{"id":5871,"date":"2013-07-26T20:29:12","date_gmt":"2013-07-26T23:29:12","guid":{"rendered":"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/?p=5871"},"modified":"2013-07-26T20:29:12","modified_gmt":"2013-07-26T23:29:12","slug":"guillermo-rios-5","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/?p=5871","title":{"rendered":"GUILLERMO R\u00cdOS"},"content":{"rendered":"<p>.<a href=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/invisib.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-5872\" alt=\"invisib\" src=\"http:\/\/www.nuestrotaller.com.ar\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/invisib-188x130.jpg\" width=\"188\" height=\"130\" srcset=\"http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/invisib-188x130.jpg 188w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/invisib-494x342.jpg 494w, http:\/\/marceloscalona.com.ar\/wp-content\/uploads\/2013\/07\/invisib.jpg 800w\" sizes=\"auto, (max-width: 188px) 100vw, 188px\" \/><\/a><\/p>\n<p align=\"center\">\n<p align=\"center\">\n<h1 align=\"center\"><span style=\"color: #ff0000;\">EL ADIOS<\/span><\/h1>\n<p>.<\/p>\n<p>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hace unos ocho a\u00f1os me encontraba trabajando en una peque\u00f1a isla. No quiero decir cu\u00e1l era, el nombre de la isla no es importante. Lo que importa es que era una isla. El oc\u00e9ano la ba\u00f1aba con su lengua de platino y rara vez soplaba viento o ca\u00eda algo de lluvia. Era un rinc\u00f3n casi olvidado, de una relevancia ausente, en el cual despu\u00e9s de mucho andar, finalmente, hab\u00eda logrado sentirme en paz.<\/p>\n<p>La isla era bastante rocosa, y en su mayor longitud estaba bordeada por acantilados bajos y pedruscos enmohecidos. Sin embargo, en la costa oeste las piedras escup\u00edan una playa blanca de ensue\u00f1o. La arena, con una contextura similar a la harina, acariciaba tersa la piel con una calidez de madre, y el agua templada era incre\u00edblemente silenciosa. Parec\u00eda como si alguien hubiese habitado aquel lugar hac\u00eda miles de a\u00f1os, y antes de irse lo hubiese pausado en la retina de alg\u00fan dios pagano.<\/p>\n<p>La \u00fanica estructura que hab\u00eda era un b\u00fangalo de madera y un peque\u00f1o cuarto de servicio. Es que la peque\u00f1a isla se encontraba muy cerca de otra isla, bastante m\u00e1s grande, cuyo nombre tampoco importa y no voy mencionar. Los hoteleros de la isla mayor hab\u00edan decidido instalar un bar en el peque\u00f1o b\u00fangalo, e implementar una especie de recorrido tur\u00edstico por la playa virgen, donde los extranjeros se adentrar\u00edan en el terreno de las iguanas y de lo desconocido. En aquel momento yo trabajaba de camarero para uno de aquellos lujosos y abarrotados hoteles. Cuando pidieron un voluntario que se hiciera cargo del bar de la otra isla apenas si dud\u00e9 en dar un paso al frente. Antoine, un barquero de la zona, llevar\u00eda todas las ma\u00f1anas una conservadora y una caja mediana con frutas, panificaciones y fiambres, y tambi\u00e9n dejar\u00eda diariamente tres litros de agua potable y tres litros de gasolina para el generador.<\/p>\n<p>El emprendimiento no funcion\u00f3 a la altura de las expectativas de los grandes hoteleros. Nunca supe si fue por pereza o por alg\u00fan temor que pudiera infundir en los turistas el viajar a un p\u00e1ramo salvaje. Lo cierto es que eran pocos los que se aventuraban a la isla, y los que lo hac\u00edan, seguramente no remarcaban tan positivamente su experiencia al volver a los grandes comedores y piscinas de la gran isla.<\/p>\n<p>El trato era que yo viajara todas las ma\u00f1anas con Antoine y llevara las provisiones, y al caer la tarde, ya con los \u00faltimos turistas, emprendiese la vuelta a la gran isla a pasar la noche en los servicios de alguno de los hoteles que compart\u00edan el emprendimiento. Al principio as\u00ed se hizo, el traslado diario era tedioso, pero aprend\u00ed a disfrutar de la brisa de pleamar y el sabor a sal en las comisuras. Todos los d\u00edas una gaviota nos segu\u00eda a pocos metros de la balsa, y yo no pod\u00eda evitar preguntarme adonde ir\u00eda despu\u00e9s de que Antoine me dejara en mi puesto de trabajo.<\/p>\n<p>Luego de unos meses, y al ver que la excursi\u00f3n a la playa virgen no hab\u00eda causado el impacto tur\u00edstico esperado, comenc\u00e9 a preocuparme. Tem\u00ed que los hoteleros decidieran dar por finalizado el proyecto, y entonces yo me ver\u00eda de vuelta en los grandes edificios, sirviendo a extranjeros desaprensivos por unas pocas monedas. Fue entonces cuando tom\u00e9 la decisi\u00f3n de no volver m\u00e1s por las noches. De esa manera, cuanto menos, evitaba cruzarme con alg\u00fan directivo en los pasillos de alg\u00fan hotel y tener que rendir cuentas o prestarle o\u00eddos a sus explicaciones monetaristas. Si me quedaba definitivamente en la peque\u00f1a isla, y siempre y cuando Antoine siguiera trayendo provisiones y alg\u00fan que otro turista ocasional, tal vez en la gran isla se olvidaran de m\u00ed. Y eso fue exactamente lo que ocurri\u00f3. Pasado un tiempo, ya me hab\u00eda acostumbrado deliciosamente a mi nuevo hogar. Me llevaba bien con la isla y su naturaleza no me parec\u00eda hostil en absoluto. Antoine me trajo una ma\u00f1ana alunas lonas y s\u00e1banas viejas que consigui\u00f3 vaya a saber d\u00f3nde, y con las maderas verdes que iba encontrando regularmente en la playa fui construy\u00e9ndome un catre bastante decente y un peque\u00f1o modular que acomod\u00e9 en el cuarto de servicio. Las provisiones segu\u00edan llegando y consum\u00eda la mayor parte de mi tiempo dando caminatas por la playa o simplemente acostado en la arena, pensando o recordando pasajes de viejos libros o pel\u00edculas.<\/p>\n<p>En una ocasi\u00f3n, Antoine me trajo, adem\u00e1s de las provisiones usuales, un libro de regalo. \u2013Es de un paisano- me dijo. Cuando me lo entreg\u00f3, vi que se trataba de El Extranjero, de Albert Camus. Ya hab\u00eda le\u00eddo aquel libro, durante mi infancia austera en la ribera cant\u00e1brica. Pero como no hab\u00eda mucho m\u00e1s que hacer, comenc\u00e9 su relectura. Hab\u00eda olvidado las largas caminatas por la playa que tambi\u00e9n daba el personaje de Camus. Y como hab\u00eda planteado que si el hombre, una criatura de costumbre, hubiese sido destinado a pasar su existencia encerrado en el tronco hueco de un \u00e1rbol, habr\u00eda hecho de eso su vida, y le habr\u00eda encontrado una trascendencia ineludible a la forma de las nubes o el vuelo de los p\u00e1jaros. Ese era yo, en aquel momento y en aquel lugar, dentro de mi tronco hueco. Me hab\u00eda identificado profundamente con aquella historia. Qu\u00e9 grande es la magia de los libros.<\/p>\n<p>Los turistas nunca dejaron de llegar a la peque\u00f1a isla. Si bien eran espor\u00e1dicos y muchos solo se quedaba la menor porci\u00f3n de su d\u00eda (le ped\u00edan a Antoine que no se demorara m\u00e1s de dos o tres horas en buscarlos), lo importante era que manten\u00edan el proyecto m\u00ednimamente a flote, y eso me tranquilizaba. El servicio que se les brindaba era bueno y consistente. Todos los gastos estaban previamente cubiertos al comprar la excursi\u00f3n en el hotel, y por lo tanto pod\u00edan beber y comer lo que se les antojase, dentro de las posibilidades que brindaran las provisiones con las que yo contara aquel d\u00eda, claro est\u00e1. Pero no hab\u00eda quejas, ni ante m\u00ed ni ante los hoteleros de la gran isla. Supongo que a la mayor\u00eda de la gente le cuesta admitir que no pudieron disfrutar de algo que desde el planteo surge ideal y so\u00f1ado. Volver molesto y decepcionado de un para\u00edso abandonado, donde no existen est\u00edmulos de dise\u00f1o y donde la interacci\u00f3n depende exclusivamente de uno, es m\u00e1s que una queja una autocr\u00edtica. Por ello, y algunas otras cosas de menor importancia, me sent\u00eda a salvo.<\/p>\n<p>En mis recuerdos de aquella \u00e9poca no distingo mayormente un d\u00eda del otro, toda la experiencia fue una tintura, un fresco en tiza mojada, en el cual las cosas suced\u00edan sin tiempo ni preponderancia. Todos los d\u00edas eran igualmente c\u00e1lidos, monocordes, como arrojados a una tina atemporal, todos, hasta que llegaron ellos. Se notaba a simple vista que eran una pareja estable. Llegaron muy temprano de ma\u00f1ana, guiados por Antoine. Eran espa\u00f1oles, andaluces, de alg\u00fan pueblo cerca de Sevilla (supe luego). Ella era alta y con apariencia \u00e1gil y reducida, \u00e9l se ve\u00eda bastante desgarbado y de expresi\u00f3n densa. Desembarcaron todos sus trastes y despidieron efusivamente al barquero. Desplegaron sus tumbonas y sombrillas a cent\u00edmetros de la orilla y se sentaron en silencio de cara al mar. Yo me apoyaba en la barra del bar, leyendo pasivamente mi libro de Camus. En un principio no repar\u00e9 en ellos m\u00e1s de lo que lo hac\u00eda con cualquier otro turista, pero a las pocas horas, ella se levant\u00f3 sacudiendo la arena de su cuerpo, y se acerc\u00f3 a la barra. Ten\u00eda una voz apagada, casi t\u00edmida. Era de muy buenos modales y se mov\u00eda con cierta gracia animal, como de ave. Me pidi\u00f3 una limonada y alguna fruta tropical para su marido. Cuando me acerqu\u00e9 con su bebida en la mano se qued\u00f3 mir\u00e1ndome durante varios segundos. Se notaba que buscaba algo en m\u00ed, o tal vez haya entendido que con aquella mirada gr\u00e1cil y queda cumpl\u00eda con la carga de dejar la propina.<\/p>\n<p>Es preciso aclarar, que desde que decid\u00ed no volver a los grandes hoteles dej\u00e9 de percibir mi paga. No estaba claro si segu\u00eda siendo empleado de las cadenas o no, pero eso me ten\u00eda sin cuidado. Lo cierto es que mientras las provisiones siguieran llegando yo tendr\u00eda con que vivir, y en el entretanto, las propinas que dejaban la mayor\u00eda de los turistas iban siendo guardadas en un bid\u00f3n de gasolina debajo de mi catre, destinado a asegurar mi salvoconducto fuera de aquella isla en caso de que surgiera necesario.<\/p>\n<p>Pero volviendo a lo importante, lo que sucedi\u00f3 es que aquella mujer, tan silenciosamente como hab\u00eda llegado hasta la barra, se alej\u00f3 hasta la orilla, de vuelta a la compa\u00f1\u00eda de su marido. A las pocas horas la balsa de Antoine encall\u00f3 en el peque\u00f1o muelle improvisado y sin que volvi\u00e9ramos a cruzar palabra o miradas se hab\u00edan marchado de mi isla. Yo llevaba poco m\u00e1s de un a\u00f1o en aquel lugar, y si bien me encontraba a gusto y no sufr\u00eda de necesidades, la verdad es que a\u00f1oraba un poco el contacto con una mujer. Soy un hombre de cierto honor, debo decirlo, jam\u00e1s habr\u00eda intentado nada con aquella espa\u00f1ola con cuerpo de gacela, no, sabiendo que ten\u00eda esposo, pero mentir\u00eda si dijera que aquel encuentro, por breve que hubiese resultado, no alter\u00f3 al menos un poco mis \u00e1nimos corp\u00f3reos. Al siguiente d\u00eda, me encontraba cerca de la playa, arrastrando una gran rama verde que la marea hab\u00eda tra\u00eddo entre la espuma, cuando divis\u00e9 la balsa de Antoine que se acercaba al muelle. Mi sorpresa fue may\u00fascula al ver que de la peque\u00f1a embarcaci\u00f3n no solo bajaba la mujer espa\u00f1ola, sino que adem\u00e1s no ven\u00eda acompa\u00f1ada. Qued\u00e9 inerte, las plantas de mis pies se aferraron con sa\u00f1a a las conchas y moluscos muertos que ahora formaban la arena. Volv\u00ed a la barra con urgencia, con verg\u00fcenza pueril, como si el encontrarme en la playa cuando ella llegara fuera el equivalente a sorprenderme desnudo en el ba\u00f1o. Salud\u00f3 a Antoine con un gesto ya familiar y se acomod\u00f3 entre sus pertrechos. Esta vez no hab\u00eda elegido un lugar cerca del agua, esta vez se parapet\u00f3 bajo una gran palmera, mucho m\u00e1s cerca del bar. Dispuso su tumbona de una manera oblicua que no me permit\u00eda asegurar si estaba mirando en direcci\u00f3n hacia m\u00ed o hacia las dunas que marcaban la costa norte. A media tarde se acerc\u00f3 a la barra, me pidi\u00f3 una limonada, y sin m\u00e1s se volvi\u00f3 lenta hacia la playa. Antes que el sol comenzara a caer Antoine se la hab\u00eda llevado de vuelta al mundo y con los hombres. Este episodio se sucedi\u00f3 de manera id\u00e9ntica durante los cinco d\u00edas siguientes. Ella llegaba sola, se acomodaba en aquella extra\u00f1a posici\u00f3n de espaldas al mar, ordenaba una limonada a media tarde, y se marchaba cuando el sol apenas comenzaba a menguar. Yo me encontraba completamente desorientado. Perdido ante la multiplicidad de posibilidades que pudieran dar raz\u00f3n a aquella escena que se repet\u00eda una y otra vez. Llegu\u00e9 incluso a preguntarme si ella era real, si mi mente no habr\u00eda reca\u00eddo brevemente en la locura, despu\u00e9s de tantos meses de letargo anodino. Pens\u00e9 en hablar con Antoine, preguntarle si realmente exist\u00eda aquella mujer que tra\u00eda todas las tardes hasta mi playa, pero tem\u00ed que el viejo me tomara por loco y diera aviso en la gran isla.