El bar se lleva casi 20 años de nuestro capital simbólico.
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«El señor de las doce del mediodía acaba de fumar sus diez Philip Morris, bebió su cortado chico, y saludó a Lucrecia -la moza-, con un aire de ensoñación como imagino que haría Chéjov en sus últimos días en el spa de Baden Weiler.
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A mi lado hay tres amigas jóvenes que empezaron a festejar las vacaciones con muchos hidratos de carbono y gaseosas light. Me piden permiso para acercarse a la resolana que me rodea. Claro, digo, y agradecen.
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En la mesa de la izquierda aparece el típico señor gritón que no entiende la diferencia entre el teléfono celular y el megáfono. Nos hace saber que el dólar ya se dispara por encima de los 1.200 y él no pudo comprar bastante.
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Yo escribo, pienso y leo otro libro magnífico de Jesse Ball que me recuerda el estilo y los temas de Ana Dobson. Vine hasta su casa, como si eso pudiera traerla más rápido de su viaje. Leo sus frases en otros libros y entre las flores del jacarandá de calle Urquiza cruza un avión.
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Levanto la vista y en la vereda del bar un brillo de sol reverbera en los adoquines y nos bendice a todos: a las tres amigas que podrían ser “Las tres hermanas” de Chéjov; a Chéjov, que ya no tiene qué fumar pero a algo le sigue sonriendo; a todos los aviones del mundo y a mí, que nunca recuerdo bien dónde dejé la bici.
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¿Dónde iremos a leer? ¿Dónde irán las parejas a seducirse? ¿Dónde iremos a tomar otra copa con el Seba Riestra al final del día? ¿Dónde iremos antes de llegar al CEC o al río? ¿Dónde iremos a editar los libros de los amigos? ¿Dónde iremos a parar cuando ya no nos queden los cafés de las conversaciones literarias? ¿Dónde recibiré ahora a mis amigos que visitan Rosario? ¿Cómo dar fe de que tuvimos un cachito de Viena, de París o de Praga?
Yo he tratado de poner al bar en crónicas y novelas, he querido mantener vivo su sabor, su color ambarino reflejado en la lluvia y los adoquines. Yo llevaré mi Pasaporte a todos mis viajes, pero la decepción será grande cuando al bajar o al subir hacia su veredita azul del jacarandá, la luz esté cegada, la puerta con tablas clausurando el paso de los insomnes, solitarios, enamorados»
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«Estos pantanos nos pertenecen,
son nuestra heredad,
nuestro destino.
No los maldigas joven Laertes,
sobrevive y desespera.
Sabes que morirás aquí,
que justamente
por tus méritos no serás relevado».
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RAÚL GUSTAVO AGUIRRE. -Misión-
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