{"id":5612,"date":"2013-01-31T16:11:11","date_gmt":"2013-01-31T19:11:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=5612"},"modified":"2013-01-31T16:11:11","modified_gmt":"2013-01-31T19:11:11","slug":"hernan-casciari","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=5612","title":{"rendered":"HERN\u00c1N CASCIARI"},"content":{"rendered":"<h1>.<img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.deportistamexicano.com.mx\/wp-content\/uploads\/2011\/12\/el-mejor-gol.jpg\" alt=\"\" \/><\/h1>\n<h1>&#8211;<\/h1>\n<h1><span style=\"color: #ff0000;\">10.6 segundos<\/span><\/h1>\n<div>\n<h4><\/h4>\n<h4>&#8211;<\/h4>\n<h4>&#8211;<\/h4>\n<h4>\u25a3 HERNAN CASCIARI,<\/h4>\n<h4>MARTES 29 DE ENERO, 2013<\/h4>\n<p>&#8211;<\/p>\n<p>&#8211;<\/p>\n<p>Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compa\u00f1ero, el reloj en M\u00e9xico marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay tambi\u00e9n dos brit\u00e1nicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el f\u00fatbol, no es muy popular en T\u00fanez. Por eso el africano parece el \u00fanico que no est\u00e1 en actitud de alarma atl\u00e9tica.<\/p>\n<p>Se llama Al\u00ed Bin Nasser y, mientras los otros corren, \u00e9l camina despacio. Tiene cuarenta y dos a\u00f1os y est\u00e1 avergonzado: sabe que nunca m\u00e1s ser\u00e1 llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n sabe que si, doce a\u00f1os antes, cuando se lesion\u00f3 en la liga tunecina, le hubieran dicho que estar\u00eda en un Mundial, no lo habr\u00eda cre\u00eddo. Tampoco la tarde en que se convirti\u00f3 en juez: en T\u00fanez no es necesario, para acceder al puesto, m\u00e1s que tener el mismo n\u00famero de piernas que de pulmones.<\/p>\n<p>Cuando dirigi\u00f3 su primer partido descubri\u00f3 que ser\u00eda un \u00e1rbitro correcto. Fue m\u00e1s que eso: logr\u00f3 ser el primer juez de f\u00fatbol al que reconoc\u00edan por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio result\u00f3 tan eficaz que, un a\u00f1o m\u00e1s tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.<\/p>\n<p>En M\u00e9xico le ped\u00edan aut\u00f3grafos, se sacaban fotos con \u00e9l y dorm\u00eda en el hotel m\u00e1s lujoso. Hab\u00eda arbitrado con \u00e9xito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la l\u00ednea izquierda en un Dinamarca-Espa\u00f1a en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; \u00e9l no se equivoc\u00f3 ni una sola vez al levantar el bander\u00edn.<\/p>\n<p>Cuando los organizadores le informaron que dirigir\u00eda un choque de cuartos \u2014nunca un juez tunecino hab\u00eda llegado tan lejos\u2014, Al\u00ed llam\u00f3 a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo cont\u00f3 a su padre y los dos lloraron.<\/p>\n<p>Esa noche durmi\u00f3 con sofocones y so\u00f1\u00f3 dos veces con el rid\u00edculo. En el primer sue\u00f1o se torc\u00eda el tobillo y ten\u00eda que ser sustituido por el cuarto \u00e1rbitro; en el sue\u00f1o, el cuarto \u00e1rbitro era su madre. En el segundo sue\u00f1o saltaba al campo un espont\u00e1neo, le bajaba los pantalones y \u00e9l quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.<\/p>\n<p>De cada sue\u00f1o se despert\u00f3 con palpitaciones. Pero no so\u00f1\u00f3 nunca, durante la v\u00edspera, en dar por v\u00e1lido un gol hecho con la mano. No so\u00f1\u00f3 con que, en la jerga callejera de T\u00fanez, su apellido se convertir\u00eda en met\u00e1fora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.<\/p>\n<p>Ahora el jugador argentino toca el bal\u00f3n con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de ara\u00f1a, es la \u00fanica en muchos metros a la redonda.<\/p>\n<p>Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los m\u00e1s cercanos a la escena, pueden impedir el avance.<\/p>\n<p>Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del r\u00edo Tyne; los dos tuvieron, pocos a\u00f1os antes, un hijo var\u00f3n al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a M\u00e9xico; y los dos est\u00e1n convencidos, a las trece horas, doce minutos y veinti\u00fan segundos, que ser\u00e1 f\u00e1cil quitarle el bal\u00f3n al jugador argentino porque lo ha recibido a contrari\u00e9 y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.