«Al alba, cuando Andrea se alza de la cama para ir al baño, entrevé por las cortinas de su dormitorio, la luz ambarina de una fogata en el monte de Venus más cercano a la casa. Son mil metros la distancia, hay neblina, quizá garúe. Nueve verstas le gustaba decir a Javier en su período ruso bolchevique. Una isleta de tipas, casuarinas, sauces, eucaliptus y algunos pinos perennes, a dos leguas de las casas, dice Laiseca.
Andrea busca los binoculares para cerciorarse, sabe que es Ariana, pero quiere estar segura. Empieza a clarear por las puntas pero no hay sol, es como un crepúsculo de tiempo dislocado, hay manchas azules, grises, unas chispas naranjas y todavía está la luna menguante. No la ve a Ariana pero ve su Mehari rojo estacionado en la linde de los sauces. Su cuñada va dos veces por día al bosquecito y hace unas abluciones o reza o cuenta historias ancestrales de los habladores de Santo Domingo o de los contadores que los curas dominicos escucharon en la Amazonia y repiten como un mantra en medio del canje de la biblia en lengua indígena, algo español, y un poco machiguenga, unidos a sus propias fábulas y mitologías que sirven para hablar con los muertos, o el infinito.
Andrea sigue hasta el baño, y quizá, por la somnolencia, olvida bajar la tapa de madera de la taza del váter y pone sus caderas directamente en el granito helado, aunque después del primer shock gélido, no siente rechazo sino lo contrario, le viene de súbito una fuerte oleada erótica, y más que eso, directamente sexual, en un instante se desorienta con tanto placer físico, orina y al lanzar el flujo caliente el calor del pis estimula su vulva y entonces se toca, abre del todo las piernas sobre el borde de la piedra, levanta la cabeza a la claraboya, donde la luz del día ya es indisimulable y se agita. A un instante de incredulidad sigue su obediencia al deseo. Devota penitente de su cuerpo, sigue al frío y la piedra, los está entibiando con la fricción, un vaivén sobre el borde redondeado de la taza. El borde oblongo tiene el tamaño de un falo enorme y doblado como una boa, pero blanca, es como un miembro erecto, su imaginación lo siente doblarse, vivo e inquieto moviéndose por sus muslos y las nalgas en busca de sus agujeros, los labios de la vagina, el perineo y el ano. Se frota, se levanta el camisón y se acaricia los pechos y en menos de un minuto, aquel acto natural e higiénico, distraído, dormitado, se ha vuelto un volcán de goce. Y entonces gime y grita, no hay nadie en la casa. No hay nadie en el mundo, coger y morir se hace solo, es algo absoluto. Pero coger se repite, morir no. Le parece que ya acabó tres veces antes de limpiarse con el papel sanitario. Se gozó tres veces, sola, sobre una piedra blanca y fría, una losa, igual a la de las lapidas pero que sin embargo, la calentó de súbito con ese espejo mágico de su cabeza, un espejo infiel y maldito, capaz de sentir adentro suyo a Mateo, a Lucas, a Lucrecia sobre una taza Ferrum».
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«Siempre soñarás con unos brazos que te reclaman del pasado y otros que te esperan en el porvenir».
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(EL CAMINO DEL OTOÑO, Marcelo Scalona,
(Ed. Corregidor, 1995. …