Hay días que extraño la voz de papá.
¿No les pasa…? No importan cuántos años ya.
Sus murmullos en el contestador telefónico,
sus pequeños bufidos cuando no me encontraba
o un lacónico chau.
Me decía chau y quedaba grabado.
Enojado un poco, apenas…
Rabietas fugaces.
A veces simplemente me silbaba
como si fuera la voz del viento
o la voz de la luna.
Me grababa silbidos.
Podés ser muy adulto y consolidado
pero siempre, siempre
vas a necesitar su opinión sobre algo
y aunque ya supieras qué hacer
o qué te iba a decir,
igual preguntarle o escucharlo,
como en la peli de Ettore Scola:
–Papá, ¿qué hora es…?
.