<\/p>\n<p>Para alivio de mi cordura, el sexto d\u00eda, cuando lleg\u00f3 la balsa, ella no estaba a bordo. Estaba \u00e9l. Mucho m\u00e1s directo y aguerrido, tardo apenas tres cuartos de hora para acercarse hasta la barra. Me pidi\u00f3 un jugo de guayaba y un plato con quesos que ni toc\u00f3. Comenz\u00f3 hablando de cosas vagas y con poco sentido, como intentando centrar la conversaci\u00f3n en una direcci\u00f3n determinada. Su timbre era riguroso, pero no sonaba altanero. Me recordaba mucho a un t\u00edo que hab\u00eda trabajado en la direcci\u00f3n de correos del pueblo en el que crec\u00ed, y que al fallecer, en la familia nos enteramos que jam\u00e1s hab\u00eda dejado una carta sin entregar en mano a su destinatario. Si el destinatario no estaba en aquella direcci\u00f3n lo buscaba en la plaza del pueblo o los lugares p\u00fablicos m\u00e1s relevantes, y si aun as\u00ed no lo encontraba, volv\u00eda y volv\u00eda a su casa tantas veces como fuere necesario hasta encontrarlo y hacerle entrega del correo. Aquella tarde, sentado en la barra de mi isla, evoqu\u00e9 varias veces el recuerdo de aquel t\u00edo.<\/p>\n<p>El hombre se llamaba Eugenio, hac\u00eda tres a\u00f1os se hab\u00eda casado con Ivis, la morena que todos los d\u00edas visitaba caprichosamente mi isla sin inter\u00e9s por el sol o la playa. Cuando finalmente Eugenio se termin\u00f3 de acomodar en la conversaci\u00f3n, me explic\u00f3 que antes de conocerla, Ivis hab\u00eda estado casada con un oficial de la marina mercante, Bautista. Que hab\u00edan estado juntos poco m\u00e1s de diez a\u00f1os hasta el d\u00eda en que su barco sucumbi\u00f3 ante una tormenta cerca del tr\u00f3pico. Su cuerpo nunca fue hallado, y transcurridos los plazos legales hab\u00eda sido dado por muerto. Seg\u00fan Eugenio, Ivis le hab\u00eda explicado que yo era la viva imagen de su difunto esposo. El parecido es asombroso, me hab\u00eda dicho. Yo lo he visto solo en fotos, pero juro que si no supiera la historia del naufragio y lo cruzara a usted en esta isla de nadie estar\u00eda convencido de que es Bautista. Ella se alter\u00f3 mucho al verlo aqu\u00ed. La primera noche que volvimos de la isla no pod\u00eda dejar de llorar. Con el tiempo cre\u00ed que se hab\u00eda recuperado de aquella p\u00e9rdida, y que finalmente hab\u00eda encontrado la paz que merec\u00eda. Pero ahora veo que todo era una ilusi\u00f3n, que sigue \u00edntimamente aferrada aquel recuerdo que la da\u00f1a hasta en los sitios m\u00e1s inimaginables.<\/p>\n<p>No pod\u00eda terminar de entender por qu\u00e9 Eugenio estaba cont\u00e1ndome todo eso. Era evidente que mi persona cumpl\u00eda un rol esencial en aquella trama, pero desconoc\u00eda la raz\u00f3n por la cual aquel hombre for\u00e1neo me hab\u00eda arrastrado tan adentro de su intimidad. En un principio tem\u00ed que aquella pareja pudiera creer que yo era, en efecto, el marino desaparecido, y que me declararan vivo con bombos y platillos forz\u00e1ndome a volver a la civilizaci\u00f3n para que me realicen pruebas m\u00e9dicas contra la amnesia y esas cosas modernas que ahora son tan comunes y en aquel entonces tan novedosas. Pero luego me di cuenta de que no era eso a lo que Eugenio quer\u00eda llegar. As\u00ed que cuando termin\u00f3 de contarme en detalle su historia juntos y los amores de la v\u00edspera, finalmente introdujo su propuesta en la conversaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La idea es la siguiente, me dijo. Y le pido por favor que la considere, entiendo que pueda resultarle inc\u00f3moda y hasta bizarra en ciertos puntos, pero estar\u00eda usted haci\u00e9ndole un bien a alguien que realmente lo necesita, un bien que nadie m\u00e1s en el mundo puede hacerle, estar\u00eda burlando a la muerte.