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4,20 A.M.
«Un ruido sordo, una implosión casi. Como pinchar un globo, aplaudir una bolsa. Una explosión controlada. Cuerpo. Chapa. Y silencio. Nada. Ni un grito. Ni un gemido. Hay muertes de 7 segundos. El casco, de su codo, tardó menos en llegar al cordón de la farmacia. Unas pocas gotas de sangre. 4 A.M. El conductor del auto llamó a la policía, al Sies, a un abogado. Hasta que llegó la televisión pasaron 4 horas. Ya era de día, apagué las luces del portón y de la terraza que había encendido ni bien escuché el golpe. Cuando me acerqué, los paramédicos ya la habían cubierto, sólo pude verle una mano que salía de una capa plástica y negra. Era una mujer. Empezó a garuar, ni la lluvia tenía manos tan pequeñas, dijo E.E. Cummings y volví a mi casa para hacer la cuenta. ¿Cuántas veces entran 7 segundos en 22 años?
99.113.143 veces.
Si la velocidad de la luz es de 300 mil km. por segundo, la distancia de una vida humana y la muerte, es infinita: la estrella más cercana de la tierra está a cuatro millones de años luz. ¡Qué bello es saber o pensar…! El conocimiento es un alivio en momentos así: el anonadamiento de los números es una apelación a la dulzura, un atajo a la piedad de alguna certeza.
¿Estaría allí, aún, en ese instante? Dejé las luces prendidas de mi casa si acaso ella tenía que orientarse. En 15 segundos podía llegar a la estrella más cercana, y más tarde, cuando yo me cambiara para ir a la Biblioteca, ella ya sería esa claridad velocísima y tenue del poema, esa claridad que al fin se confunde con la claridad».
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Marcelo Scalona