Como todos, estos días leo, pienso y analizo el tema insoslayable de Venezuela, Trump, Maduro, EE.UU. Como todos busco información objetiva, análisis políticos, históricos, geopolíticos, etc. Pero como escritor, siempre pienso en razones particulares, subjetivas, individuales de los protagonistas. Los escritores creemos que al fin y al cabo, el mundo es un dormitorio, una alcoba, una cocina, un baño incluso.
Los escritores vemos la historia general desde ese punto de vista individual (Marcel Schwob), menos sofisticado, no tan histórico ni ideológico. Pensamos en el sujeto personaje de un relato o teatro. Por ejemplo, pienso respecto a Trump, que a menudo lo motiva el resentimiento por no haber ganado el Premio Nóbel, un obvio complejo de superioridad nacional, racial, la venganza primitiva, el machismo incluso, la desesperación por los 12 archivos encriptados del caso Epstein. Diría Alfred Hitchcock, el personaje siempre tiene un secreto para decidir, un Mc Guffin. En el caso de Maduro, su «Rosebud» puede haber sido el extravío de aquel pajarito con el que solía hablar y que lo asesoraba o bien una dislocación temporal de tanto mover el calendario Juliano de las fiestas. O bien, haber creído en el «diarismo mágico» de su prensa, matiz inaugurado por otro caribeño más querible y genial como García Márquez.
La llamada historia grande está hecha a menudo (no siempre) por estos hombres pequeños que dan risa en las novelas, llenos de defectos, taras, rémoras, como unos personajes de Rabelais en un drama de William Shakespeare. Algo como el Ubu rey de Jarry, o el Tartufo de Moliére.
Hay una escena memorable en el film LA VIDA ACUÁTICA DE STEVE ZIZZOU, de Wes Anderson, donde el personaje de BILL MURRAY, el máximo oceanógrafo y biólogo marino del mundo, a cargo de la mayor expedición científica del planeta para dar con el mítico tiburón blanco, interrogado por la prensa sobre los objetivos de dicha empresa única y millonaria, dice: