«Al final de la tarde Andrea decide volverse al campo, llegó anoche, domingo, a Maizal, con la idea de quedarse dos o tres días y avanzar en el desguace de la casa familiar, pero apenas pasan unas horas (la tristeza en esa casa sube rápido), llega a un límite, a un tope. Ella ha hecho una marca en la cocina, con un Pelikan rojo 725, como las que hacía el padre, el Umbi, para medirles la estatura de niños. Ahora la tabla de la cocina es para hacer una muesca a cada tristeza. Cuando las marcas llegan al tope, debe irse. Es una orden o una receta. Su psiquiatra del campo, Manuel Fracassi, le ha indicado esa terapia. “Pellikan rojo 725”. Entonces ella quiere irse, salir, volver a tener paisaje, horizonte, unas horas hacia adelante. Hizo un pacto con el médico: puede ir al “museo de cera Pereda”, al tren fantasma familiar, a su tiendita del horror, pero con la medicina de la marca 725. Ni bien alcanza la muesca, debe irse. Hoy lunes le bastaron cinco o seis horas de revolver tantas cosas inútiles. En un momento pensó en dejarles la llave a los “Comegato” y volver en un mes, cuando todo esté vacío, para darle la llave a la inmobiliaria y poner el cartel de venta. Pero duda. Vacila. Parece que hay cosas que la reclaman y el pasado nunca pasa del todo. ¡Qué tenacidad esa máquina de coser Singer de la abuela Luisa! Ella se llama Lou por esa abuela, modista. ¡Qué tara las Penélopes que se demoran como Andrea ahora con estas zonceras! ¿Tejer, coser en la época de Shein y Temu? ¿Acaso el nombre Lou va con la máquina? ¿Se lo debe a la abuela? Deus ex machina piensa y decide, el primer cartonero que pase por la calle se lleva un lote: 3 televisores, dos plasmas y uno analógico, la Singer, el lavarropas, el secarropas, microondas, freezer, dos racks, los muebles del living y un sillón de poltrona. Como es mucho, un cartonero llama a otros y a las dos horas la calle Ayolas parece un festival de cirujeo, un conato de saqueo o aquellas fiestas rave de cumbias de los pobres que organizaba Furlet en los 90. Llega la policía, los gendarmes, prefectura y un grupo Albatros. El fantasma del 89 es fuerte y la situación social es la misma. Pero bueno, piensa Andrea, era eso de regalar todo o dejar abierto el gas o hacer la pira de papeles más grande, con todos los libros de sus hermanos, las contabilidades del narco, de la política, y pegarles fuego. Sería práctico y limpio, cree, pero no sería justo el daño a los vecinos. No sería justo con la memoria de sus padres ni del barrio. Basta de temporadas de incendio, le dijo Fracassi. Eso ya está hablado… Están todos muertos, lo que no supo hasta ahora, no lo va a saber nunca. Javier vive, pero no sabe en qué parte del planeta. Hablan cada tanto por teléfono pero ya no le causa amor ni risa ni gusto su hermano mayor. Hace tiempo que no le cree ni el saludo. Ni le importa. Ella tampoco lo llama. En otra época con la llegada de estos batallones es el primero a quien hubiera acudido. Pero ya no. Es él quien llama, Javier, y siempre con la misma arrogancia que luego deriva a una melancolía cursi y repetida, resultado de la culpa que lo persigue pero que ni siquiera le alcanza para matarse. Y luego está Ariana, que está con ella en el campo y que juró no volver nunca más a Maizal tras la muerte de Esteban. Ariana pidió dos años de licencia en el Hospital Italiano. Ella teme, o sabe quizá, que el espíritu de Esteban todavía está dando vueltas por allí y en esos primeros tiempos desde la muerte aún puede ser un demonio, un ángel negro, que si la encuentra y la reconoce, la lleve con él, o más bien que ella lo lleve a él, o precisamente para eso, a una especie de Hades infinito. Las ondas de voz y las partículas de los cuerpos no desaparecen. No es seguro, es probable, pero quizá pervivan en una sonda de tiempo, y alojarse en algún agujero de gusano y estar viviendo en un recital de poesía en Gualeguay, el año pasado, en octubre dicen, en la Biblioteca Emma Barrandeguy, o remolcando shale gas desde Añelo a Bahía Blanca, en el año 2035, en un camión cisterna Scania Green Efficiency.