<\/p>\n<p>La bendita idea era que yo personifique al marino muerto (seg\u00fan Eugenio, de la parte m\u00e1s trabajosa ya se hab\u00eda encargado la gen\u00e9tica) y sostenga un encuentro con Ivis, nocturno y cerrado, en el cual ella pudiera dar un cierre al asunto. Su mujer no hab\u00eda podido dejar de pensar en Bautista desde el momento en que me hab\u00eda visto apoyado en la barra del bar. Por alg\u00fan motivo, toda aquella vida caduca hab\u00eda explotado en sus entra\u00f1as y la experiencia de haberse topado conmigo (o con aquel, en realidad) le estaba extrayendo \u00e1vidamente el c\u00e1ncer que llevaba encerrado durante a\u00f1os. Ahora, aquel plan que parec\u00eda tan impropio podr\u00eda ser el \u00faltimo escal\u00f3n hacia la definitiva liberaci\u00f3n de Ivis.<\/p>\n<p>Me tom\u00e9 unos d\u00edas para pensarlo, le dije que no podr\u00eda asegurarle mi participaci\u00f3n en aquella empresa que desde el inicio surg\u00eda tan delicada, que le har\u00eda llegar mi respuesta por medio de Antoine. Intent\u00e9 convencerlo de que, de aceptar, el simulacro tuviera lugar en mi isla, pero fue categ\u00f3rico al respecto, alegando que ciertas circunstancias esc\u00e9nicas resultaban innegociables. Cuando finalmente se decidi\u00f3 a retirarse, me sent\u00e9 en la playa de cara a la brisa crepuscular y me mantuve durante varias horas pensado en aquella posici\u00f3n. No es que me afectara tanto el compromiso en s\u00ed, pero hab\u00eda ciertos puntos que deb\u00eda considerar seriamente. En primer lugar, aceptar la propuesta bajo las condiciones exigidas implicaba un peligroso y fugaz retorno a la gran isla. Ivis estaba alojada en uno de los hoteles que llevaba adelante (por decirlo de alg\u00fan modo) el emprendimiento tur\u00edstico que me permit\u00eda vivir tan serenamente y a gusto. Irrumpir en uno de aquellos halles, con todo el ruido que ello podr\u00eda conllevar, me expondr\u00eda a un gran riesgo consabido. Por otro lado las reacciones emotivas de Ivis y de Eugenio evocaban la concreta posibilidad de verme inmerso en un caldo dram\u00e1tico y ajeno que dif\u00edcilmente pudiera resultarme grato o sacudible. Finalmente me decid\u00ed que s\u00ed, que lo har\u00eda. En realidad siempre supe que lo har\u00eda, supongo que me tom\u00e9 cierto tiempo de puro capricho, para no dejar entrever mi apresuramiento, para no arrebatarme hacia las fauces de aquella mujer, que bien podr\u00eda susurrar en mi o\u00eddo palabras dulces como masticar sin reparo mi oreja indefensa (aunque para ella no ser\u00eda yo el due\u00f1o de aquella oreja). Envi\u00e9 la noticia con el barquero avisando que llegar\u00eda a la marina al segundo d\u00eda. Y me dispuse a disfrutar lo que entend\u00ed que podr\u00eda ser mi \u00faltimo d\u00eda en la playa.<\/p>\n<p>Llegado el momento me sub\u00ed a la balsa, hac\u00eda tanto que no navegaba que mi cuerpo se sinti\u00f3 reducido y desorientado sobre las tablas del fondo. Antoine me miraba con expresi\u00f3n artera, como si supiera alguna parte de la historia que yo hab\u00eda pasado por alto en el apuro. Llevaba el bote lentamente, d\u00e1ndome la posibilidad de retractarme, de volver a mi cueva a cielo abierto y nunca m\u00e1s tener que dar explicaciones o pensar en nada m\u00e1s que en mi playa, mi catre y mi isla. El mar se cortaba a nuestro paso, formando olas espumosas y densas, y record\u00e9 aquella gaviota que sol\u00eda seguirnos al principio, cuando para m\u00ed los viajes eran de ida y vuelta. Los animales presienten las desgracias, pens\u00e9, les reh\u00fayen.<\/p>\n<p>Luego de media hora llegamos a la Marina. Eugenio me esperaba a unos metros del muelle, retra\u00eddo. Miraba la hora incesantemente, y se le notaba cierta ansiedad primaveral en los movimientos. Apenas si me sali\u00f3 un hilo de voz para saludarlo. Llevaba un bolso negro deportivo, con la etiqueta del precio aun colg\u00e1ndole de uno de sus cierres rel\u00e1mpago. Nos subimos a un taxi que aguardaba pasando el puesto de guardia e iniciamos la marcha hacia el hotel, en completo silencio.<\/p>\n<p>Una de mis grandes preocupaciones era c\u00f3mo iba a manejar el ingreso por el hall del hotel. C\u00f3mo me presentar\u00eda, que explicaciones dar\u00eda, cu\u00e1l era el motivo de mi visita. No podr\u00eda haber dicho que llegaba para dormir en uno de los cuartos de servicio como hab\u00eda hecho tantas veces meses atr\u00e1s. Aquella pr\u00e1ctica estaba por dem\u00e1s de caduca. Por lo que seguramente mi presencia ameritaba alg\u00fan tipo de invocaci\u00f3n a un problema considerable, tal vez de salud, o familiar. Sin embargo nada de eso result\u00f3 necesario. El destino me hab\u00eda barajado una carta escondida en todo aquel episodio. Al momento de llegar a la puerta del hotel, un enorme contingente de asi\u00e1ticos volv\u00eda de alguna excursi\u00f3n tropical, revisando sus c\u00e1maras y vaciando sus cantimploras en los vados de la acera. Vi la oportunidad y actu\u00e9 con la desesperaci\u00f3n de un ni\u00f1o que despierta en su cama despu\u00e9s de noche de reyes. Tom\u00e9 fuertemente del brazo a Eugenio y lo arrastr\u00e9 hasta el medio de aquella conglomeraci\u00f3n de remeras chillonas y sandalias de goma que caminaban puertas adentro. As\u00ed, camuflados por el mayor de los continentes, logramos ganar los ascensores sin que nadie reparara en nosotros.<\/p>\n<p>Eugenio marc\u00f3 el sexto piso, dimos varias vueltas al pasillo alfombrado con ribetes c\u00e1lidos e ingresamos en una de las habitaciones m\u00e1s alejadas. Me sorprend\u00ed de la velocidad con la que todo estaba ocurriendo. Pens\u00e9 que, tal vez, antes de darme cuenta ya estar\u00eda de vuelta en mi isla, y s\u00fabitamente me di cuenta del aprecio que le ten\u00eda al viejo Antoine. Entramos a una habitaci\u00f3n oscura, Eugenio encendi\u00f3 la luz y vi que no hab\u00eda nadie m\u00e1s en ella. Observ\u00f3 mi confuso rostro. Ac\u00e1 no es, me dijo.<\/p>\n<p>Me explic\u00f3 que aquel era el cuarto que compart\u00eda con Ivis desde el d\u00eda en que llegaron, y en donde me preparar\u00eda para la velada. Ella esperaba en otra habitaci\u00f3n, que hab\u00edan alquilado especialmente para esa noche, porque el encuentro deb\u00eda darse en un lugar neutral, que no se encontrara contaminado por la presencia del nuevo matrimonio. Yo me hab\u00eda sentado en el taburete frente al aparador, y me dispon\u00eda a preguntarle a Eugenio que hab\u00eda querido decir con eso de \u2013prepararme-, cuando apoy\u00f3 el bolso deportivo en el suelo y me hizo una se\u00f1a para que me quitara las ropas. Con gran parsimonia comenz\u00f3 a sacar prendas y peque\u00f1os frascos que fue disponiendo sobre la cama. Ceremoniosamente las acomod\u00f3 en un orden que cre\u00ed aleatorio, y comenz\u00f3 a vestirme con un traje blanco de oficial de la marina, con borlas y medallas. Es una r\u00e9plica, me dijo. Un disfraz. El original est\u00e1 guardado en nuestra casa muy lejos de aqu\u00ed, no hubo tiempo de hacerlo traer. Cuando termin\u00f3 de vestirme, comenz\u00f3 a aplicarme una base por el rostro y a pintarme peque\u00f1as pecas con un pincel min\u00fasculo. Pude ver que mientras lo hac\u00eda corroboraba el progreso con una peque\u00f1a fotograf\u00eda que hab\u00eda apoyado al pie del taburete.<\/p>\n<p>Quise preguntarle por qu\u00e9 hac\u00eda todo aquello, que esp\u00edritu tan l\u00edmpido portaba aquel hombre que le permitiese ayudar a revivir al antiguo amor de su mujer. Como toleraba la noci\u00f3n de que, por una noche, su propio cuerpo ser\u00eda suplantado por el de un fantasma que su amada a\u00f1oraba m\u00e1s all\u00e1 de toda frontera conocida. Como soportaba que yo fuera testigo de aquel episodio, que estuviera preparando un lugar en mis recuerdos para lo que iba a presenciar. Como vivir\u00eda con la imagen m\u00eda y de Bautista en una cama con su mujer. Quise asegurarle que todo saldr\u00eda bien, quise decirle que est\u00e9 en paz, que yo lo respetaba. Pero no encontr\u00e9 las palabras. Cuando entendi\u00f3 que ya estaba lista la personificaci\u00f3n, puso su mano en mi hombro recientemente condecorado y me dijo: all\u00ed adentro va a pasar lo que tenga que pasar, yo no tengo por qu\u00e9 enterarme, no voy a enterarme, ni por ella ni por nadie. Me entreg\u00f3 la tarjeta magn\u00e9tica y me envi\u00f3 a la habitaci\u00f3n 308.