La escritura es la comunicación llevada a su máxima potencia. La función poética de la escritura como proceso de lectura, transforma información (valores, ideas, subjetividad, sentimientos), en una llamada íntima y personal que convierte a un lector universal en un vínculo personal.
La lectura, así, es una especie de llamado íntimo, un diálogo profundo, una clase de relación humana comparable con los vínculos esenciales de la vida.
Los recursos humanos de un lector, su capital simbólico, imaginario y real, es una lista de cien escritores, casi todos muertos o jamás conocidos personalmente.
Nuestro cariño por ellos, por los libros que amamos, siempre aumenta al saber del caos o la desesperación con que fueron escritos, pero lo que los hace más admirables es cuando el libro consigue superar ese caos y preserva amorosa y fugazmente a su autor del absurdo y el dolor de vivir.
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Pero además, vamos detrás del deseo de esos escritores, es decir, conseguir el deseo que ellos nos provocaron, incluso, para alcanzar la mayor productividad de un lector: escribir. Y aunque esa producción sea modesta o hasta plagiaria, si es honesta, puede alcanzar el resultado justo: entender mejor los textos. O sea, escribir como una relectura, como un modo de comprender mejor lo que se lee.
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Durante la infancia yo creía que Julio Verne o Salgari habían escrito con el solo fin de inspirar mis juegos en la vereda o en la terraza, con los amiguitos del barrio. En la adolescencia pensé que Hesse o Cortázar habían escrito para que yo pudiese madurar, pensar y militar la vida. Ahora, cuando leo a Proust, a Mansfield, a Gallardo o a Duras, sus palabras tienen el mismo valor de sabiduría y afecto que las que tuve con mis padres, con unos pocos amigos, y sobre todo, conmigo mismo, con mi centro, con lo más esencial de mi yo, que sigue escuchando esa llamada y acude.
Es más, hace tiempo que uno de mis mayores problemas es no poder dejar de acudir. Que me llamen todo el tiempo los libros, los textos de otros o los míos y nunca poder dejar de acudir.