Recién me dormía en el sofá leyendo «La dama blanca» de Wilkie Collins. Me había preparado un sándwich de queso y una manzana roja como cena pero me daba fiaca levantarme a comerlos. De pronto sonó el timbre de la calle, perentorio, repetido, como una urgencia. No suelo contestar con simpatía a esos llamados dramáticos, odio la interrupción de los vendedores ambulantes, los evangelistas y los mendigos de profesión, Me sale un «qué querés» con un aire de Fogwill, malo, pesado, o peor, miento que me estoy bañando o contestando una encuesta telefónica de Massa, del 2019. Pero el cachorrito me desarmó… Don ¿tiene algo para comer? Hoy no comí nada, don… un pan, algo que le sobre, ¿ya sacó la basura? Usté una vez me regaló un equipo de música, ¿se acuerda? Entonces metí la mano en el bolsillo para terminar rápido el trámite. Un billete. Todavía la relación era sólo por un visillo, un ventiluz del portón, un fleje, nada que le permita al animal meterse. Sólo las manos. Cuando vio ese papel falso de mil de color naranja, dijo no. No, don… algo para comer. Hoy no comí nada. El tono de voz con que lo dijo. Le creí a la fonética. Se le desleía el sonido, se le apagaba la voz como si no le quedara aliento. Fui a la cocina, agarré el sándwich de queso, la manzana, un cartón de leche y unas Óreo que iban a ser para mi nieto. Metí todo en una bolsa y abrí la puerta. El cachorro temblaba, era casi un guiñapo, 15, 16, un milagro que estuviera vivo. Tiznado, olía a mugre rancia, estaba mal entrazado. Le di una manta de lana que había separado para la perra de mis nietos. El mundo es un lugar horrible. Vestir un hombre como se tapa una bestia. No hay manta que pueda cubrir eso, ni calentarlo. Don… yo no quiero plata, quiero algo para comer. Pido comida. Disculpe la molestia y desgarraba el sándwich, la manzana, la leche… todo junto y no alcanzaba. Yo solo pido para comer… sí, le dije. Sí, despacio. Pasá mañana a esta ahora, pero no toqués tan fuerte, yo escucharé. Y nos despedimos.
Cuando volví al sofá, en el libro, el amo ya había engañado a la señora Laura y yo recordé lo que decía el Viejo Onaindía, un puntero radical de Tablada, padrino de los Comegato en los saqueos del 89: ojo cuando la gente pide para comer. Ojo con eso. Pibe, ojo cuando la gente pide para comer…