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Bengalas

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«A veces no estoy seguro de qué es lo que me apena. Una sensación de que ya estuve aquí o muy cerca, de que he sufrido en este lugar hace tiempo y de que ahora estoy otra vez en el sitio aspirando el mismo aire de entonces. Días aciagos en que sólo puedo iluminarme con bengalas. Me tiro a mí mismo unos cohetes pequeños entre las piernas, unos fuegos artificiales para darme ánimo: estrellita, buscapié, una candela voladora, y me paso el rato con ese pequeño milagro de asombro y expectación. Mi padre, el Umbi, nos enseñó esa módica plenitud, que él aprendió de su padre, el abuelo Benito que introdujo los fuegos artificiales en la Argentina a fines del siglo XIX. Eso explica la afición de nuestra familia por la pólvora, pero también el delirio por el esplendor fugaz. Quizá también eso explique el furor de Esteban por los chinos, ya que el abuelo Benito fue seis veces a la China entre 1870 y 1880, del modo que viajaba el personaje de Baricco, en Seda, es más, a veces hemos bromeado los tres hermanos con que el libro y el personaje de Hervé Joncour estaba inspirado en nuestro ancestro, aunque parece que el padre del Umbi sí se robó a la Geisha y la llevó a Nápoles. En esa parte de la ensoñación, sube a la noche oscura el dibujo de una libélula: Lí – bé – lú – lá… Liz – ve – luz – allá… deletreaba el abuelo como una nanina, mi abuelo Benito, que trajo la pirotecnia de Nápoles en 1890 y fue seis veces a la China. Descalzos, en la arena de Mar del Plata, yo era un niño, y en una quema por la falla de la Virgen del Carmen, llenábamos las olas y la espuma de peces dibujados con volutas ambarinas en el aire de la noche. Al final, él, ya ciego, miraba sin ver y repetía emocionado y feliz: ¡peces voladores, peces voladores! y antes de que la llama se fundiera en la espuma, de su mano áspera y abierta [donde faltaban algunas falanges], yo aprendí a reconocer el contorno irisado y fugaz del milagro de vivir».
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#marce
Alrededor de la derrota
(work in progress)

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