En 1984, Rosa Pagano, compañera de trabajo en el Juzgado de Instrucción Segunda de Rosario, me cargaba diciendo que yo era parecido a Horacio Usandizaga. Algún rasgo facial sin dudas, pero sobre todo, la tozudez y un carácter difícil, para decirlo con un eufemismo. Dos años después, en 1986, cuando con un grupo de amigos que nos habíamos formado en la acción social juvenil (Diego Panozzo, Ma. Inés Jasienovich, Adolfo Recalde Cuestas, Marité Bulgheroni), pusimos en marcha el Instituto de Técnico en Minoridad y Familia (Zeballos 3300, Rosario, Inst. de Ciencias Humanas), Usandizaga mandó a cursar la carrera a su Secretario de Promoción Social, don Arnoldo Maiorana, y a un grupo de empleados de esa secretaría (a uno de ellos, con alegría, lo sigo viendo hoy en el palacio municipal). Gracias a Arnoldo, años después me contacté con un puntero radical de mi barrio, Tablada, el Viejo Onaindia, con el que nos acercamos a colaborar con la cooperativa de cartoneros “Los Come gato”, de la bajada Ayolas, lugar emblemático de la historia de Rosario, donde Rosa Wernicke escribió “Las Colinas del hambre” y donde Antonio Berni creó a Juanito Laguna. Esa conexión invisible, pero sólida con Horacio Usandizaga me acercó también y entonces a su Secretario de Cultura, Rafael Ielpi, maestro, amigo, un lujo de mi vida, que supo levantar y cimentar un estilo de gestión de cultura y arte que felizmente ha continuado en todas las gestiones de Rosario desde 1983 hasta hoy. Ese hilo rojo, luego me conectó con Pablo Javkin, enorme amigo y compañero, con el que hoy seguimos trabajando juntos. Y acá estoy, desde la broma de Rosa Pagano (todo chiste es verdad al 50 %, Freud), pasando por aquellos años que admiré a Alfonsín y a Usandizaga por añadidura y mi presente, unido sin dudas por un hilo rojo, que también es celeste y blanco. Gracias.