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Escribir -9-

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El tiempo de la escritura es subjetivo, limitado a un espacio de deseo frente al vacío. La imagen perfecta es Eladio Linacero en la pieza de pensión de El Pozo (Onetti, 1938). Unas horas que está pensando en nada concreto, haciendo un poco limpieza porque ya ni caminar se puede en esa especie de celda de silencio, buscando curiosidad en algo ajeno, extraño, algún recuerdo sucio en la mayor, una lectura, una noticia. Se irá la mañana en mirar pinturas de Odilon Redon, ideas de Agamben o de Mahler que lloraba cuando componía.

Aburrido, sale a la terraza, piensa si los malvones sobrevivirán a la helada, el gato Nicky parece escarchado, vuelve a leer los perfiles de Andrea Lou y Ariana y como a las doce, el sol ya entibia algo, aparece Pedro el gato siamés a tomar la leche.

Por la ventana a la calle ve pasar peatones, autos, mendigos, comerciantes, todos son mortales, y la mayoría finge que no lo sabe. Escribir es salvar algo de la muerte o del olvido. Todo lo contrario a fingir demencia.

Para escribir hay que esperar. Es la preparación de algo opulento, una comida, una cama en invierno, una llama en el vacío, una fábula que no altere nada del pasado y todo del futuro. Un arte del recorte: se lo vio hacer a su abuelo con los fuegos artificiales, a su modista con la campera rota en el accidente de moto, al jardinero en Pueblo Esther y a su abuela María que debía alimentar siete hijos huérfanos en una tierra baldía y ajena.

Por ahora no tiene más que esto, la preparación de un sitio, la espera, cosas que sospecha, imagina o cree. Desde niño vive así, y ya es casi viejo: es la única esperanza que jamás lo ha traicionado.

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Marcelo.