<\/p>\n<p>Al encontrarme caminando solo, engullidos por aquellos pasillos que me empujaban hacia la habitaci\u00f3n de Ivis, me asalt\u00f3 una idea perturbadora. Me pregunt\u00e9 qu\u00e9 pasar\u00eda si, llegado el caso, yo no pudiera desenvolverme con normalidad frente a sus exigencias, si mi cuerpo me fallara en el momento central. Era\u00a0 evidente que estaba ah\u00ed para cumplir una funci\u00f3n, la cual me ser\u00eda develada de un instante a otro. Yo suplantaba a un hombre, a un marido, por el resto de la noche yo deb\u00eda ser Bautista. \u00bfPero qu\u00e9 suceder\u00eda si \u00e9ste Bautista era impotente? Podr\u00eda decirse que tantos a\u00f1os en su tumba de coral le habr\u00edan quitado sus reservas hormonales; que la resurrecci\u00f3n conlleva cierta sensaci\u00f3n de nervios que aplacan el esp\u00edritu; que la muerte adormece ciertos m\u00fasculos. Cualquiera fuere la excusa, si ese era el caso, Bautista ser\u00eda un fiasco. Habr\u00eda vuelto a la vida solo para encontrarse nuevamente con la humillaci\u00f3n y la derrota. Lo imaginaba recostado sobre la cama con los ojos cerrados deseando que el mar se lo tragara. Pero el mar ya se lo hab\u00eda tragado, y solo por esta \u00fanica noche lo hab\u00eda escupido de vuelta al mundo.<\/p>\n<p>Cuando llegu\u00e9 a la puerta de la habitaci\u00f3n frot\u00e9 la tarjeta contra el lector y la abr\u00ed con facilidad. El cuarto se encontraba sumido en una penumbra as\u00e9ptica. La alfombra en el suelo anulaba el chirrido de mi caminar y todo fue sucedi\u00e9ndose felinamente, en c\u00f3digo de rito. Ivis estaba sentada en un sill\u00f3n poco mullido cerca de la ventana. La cabeza baja y las manos sobre las rodillas genufl\u00e9xas le daban una imagen ani\u00f1ada. Sobre el bur\u00f3 de su derecha hab\u00eda papeles desordenados y una botella abierta de ron a\u00f1ejo. Me ubiqu\u00e9 en mi personaje y me acerqu\u00e9 anunciadamente. Con un gesto viril coloqu\u00e9 mi mano sobre su cabeza, intentando abarcar la mayor parte posible de su curvatura, luego, delicadamente, la tom\u00e9 del ment\u00f3n y ergu\u00ed su mirada. Me observ\u00f3 largo rato con detenimiento. Parec\u00eda buscar el nexo que pudiera reunir aquel hombre lejano con aquella habitaci\u00f3n tan inmediata. Luego me tom\u00f3 de la mano y la examin\u00f3 entre las sombras, la bes\u00f3 y se la llev\u00f3 al pecho con fuerza. Sospech\u00e9 en ese momento que probablemente hayan sido nuestras manos aquello en lo que, con Bautista, comparti\u00e9ramos el mayor parecido. Ivis se incorpor\u00f3 a mi lado, absorbiendo en detalle el aroma del perfume que Eugenio me hab\u00eda esparcido antes de echarme de su habitaci\u00f3n. Me mir\u00f3 a los ojos con profundo cari\u00f1o y se col\u00f3 entre los recovecos de mi cuerpo en un abrazo lleno de ahogo y culpa. Repet\u00eda una y otra vez: Bau, Bau, Bau.<\/p>\n<p>Algo que ambos sab\u00edamos desde el inicio de la escena, es que yo podr\u00eda imitar, en apariencia, a Bautista. Sin embargo era evidente que su voz, su personalidad y su discurso me resultar\u00edan irreproducibles. Eso configuraba una limitaci\u00f3n importante, puesto que, al igual que las frutas que tra\u00eda Antoine cada ma\u00f1ana, el mayor sabor nunca est\u00e1 en la c\u00e1scara. Sin embargo intent\u00e9 emular en mi cuerpo los gestos que se corresponder\u00edan con aquel marino del que tan poco sab\u00eda, y durante las horas que estuve con Ivis en aquella habitaci\u00f3n mi aporte se redujo a sostener sus mon\u00f3logos con gemidos y sutiles muecas de aprobaci\u00f3n o rechazo. Cuando ella preguntaba con tono ret\u00f3rico por qu\u00e9 la hab\u00eda abandonado, o por qu\u00e9 tuve que haber subido a aquel barco moribundo yo gru\u00f1\u00eda tibiamente en se\u00f1al de furia contenida. Y cuando me detallaba las penas que hab\u00eda sufrido y lo mucho que me hab\u00eda extra\u00f1ado yo exped\u00eda un ronroneo n\u00e1utico intentando calmarla. Nunca supe cu\u00e1ntas de sus expectativas se vieron cumplidas aquella noche. Supongo que no qued\u00f3 lugar para la pregunta. Luego de estarnos un rato de pie junto al sill\u00f3n, ella me tom\u00f3 de la mano y me indic\u00f3 que nos sent\u00e1ramos en la cama. Apoy\u00f3 su cara sobre mi cuello y se qued\u00f3 muy quieta en funci\u00f3n de lo que entend\u00ed que era la inmortalidad de algunos recuerdos. La noche nos fue recostando y solo se o\u00eda el latido del mar que se colaba, entre algunos sonidos inc\u00f3modos, por la ventana entreabierta. Llegado un punto nos quedamos dormidos. Yo profundamente.