<\/p>\n<p>No saben que, una d\u00e9cada despu\u00e9s, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo ser\u00e1n amigos, tendr\u00e1n quince y diecis\u00e9is a\u00f1os y estar\u00e1n bailando en una rave de Londres.<\/p>\n<p>Un escoc\u00e9s de apellido O\u2019Connor \u2014que m\u00e1s tarde ser\u00e1 guionista del c\u00f3mico Sacha Baron Cohen\u2014 los reconocer\u00e1 y, en medio de la danza, los esquivar\u00e1 con una finta y un regate. Lo har\u00e1 una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez a\u00f1os antes, le practica a sus padres el jugador argentino.<\/p>\n<p>Raid hijo y Beardsley hijo no entender\u00e1n la broma, entonces otros participantes de la rave se sumar\u00e1n a la burla de O\u2019Connor y se formar\u00e1 un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivar\u00e1 a los muchachos en dos tiempos.<\/p>\n<p>Peter Raid hijo ser\u00e1 el primero en comprender la mofa, y se lo dir\u00e1 a su amigo: \u00abEs por el video de nuestros padres, el de M\u00e9xico ochenta y seis\u00bb.<\/p>\n<p>Peter Beardsley hijo har\u00e1 un gesto de humillaci\u00f3n y los dos amigos escapar\u00e1n de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritar\u00e1n, a coro, el apellido del jugador que diez a\u00f1os antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.<\/p>\n<p>Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejar\u00e1n de perseguir al jugador: ser\u00e1 el trabajo de otros compa\u00f1eros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a c\u00e1mara lenta, de VHS a Youtube.<\/p>\n<p>Ahora sus hijos tienen cinco y seis a\u00f1os y no recordar\u00e1n haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo ver\u00e1n mil veces en video y dejar\u00e1n de sentir respeto por sus padres.<\/p>\n<p>Peter Raid y Peter Beardsley, inm\u00f3viles a\u00fan en el centro del campo, todav\u00eda no saben exactamente qu\u00e9 ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.<\/p>\n<p>Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el bal\u00f3n tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el bal\u00f3n hacia la l\u00ednea divisoria.<\/p>\n<p>Cuando la pelota cruza la l\u00ednea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrer\u00e1 y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendr\u00e1 que dar.<\/p>\n<p>A las las trece horas, doce minutos y veintitr\u00e9s segundos del mediod\u00eda un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisi\u00f3n: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, despu\u00e9s del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.<\/p>\n<p>Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detr\u00e1s de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompa\u00f1a al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo peque\u00f1o a dar su primera vuelta en bicicleta.<\/p>\n<p>\u00abParec\u00eda que estuvieras en un entrenamiento, joder\u00bb, le dir\u00e1 el entrenador Bobby Robson dos horas despu\u00e9s, en los vestuarios. \u00abEse no eras t\u00fa\u00bb, le dir\u00e1 su medio hermano Allan un a\u00f1o m\u00e1s tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.<\/p>\n<p>Kenny Sansom rebobinar\u00e1 mil veces el video en el futuro. Ver\u00e1 su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.<\/p>\n<p>Comenzar\u00e1, en noviembre de ese a\u00f1o, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodar\u00e1n \u00abWhite\u00bb Sansom, por su afici\u00f3n al vino blanco.<\/p>\n<p>Su \u00fanico amigo de las \u00e9pocas doradas ser\u00e1 Terry Butcher, quiz\u00e1 porque ambos compartir\u00e1n el eje de un trauma id\u00e9ntico.<\/p>\n<p>Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todav\u00eda est\u00e1n poni\u00e9ndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguir\u00e1 enloquecido al jugador y le tirar\u00e1 una segunda patada, esta vez con \u00e1nimo mortal, en el v\u00e9rtice del \u00e1rea peque\u00f1a.