La trillada semántica del infinito, parecido al mar, albergando todas las formas de la dicha: el albardón, el pajonal, el meandro, la boga, el madrejón y hasta una Hydra exiliada de la Atlántida Perdida; o una ballena, equivocada, entrando desde el mar, enamorada del agua dulce, ¿y quién no…?
O el señor de Zama, como cadáver de mono, que está por irse y queda enredado en los palos del puerto, olvidado como su autor o como muchos de nosotros, en un oscuro consulado del virreynato o en el anaquel de una biblioteca, o esas ballenas desorientadas por el Río de la Plata, que no pudiendo volver atrás, por la demora o la deriva, acabaron subyugadas en el aura del sauce de Juan L. Ortíz.
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La eufonía de cualquiera de sus inventarios desemboca en el poema: ni un contable español de la empresa de conquistas y saqueos pudo evitarlo. Con solo la lista de precios del paisaje, queda una epifanía: barranca, orilla, limo, sirga, remanso, furia, sequía, canoa, biguá, porongo, y hasta el puente nuevo y la tecnología, si se los piensa de noche, con su collar de luces, no son sino aquella tiara de los peces de plata que dibujaron los indios guaraníes.
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No hay modo de que el Paraná no sea un poema, el más bello punto de fuga para la raza de los ensoñadores que vivimos cerca de su rumor y su vaivén. Saber que está ahí, tener que echarle un vistazo todos los días, saquearlo, beberlo, contemplarlo, no es sino la visión de la libertad y la infinitud. Y aún odiándolo, por sirenas y ahogados, un día entendemos que la libertad o la dicha, a menudo, se confunden con la impaciencia.
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Los ahogados suelen ser los más atolondrados viajeros hacia ese punto de fuga: el horizonte del río es blando, se mueve, nos lleva más allá de las islas, donde queda el paraíso, pero no el de la metáfora, el entretenimiento o la leyenda; no… lo que hay más allá de las islas es el tiempo: tener el Paraná es lo mismo que llevar la duración serena de la deriva, agua para perderse los fugitivos, estar allá es no estar aquí, y no estar aquí es el comienzo de estar más allá.
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Por todo eso, los que están incendiando las islas, no están quemando un sitio, están terminando con el mundo. Con todo el mundo, pasado, presente y futuro; real, imaginario y simbólico. El fuego les alcanza sus propios pies. Y tampoco lo ven. No es el calor. Es desmonte !
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DOMINGO
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El olor a tostadas
atraviesa el patio
dos piezas, el living
la casa es un pan tibio.
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Sobre todo el domingo
la mañana proyecta el asado
con el hermano que regresa
a …