<\/p>\n<p>Cuando despert\u00e9 era ya de ma\u00f1ana. Al principio no lograba comprender que estaba haciendo en el cuarto de un hotel vestido de marinero condecorado. Me asalt\u00f3 el p\u00e1nico cuando no pude conectar ninguna de aquellas circunstancias con un trazo reconocible de mi vida. Luego recobr\u00e9 el sentido. Me ali\u00f1\u00e9 un poco el uniforme y decid\u00ed huir de all\u00ed a vuelo de p\u00e1jaro. Sal\u00ed de la habitaci\u00f3n 308 y baj\u00e9 los pisos por la escalera de servicio. Cuando abandon\u00e9 completamente el personaje de Bautista, y record\u00e9 lo sucedido con mis ojos de isle\u00f1o, no pude decidir si durante la noche anterior hab\u00eda cometido una buena obra o perdido una gran oportunidad. Supongo que las cosas nunca son tan simples en la gran isla. Al llegar al Hall lo vi a Eugenio sentado en una de las mesas del desayunador. Levant\u00f3 su mano y me llam\u00f3 cari\u00f1osamente para que me acercara. Yo me apresur\u00e9 hacia donde estaba, principalmente porque tem\u00eda ser reconocido por el personal del hotel. Ser\u00eda una pena que estando tan cerca de marcharme se echara todo a perder por haberme mostrado por la ma\u00f1ana en el desayunador. Luego me di cuenta de que mi miedo era infundado, puesto que segu\u00eda vestido con el uniforme de marino y era m\u00e1s que seguro que ni mi madre me hubiese reconocido en aquel estado. Eugenio se mostr\u00f3 feliz, me dijo que lo que fuera que hubiese pasado le hab\u00eda hecho muy bien a su mujer, la cual al despertarse a mi lado en medio de la noche hab\u00eda decidido abandonar el cuarto y volver a dormir junto a su marido, porque hab\u00eda sentido que ya no quedaba m\u00e1s nada all\u00ed, ni en ning\u00fan otro lugar en que no estuviese \u00e9l, porque hab\u00eda entendido que \u00e9l se hab\u00eda fundido de tal manera con ella que ya no podr\u00eda decir en donde acababa la vida de uno y empezaba la vida del otro. Me agradeci\u00f3 repetidamente y me ofreci\u00f3 costear cualquier gasto que hubiese tenido, lo cual rechac\u00e9 sin dar lugar a insistencias. Cuando sal\u00eda del desayunador, a la distancia, la vi a Ivis, de pie junto a un enorme canasto de frutas. Me sonri\u00f3 t\u00edmidamente y levant\u00f3 su mano al tiempo que bajaba la mirada. Sonre\u00ed en respuesta y segu\u00ed mi camino sin detenerme. Al momento siguiente ya me encontraba fuera del edificio.<\/p>\n<p>Cruc\u00e9 la calle Obispo, y sent\u00ed el sol en el rostro y el olor de los fresnos de junio. Muy a pesar de mi apuro por volver a mi isla, camin\u00e9 despacio entre los puestos de flores silvestres y libros usados. Era un largo camino hasta la marina, donde Antoine me estar\u00eda esperando desde el amanecer. De pronto sent\u00ed un grito a mis espaldas, y al volverme vi nuevamente a Ivis que corr\u00eda en mi direcci\u00f3n, ya no me pareci\u00f3 una mujer fr\u00e1gil. Salt\u00f3 con los brazos abiertos sobre mi cuello y me bes\u00f3 carn\u00edvoramente en los labios. La ciudad enmudeci\u00f3 de repente y el d\u00eda pareci\u00f3 detenerse por un momento. Si se estaba despidiendo de m\u00ed o de Bautista no podr\u00eda asegurarlo.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"right\">\n<p align=\"right\">\n<p align=\"right\">\n<p align=\"right\">\n<p align=\"right\">\n<p align=\"right\">Guillermo.-<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>. EL ADIOS . . &nbsp; &nbsp; &nbsp; Hace unos ocho a\u00f1os me encontraba trabajando en una peque\u00f1a isla. 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