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Tess Gallagher – EE.UU 1943
Dejo de escribir el poema
para doblar la ropa. Sin que importe quién vive
y quién muere, sigo siendo una mujer.
Siempre tengo muchas cosas que hacer.
Pongo juntas las mangas de su camisa.
Nada puede detener
nuestra ternura. Volveré
al poema. Volveré a ser
una mujer. Pero por ahora
hay una camisa, una gigantesca
camisa en mis manos, y en alguna parte
una niña pequeña de pie junto a su madre
observando para aprender cómo se hace.
—
El cuarto infinito
Tras haber perdido el futuro con él
ahora estoy en condiciones de amar a aquellos
que no ofrecen futuro cuando el futuro
es la manera en que el corazón se proyecta
en el tiempo. El me dio todo, hasta
el último instante marmóreo,
/y no como un exceso,
sino como si una intención cumplida fuera
un arroyo junto al camino
al que podía acercar mis labios y saciarme
recordando. Así ahora el amor en un cuarto
puede lograr fácilmente que me pierda
como una niña que se apresura por llegar a casa
es la oscuridad, con miedo de que la casa
esté vacía. O sólo con miedo.
Dime otra vez que esto sólo pasará
mientras dure. Quiero ser
frágil y sincera como alguien que extiende
el momento con su muerte intacta,
con el corazón demasiado sabio
limpio del escombro que llamamos esperanza.
Sólo entonces puedo volver a ese último momento
y saber con la salvaje exactitud
de una ventana destrozada lo que quiso decir
ya sin tiempo
cuando dijo “Te amo”.
Ahora ofréceme otra vez
Lo que creías que era nada.
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En el lugar de la tristeza
Tomo una foto del Buda de piedra
que contempla desde su momento eterno
todos los cuerpos erosionados de cientos
de Budas del tamaño de un niño. Hombro contra
/hombro,
dicen algo sobre que no se le ofrece
a la muerte otro camino. Los espíritus
de los que no tienen parientes que los lloren,
/una entidad
que impulsa las lágrimas hacia adentro, de modo
que el rostro sólo muestra la ráfaga,
la implosión del dolor.
A través del rojo estrellado de las hojas de arce:
/un hombre
semi-visible con camisa blanca y corbata negra
alzado a la misma altura del Buda de piedra –uno
en su inmovilidad viviente, el otro más-que-vivo-
da un paso hacia mí
cuando aprieto el disparador
y miro hacia arriba,
como un muerto
a quien le dieran la tarea de demostrar,
con dos piedras idénticas,
la diferencia entre
un espíritu y un cuerpo.
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A la manera de los chinos
Al romper el día un viento norte ha desprendido
la nieve de las ramas del abeto. Ningún disfraz
dura mucho. ¿Creíste que no había viento
bajo tierra? Mi caballo tártaro prefiere
el viento norte. ¿Creíste que un poco
de tiempo y muerte me detendrían?
¿Acaso no me elegiste por la postura terca
de la cabeza, por mis ojos verdes que desanimaban
a charlatanes y vendedores que llamaban a la
puerta?
Dejé marcado un sendero, un círculo ahuevado
alrededor de tu tumba para mantener el calor
mientras te hablo. Soy la única
en el cementerio. Elegiste bien. Nadie
es tan terca como yo, y mi caballo tártaro
prefiere el viento norte.
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Tess Gallagher fue la compañera de Raymond Carver y estos poemas son un contrapunto a los que él publicara como despedida, antes de morir, en 1988 en su libro «Un nuevo camino a la cascada «, Ed. Visor.-