e9tico que terminaba en una clara e inequ\u00edvoca imagen integrada: Cristina vestida de exploradora, entre las gibas de un despatarrado camello que ped\u00eda con los ojos que lo sacrificaran como a un perro rabioso antes de tener que seguir soportando a la se\u00f1ora que le contaba un chiste \u201cbuen\u00edsimo\u201d que hab\u00eda escuchado en la radio.<\/p>\n<p>Mi sonrisa fue malinterpretada. Quienes me rodeaban pensaron que se trataba de un signo de aprobaci\u00f3n ante los beneficios de la autogesti\u00f3n jubilatoria y no de un divertimento gratuito que mi mente, siempre gauchita en estos menesteres, me estaba proporcionando. Y ah\u00ed nom\u00e1s, Cristina arroj\u00f3 al \u00e9ter eso de que los camellos eran malos. Yo no pod\u00eda reponerme todav\u00eda de la sensaci\u00f3n de misericordia que me hab\u00eda generado la idea del pobre camello entre sus piernas cuando, sin pre\u00e1mbulos, su generalizaci\u00f3n infame me peg\u00f3 un patad\u00f3n en los dientes.<\/p>\n<p>Cuando un tipo callado habla, se produce alrededor de \u00e9l un fen\u00f3meno por dem\u00e1s interesante: todos, sin distinci\u00f3n de credos ni de ideas pol\u00edticas, hacen silencio. Incluso, las mujeres. Por eso, cuando me aclar\u00e9 la garganta y entorn\u00e9 ligeramente mi cuerpo hacia la fuente de la que emanaba lo que no pod\u00eda ser otra cosa que un falso testimonio acerca de las cualidades morales de los camellos, una ola de inquietud recorri\u00f3 los rostros de los presentes y se transform\u00f3 en dos segundos en una espera silenciosa y paciente, alentada, quiz\u00e1s, por mi uso del vocativo \u2018Cristina\u2019.<\/p>\n<p>\u00be Cristina, escuchame un poco, \u00bfc\u00f3mo es eso de que los camellos son malos?<\/p>\n<p>Reci\u00e9n en ese instante, not\u00e9 que las teor\u00edas acerca de la sordera de Cristina hab\u00edan calado tan hondo en nosotros que ya nadie se atrev\u00eda a dirigirle la palabra en forma directa. Cristina debe haberlo notado tambi\u00e9n porque se puso blanca como un papel al escuchar su nombre. La cara de Cristina pas\u00f3 del blanco al colorado sin soluci\u00f3n de continuidad. Luego, el colorado amain\u00f3 y se mantuvo en una suerte de rosa p\u00e1lido bastante homog\u00e9neo. Como si nada hubiera sucedido e indiferente a los veinte pares de ojos que nos observaban en silencio, engull\u00f3 tres masitas de un solo bocado y se sumergi\u00f3 en el resto de t\u00e9 que quedaba en su vaso descartable. Cuando el vaso regres\u00f3 a la mesa, la expresi\u00f3n de Cristina me hizo acordar a mi t\u00eda Marta. Pobre Marta, era tan p\u00e1nfila que no nos cans\u00e1bamos de inventar historias rid\u00edculas para mofarnos de ella. Y ella, que al principio entraba como un caballo, terminaba descubriendo que nos re\u00edamos de su candidez pero no dec\u00eda ni una palabra: se limitaba a mirarnos de costado, de reojo, para dar a entender que estaba ofendida.<\/p>\n<p>\u00be En serio te pregunto, Cristina, \u00bfpor qu\u00e9 los camellos son malos?<\/p>\n<p>El sonido del timbre que nos indicaba que era hora de volver a las aulas rompi\u00f3 la tensi\u00f3n que se hab\u00eda generado en la sala. Las mujeres empezaron a juntar los vasos usados y las servilletas de papel. Cre\u00ed ver, entre los que se iban levantando, alguna sonrisa socarrona, alguna mirada punitiva para conmigo pero piadosa respecto de mi supuesta v\u00edctima. De pronto, me hab\u00eda convertido en el maldito infeliz que hab\u00eda arruinado el festejo de diez minutos torturando a una pobre mujer enferma. Pobre Cristina, que no ten\u00eda la culpa de ser sorda para todo lo que no fuera comer gratis. Pobre Cristina, a la que nadie le hablaba ya porque era m\u00e1s f\u00e1cil perge\u00f1ar teor\u00edas redentoras que enfrentarse de lleno a sus maldades de solterona ma\u00f1osa.<\/p>\n<p>A esta altura, ya no recuerdo qui\u00e9nes se hab\u00edan ido ni qui\u00e9nes se hab\u00edan quedado merodeando la sala, no fuera a ser que Cristina explicara por qu\u00e9 los camellos eran malos y, al final, se lo perdieran. Lo que s\u00ed recuerdo es la sensaci\u00f3n de batalla perdida que se me hab\u00eda pegado en el pecho. Yo, que tantas veces hab\u00eda querido convencer a todos de que Cristina escuchaba lo que quer\u00eda, de que no era m\u00e1s que una vieja chapucera que nos odiaba a todos y que ni siquiera ten\u00eda el decoro de disimularlo, tendr\u00eda que aceptar mi grav\u00edsimo error de juicio.<\/p>\n<p>Me sacud\u00ed las migas del saco y me puse de pie para que la gravedad hiciera el resto. Cuando levant\u00e9 la mirada, Cristina se hab\u00eda parado y me miraba de frente, como la t\u00eda Marta pero sin el menor destello de candidez.<\/p>\n<p>\u00be Vos no est\u00e1s bien, Norberto. Yo te miro y me doy cuenta. Vos no est\u00e1s bien. Algo te pasa.<\/p>\n<p>Cristina no s\u00f3lo me hab\u00eda escuchado con claridad, sino que, adem\u00e1s, se dispon\u00eda a poner en juego la cl\u00e1sica estrategia discursiva del tiro por elevaci\u00f3n. Puse mi mejor cara de idiota desamparado y la mir\u00e9 como sin entender a qu\u00e9 se refer\u00eda.<\/p>\n<p>\u00be Claro, Norberto. No sos un chico ya. Date cuenta. Los camellos son malos porque muerden. Eso lo sabe todo el mundo. Mir\u00e1 las preguntas que hac\u00e9s\u2026 Yo no soy tonta, eh.<\/p>\n<p>La imagen del camello despatarrado volvi\u00f3 a mi mente. Esta vez, el camello vengador me miraba con los ojos inyectados en sangre, mientras le propinaba un certero mordisc\u00f3n al muslo cuatro-ambientes-con-cochera de una Cristina que gritaba como una marrana que la bajaran del lomo de ese animal del demonio.<\/p>\n<p>Cristina tambi\u00e9n malinterpret\u00f3 la sonrisa que se me hab\u00eda incrustado en la boca, supongo, porque me mir\u00f3 con ojos triunfantes, igualitos a los de la t\u00eda Marta cuando le dec\u00eda a mam\u00e1 que nos hab\u00eda pescado robando limones del jard\u00edn del vecino.<\/p>\n<p>\u00be Ten\u00e9s raz\u00f3n, Cristina, cuando ten\u00e9s raz\u00f3n, ten\u00e9s raz\u00f3n\u2026 &#8211; le dije, tal como mi madre le dec\u00eda a su hermana para que se convenciera de que su comentario mal intencionado hab\u00eda sido una contribuci\u00f3n invalorable para los destinos de la humanidad.<\/p>\n<p>No hay que subestimar el poder que las tautolog\u00edas ejercen en las mentes de algunas se\u00f1oras ni la capacidad de venganza de ciertos camellos. Siempre es bueno saberlo.<\/p>\n<p>\u00a0&#8211;<\/p>\n<p>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 LAURA ROSSI<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. La moral de los camellos &#8211; &#8211; \u00a0 \u00a0 \u00be Yo, una vez, me sub\u00ed a un camello. Los camellos son malos. 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