<\/p>\n<p>Terry Butcher tampoco superar\u00e1 nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediod\u00eda mexicano. \u00abAl resto de mis compa\u00f1eros los regate\u00f3 una sola vez, pero a m\u00ed dos&#8230;, peque\u00f1o bastardo\u00bb, le dir\u00e1 a la prensa muchos a\u00f1os despu\u00e9s, con los ojos vidriosos.<\/p>\n<p>Kenny Sansom y Terry Butcher no regresar\u00e1n a M\u00e9xico jam\u00e1s, ni siquiera a playas tur\u00edsticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendr\u00e1n por afici\u00f3n (con casi sesenta a\u00f1os cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al \u00e1rea grande con el bal\u00f3n pegado a los pies.<\/p>\n<p>Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podr\u00eda haber jugado hacia atr\u00e1s o a su derecha, pero decide entregar el bal\u00f3n al jugador menos libre.<\/p>\n<p>Ese hombre se llama H\u00e9ctor Enrique y se queda inm\u00f3vil despu\u00e9s del pase, con las manos en la cintura. Despu\u00e9s de ese partido nunca podr\u00e1 separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magn\u00e9tico.<\/p>\n<p>Enrique todav\u00eda no lo sabe, pero volver\u00e1 a participar de un Mundial de f\u00fatbol, veinticuatro a\u00f1os despu\u00e9s y en tierra sudafricana. Ser\u00e1 parte del cuerpo t\u00e9cnico de un entrenador que, m\u00e1s gordo y m\u00e1s viejo, tendr\u00e1 el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabar\u00e1 su carrera todav\u00eda m\u00e1s lejos, en los Emiratos \u00c1rabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrari\u00e9.<\/p>\n<p>Durante muchas noches del futuro, en un pa\u00eds extra\u00f1o donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensar\u00e1 qu\u00e9 habr\u00eda ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el bal\u00f3n a Jorge Burruchaga, su segunda opci\u00f3n.<\/p>\n<p>Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: est\u00e1 convencido de que el jugador le dar\u00e1 el pase antes de entrar al \u00e1rea, que \u00fanicamente le est\u00e1 quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.<\/p>\n<p>Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice \u00abestoy libre por el medio\u00bb y mientras espera el pase en vano no sabe que un d\u00eda, algunos a\u00f1os despu\u00e9s, aceptar\u00e1 un soborno en la liga francesa y ser\u00e1 castigado por la Federaci\u00f3n Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero \u00e9l, congelado en el presente, todav\u00eda corre y espera la cesi\u00f3n que no llega nunca.<\/p>\n<p>D\u00edas m\u00e1s tarde har\u00e1 el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendr\u00e1 ojos y memoria para otro gol. A\u00f1o tras a\u00f1o, homenaje tras homenaje, el suyo no ser\u00e1 el m\u00e1s admirado.<\/p>\n<p>Una noche Burruchaga llamar\u00e1 por tel\u00e9fono a Arabia Saudita para conversar con su amigo H\u00e9ctor Enrique, y lamentar\u00e1, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opac\u00f3 el decisivo de la final. Entonces Enrique ver\u00e1 por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo har\u00e1 sonre\u00edr. \u00abNo fue para tanto aquel gol\u00bb, le dir\u00e1, \u00abel pase se lo di yo, si no lo hac\u00eda era para matarlo\u00bb.<\/p>\n<p>Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kil\u00f3metros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kil\u00f3metros por hora, como ocurri\u00f3 en la Ciudad de M\u00e9xico seis d\u00edas m\u00e1s tarde, quiz\u00e1s la jugada no hubiera acabado bien.<\/p>\n<p>El avance parece veloz por ilusi\u00f3n \u00f3ptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y enga\u00f1a. Hay una geometr\u00eda secreta en la precisi\u00f3n de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.<\/p>\n<p>Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.<\/p>\n<p>Antes del partido, Fenwick le aconsej\u00f3 a su entrenador Bobby Robson que lo mejor ser\u00eda hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondi\u00f3 que la marca ser\u00eda zonal, como en los anteriores partidos.