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El sigilo

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EL SIGILO (2)

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Un aire abstraído, perplejo

la marca de un sobreviviente

o de un subyugado

por una tarea imposible.

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Ahora que se rompió el sortilegio

aparecen cosas mínimas

que ya no recordaba,

y al recobrarlas, advierte

que creía haberlas perdido

para siempre.

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Alguien está al margen

como si se hubiese olvidado

de llevarlo consigo.

Ese sigilo

en lugar de malograrlo

es parte de la distribución de la forma

mediante la que uno

va haciendo lo que puede.

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A menudo, su mirada no mira.

En soledad

las cosas más excéntricas

se vuelven normales.

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La escena tiene lugar

entre sus cuatro y cinco años.

Aprende a leer con su hermano mayor.

Oscar le enseña con libros de Salgari,

de Verne, de Wells

en una habitación de la terraza

un altillo como un sinécdoque

del paraíso de la clase media, baja.

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Entonces pudo distinguir

mayúsculas de minúsculas,

con dificultad reconoció

vocales y consonantes

que conformaron la primera palabra.

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Algunos nombres le fueron familiares:

cohete, caballo, luna, invisible.

Al poco tiempo, su madre

lo subió a un banquito

en la cocina para que les leyera

en voz alta a las tías.

Las tías le dan moneditas

caramelos, besos perfumados.

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Más tarde, cuando alguien recuerde

llevarlo consigo

él pagará su compañía

leyendo en voz alta, a menudo

solo palabras sueltas:

cohete, caballo, invisible, luna

y el resto de los silencios

que distribuye el sigilo.

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Marce.

Montevideo 2015.-