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Andrea Lou, en silencio, a veces se ríe de las profecías de su cuñada, otras, la compadece, pero siempre la escucha y asiente o muestra interés, respeto, sin el menor asomo de burla, sino todo lo contrario, sabiendo que una escucha atenta es la primera forma de la ternura.
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Andrea se pone su capote militar, grueso, azul, el largo le pasa las rodillas, es que Mateo Camardo, su dueño, su exnovio, era un poco más alto que ella. Entonces marca el último Pellikan 725 del día y ahora puede irse. Sube a la camioneta, arranca en dirección al río, al Este, baja hasta circunvalación y busca la ruta 9 a Córdoba, la autopista hasta Armstrong, allí tomará la provincial 15, de memoria, y sonreirá al ver los carteles de Vialidad que apenas asoman de las mazorcas anunciando que está prohibido sembrar en las banquinas.
Ya en Córdoba, pasará por Cruz Alta, tomará el camino provincial 6 hacia Los Surgentes, sus hermanos mayores le enseñaron a dar el volantazo allí en la curva larga y mirar siempre el camino de la masacre de los 7 militantes fusilados en ese lugar el 17 de octubre del 76. Más adelante, doblará a la izquierda antes de Inriville y a medianoche entrará en el campo Laiseca, en Camilo Aldao. Abrirá la tranquera con los faros antiniebla, se quitará los guantes de cuero y se echará aliento cálido en las manos, se verá el vapor del frío, debe hacer unos grados bajo cero, piensa y aunque es una noche clara, iluminará por lo más largo la huella terrosa que bordea la siembra y a unos quinientos metros de andar despacio con las luces altas, bajará los vidrios y olerá el perfume del trigo, del sorgo y la cebada (es junio en ese lugar de la pampa), y esperará cómo va llegando de lejos el rumor de los ladridos de sus perros, que, como si supieran. vienen a buscarla gozosos y un poco enojados de que al alba, de ese día, o el de ayer, sin decirles ni un saludo, se haya ido sin ellos y sin saber adónde, aunque los animales presienten que ella, que Andrea Lou, tan brava y fuerte acá en la estancia, va a un sitio lejos y confuso, en otro mundo lleno de gente viva y muerta, pero rara, desconocida, muda, donde ella sufre, donde se pone triste, donde encuentra un tiempo que no puede suturar ni entender ni mentir. Los perros lo saben y por eso la cortejan de este modo, van atrás y adelante del auto, al costado, corren felices, ladran, toda esa noche por otros quinientos metros, hasta que ella detiene la marcha y los sube a la cajuela de la Hilux, con las consiguientes caricias en sus molleras, orejas, lambidas, y, ya de cerca a sus caras, los sonidos de ellos que parecen palabras, que no son ladridos, sino que ahora son fonemas que dicen algo, como si fueran palabras valijas, mitad aullido, mitad ruego, mitad dicha, hasta que al fin se suben todos para seguir hasta las casas. Son siete animales, dos galgos rescatados, un Beagle, dos Golden retriever y dos seis o siete leches, una negra y otro manchado, que saben todo y piden menos. Andrea los sube al coche porque faltan 4 kilómetros para el casco, la casa que fue de los Laiseca, y al que los Pereda, sin embargo, le dejaron el nombre original de la finca: “Los Sorias”.
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«El tumulto en el corazón
sigue haciendo preguntas.
Y luego se detiene y se compromete a responder
en el mismo tono de voz.
Nadie puede notar la diferencia.