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 habr\u00eda ocurrido si Robson le hac\u00eda caso?, se preguntar\u00e1 Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua revent\u00e1ndole las sienes.<\/p>\n<p>En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintis\u00e9is segundos del mediod\u00eda, es \u00e9l quien ve llegar al jugador con el bal\u00f3n dominado; es \u00e9l quien cree que dar\u00e1 un pase al centro del \u00e1rea. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un peque\u00f1o salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el \u00e1rea y encuentra los tres palos.<\/p>\n<p>\u00abMierda\u00bb, le dir\u00e1 a la prensa Terry Fenwick en 1989, \u00abarruin\u00f3 mi carrera en cuatro segundos\u00bb. Dos a\u00f1os despu\u00e9s de exabrupto, en 1991, Fenwick pasar\u00e1 cuatro meses en prisi\u00f3n por conducir borracho. Dir\u00e1, a mediados de la d\u00e9cada siguiente, que no le dar\u00eda la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.<\/p>\n<p>En esas mismas fechas una de sus hijas cumplir\u00e1 dieciocho a\u00f1os. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrar\u00e1 bes\u00e1ndose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocer\u00e1 la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el n\u00famero diez en la espalda. Fenwick a\u00fan no lo sabe, pero en su vejez dirigir\u00e1 un ignoto equipo llamado \u00abSan Juan Jabloteh\u00bb en Trinidad y Tobago, un pa\u00eds que nunca jug\u00f3 un Mundial, pero que tiene playas.<\/p>\n<p>Fenwick se emborrachar\u00e1 cada d\u00eda en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querr\u00e1 acercarse al chico para golpearlo. El argentino har\u00e1 el gesto salir para la izquierda y escapar\u00e1 por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comer\u00e1 el amague.<\/p>\n<p>Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dar\u00e1 el jugador dentro del \u00e1rea, y le bastar\u00e1n para entender que el panorama no es favorable.<\/p>\n<p>Hay un rival sopl\u00e1ndole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesi\u00f3n a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atr\u00e1s y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.<\/p>\n<p>El norte, el sur y el este est\u00e1n vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediod\u00eda. Tres horas m\u00e1s en Buenos Aires. Seis horas m\u00e1s en Londres.<\/p>\n<p>En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del d\u00eda o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.<\/p>\n<p>Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el \u00e1rea grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.<\/p>\n<p>Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compa\u00f1eros jugaban al f\u00fatbol en los recreos, arremolinados detr\u00e1s de la pelota. El f\u00fatbol le parec\u00eda un juego b\u00e1sico a los nueve a\u00f1os, pero a los once ocurri\u00f3 algo: entendi\u00f3 las reglas y supo, sin sorpresa, que los dem\u00e1s chicos no lo practicaban con inteligencia.<\/p>\n<p>Empez\u00f3 a jugar con ellos y, mientras el resto persegu\u00eda el bal\u00f3n sin estrategia, \u00e9l se mov\u00eda por los laterales buscando la geometr\u00eda del deporte.<\/p>\n<p>Y fue bueno. Integr\u00f3 dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell\u2019s; debut\u00f3 en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campe\u00f3n mundial juvenil en Toulon. A los veintid\u00f3s ya hab\u00eda jugado en la selecci\u00f3n absoluta.<\/p>\n<p>Pero en esos a\u00f1os de v\u00e9rtigo nunca am\u00f3 el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre eleg\u00eda el libro.<\/p>\n<p>Hasta ese momento de sus treinta a\u00f1os, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocaci\u00f3n. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quiz\u00e1 ha venido al mundo a tocar ese bal\u00f3n y colgarlo en la red.<\/p>\n<p>Sabe que la \u00fanica opci\u00f3n del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el \u00e1rea piensa: \u00abSi no me la da, largo todo y me hago escritor\u201d.<\/p>\n<p>Pero el jugador entra al \u00e1rea sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camar\u00f3grafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.<\/p>\n<p>En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo reci\u00e9n cuando el bal\u00f3n est\u00e1 en el v\u00e9rtice del \u00e1rea peque\u00f1a. Jorge Valdano todav\u00eda no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzar\u00e1 a escribir cuentos cortos.<\/p>\n<p>No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas l\u00edcitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acci\u00f3n en la siguiente jugada.<\/p>\n<p>Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el bal\u00f3n con las manos.<\/p>\n<p>El portero es una anomal\u00eda, una excepci\u00f3n capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese d\u00eda ning\u00fan futbolista de campo hab\u00eda logrado devolver esa afrenta en un Mundial.<\/p>\n<p>Por eso ahora, cuando el jugador pisa el \u00e1rea y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del ingl\u00e9s.<\/p>\n<p>Media hora antes el argentino hab\u00eda vengado a todos los atacantes de la historia del f\u00fatbol: hab\u00eda convertido un gol con la mano. La palma del atacante hab\u00eda llegado antes que el pu\u00f1o del guardameta. En el reglamento del f\u00fatbol esa acci\u00f3n est\u00e1 vedada, pero en las reglas de otro juego, m\u00e1s inhumano que el f\u00fatbol, se hab\u00eda hecho justicia.<\/p>\n<p>Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que est\u00e1 en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, adem\u00e1s, para volver a su pa\u00eds como un h\u00e9roe.<\/p>\n<p>Shilton hab\u00eda nacido en Leicester, treinta y seis a\u00f1os antes de aquel mediod\u00eda mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hac\u00eda falta llegar a su primer y tard\u00edo Mundial para demostrarlo.<\/p>\n<p>A\u00fan no lo sabe, pero jugar\u00e1 como profesional hasta los cuarenta y ocho a\u00f1os. Protagonizar\u00e1 en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertir\u00e1n en el mejor goalkeeper ingl\u00e9s.<\/p>\n<p>Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existir\u00e1 una enciclopedia, m\u00e1s famosa que la Britannica, que dir\u00e1 sobre \u00e9l:<\/p>\n<p>\u00abShilton, Peter: guardameta ingles que recibi\u00f3, el mismo d\u00eda, los goles conocidos como \u2018la mano de Dios\u2019 y el \u2018del Siglo\u2019\u00bb.<\/p>\n<p>Ese ser\u00e1 su karma y es mejor que no lo sepa, porque todav\u00eda sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le ense\u00f1aron sus maestros.<\/p>\n<p>Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. \u00abQuiz\u00e1 sea c\u00f3rner\u00bb, piensa. \u00abQuiz\u00e1 pueda sacar el bal\u00f3n con la yema de los dedos\u00bb.<\/p>\n<p>Tampoco sabe que dos a\u00f1os m\u00e1s tarde se publicar\u00e1 en Gran Breta\u00f1a un videojuego con su nombre, titulado \u00abPeter Shilton\u2019s Handball\u00bb, ni que sus hijos lo jugar\u00e1n, a escondidas, en las vacaciones de 1992.<\/p>\n<p>Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cu\u00e1l ser\u00e1 el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que s\u00ed conoce el futuro, elige seguir por la derecha.<\/p>\n<p>Antes de tocar por \u00faltima vez el bal\u00f3n con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediod\u00eda mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atr\u00e1s a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignaci\u00f3n; ve a H\u00e9ctor Enrique, todav\u00eda clavado en la mitad del campo, que cierra el pu\u00f1o de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la l\u00ednea de cal de la porter\u00eda contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repas\u00f3 con un rodillo; ve n\u00edtidamente a su hermano el Turco que, con siete a\u00f1os, le echa en cara un error que cometi\u00f3 en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:<\/p>\n<p>\u00abLa pr\u00f3xima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amag\u00e1le al arquero y segu\u00ed por la derecha\u00bb.<\/p>\n<p>Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurri\u00f3 la escena, ve la picard\u00eda con que lo miraba; ve, detr\u00e1s del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las u\u00f1as pintadas de verde de su primera novia, el d\u00eda que la conoci\u00f3, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una ni\u00f1a; ve una pelota desinflada y se ve a \u00e9l mismo, con nueve a\u00f1os, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bid\u00f3n de keros\u00e9n por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve tambi\u00e9n que un d\u00eda el estadio entero, y no solo la taquilla, llevar\u00e1 su nombre.<\/p>\n<p>El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora est\u00e1 a punto de soltar todo el aire de un soplido.<\/p>\n<p>Al rev\u00e9s que todos los rivales y compa\u00f1eros que ha dejado atr\u00e1s, \u00e9l puede respirar con su pierna izquierda, y tambi\u00e9n puede intuir el futuro mientras avanza con el bal\u00f3n en los pies.<\/p>\n<p>Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojar\u00e1 a la derecha; ve la intenci\u00f3n segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a \u00e9l mismo, muchos a\u00f1os m\u00e1s tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un bal\u00f3n en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince a\u00f1os escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del tr\u00f3pico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fot\u00f3grafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un ni\u00f1o embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cad\u00e1ver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho d\u00edas antes de ese mediod\u00eda, un hombre que tambi\u00e9n ha visto todas las cosas del mundo en un \u00fanico instante.<\/p>\n<p>Ve Fiorito de d\u00eda; ve N\u00e1poles de tarde; ve Barcelona de noche.<\/p>\n<p>Ve el estadio de Boca a reventar y \u00e9l est\u00e1 en el medio del campo pero no lleva un bal\u00f3n en los pies, sino un micr\u00f3fono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el \u00faltimo vuelo desde M\u00e9xico, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que har\u00e1; ve todos los goles que ha gritado y los que gritar\u00e1 en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres a\u00f1os, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracan\u00e1; ve el d\u00eda que ver\u00e1 a su madre por \u00faltima vez; ve la noche en que ver\u00e1 por \u00faltima vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que est\u00e1 a punto de parir un ni\u00f1o zurdo en Rosario, un a\u00f1o y dos d\u00edas m\u00e1s tarde de ese mediod\u00eda mexicano; ve un espacio m\u00ednimo, imposible, entre el poste derecho y el bot\u00edn de Terry Butcher.<\/p>\n<p>Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.<\/p>\n<p>El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durar\u00e1 diez segundos y seis d\u00e9cimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos qui\u00e9n es \u00e9l, qui\u00e9n ha sido y qui\u00e9n ser\u00e1 hasta el final de los tiempos.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. &#8211; 10.6 segundos &#8211; &#8211; \u25a3 HERNAN CASCIARI, MARTES 29 DE ENERO, 2013 &#8211; &#8211; Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[3],"tags":[],"class_list":["post-5612","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-taller"],"_links":{"self":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/5612","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=5612"}],"version-history":[{"count":2,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/5612\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":5614,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/5612\/revisions\/5614"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=5612"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=5612"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=5612"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}