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Renata y la infrecuencia

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RENATA Y LA INFRECUENCIA.

La infrecuencia con que sucede lo que esperamos, leyó Renata del libro de William Carlos Williams y lo tiró al piso. Nuestra pieza no tenía parquet, o las tablillas podrían haber sido libros, que al fin y al cabo eran lo que habían sido en los comienzos de la escritura, en Egipto, hace cuatro mil años: tablillas, cuadernas, pequeños palimpsestos de piedra.

Casi nunca sucede lo que esperamos, repitió Renata, y sospeché que lo decía por otra cosa. De lo universal a lo particular pensé. Tampoco con los libros, insistió, ni con los que leemos o los que escribimos y si algo nos define es el no poder, esta especie de vida del intervalo, la angustia de no poder hacer otra cosa más que esperar. Las grandes expectativas. ¿Quién no cree, acaso, que no tiene oculto en sí mismo, aún ahora y adulto, el talento de un pequeño Amadeus de siete?

–Bueno -dije- Yo no me he resignado aún a no escribir otra versión de “El Aleph”. Hay muchos que se conforman con un PDF, pues yo no, claro. ¡Tengo un ego…! Renata se ríe, porque ella me lo dice y lo cree. Y es cierto.

–Es obvio que no podré hacerlo, digo, pero me gusta pensar que no voy a escribirlo sólo porque no me da la gana o me falta tiempo. Talento, es lo que me sobra, es que a veces no me inspiro y además, ¡queremos tanto a Borges!

Después del humor aparece la parte aburrida del maestro ciruela:

–A menudo somos un Pecuchetito de Flaubert perdido en un tiempo irrecobrable de Proust. ¿No te pasa Renata los domingos a las siete de la tarde?

Renata dice que eso es ser esplinático y que ella es así, pero trata de seguir adelante. Ella cree que incluso si tuviera un choque, no se detendría, iría igual, rota y todo a la gran cita de la vida.

Esplinática, dice (?), viene de esplín, melancolía, y no tiene nada que ver con un estornudo a causa del hollín..

-¿Pero existe ese vocablo? –le digo- ¿Esplinático? No te abusés, Renata. ¿No sería melancólico eso? Melancólico es lo mismo y se entiende más fácil.

-No -dice ella-, no Esteban, son cosas distintas. El esplín no es una melancolía del tipo ciclotímico. El esplín es una condición permanente, la certeza adquirida de que hagas lo que hagas, el futuro es humo y decepción. Chejov… –dice equivocada, porque es Turgueniev, pero no la corrijo más porque todavía no estoy despierto y se enoja y me dice que es mi ego, y blá blá blá, aunque en eso tiene razón.

-¿Hiciste el café?- es el momento en que la toco con mi mano en el brazo y eso la enoja.

La toco con el brazo en su brazo como si le empujase el sentido. Justamente a ella, a Renata, que es el ser más racional que conozco y entiende todo. Entonces lava una taza y sigue con su ensayo:

-Tampoco es que somos oscuros o nihilistas, dice. Ni ahí, no vamos con la pose resentida de insultar. No creemos que vaya a suceder lo que esperamos, pero luchamos por todo.

– Renata, lo que esperamos nosotros, no pasará nunca.

– … y a propósito -dijo ella-, ¿por qué llegaste tan tarde vos anoche?

– Encontré un gatito abandonado en las vías del Pasaje Jorgito. Salí de la guardia y fui para el bulevar 27 de febrero (soy médico y tengo una guardia semanal en el Hospital Vilela). ¿Te acordás que hacía meses que buscaba uno?

– La ciudad está infestada de gatos, solamente vos podías no encontrar uno.

– No sé, me habrán gustado los ojos de éste.

– ¿Se los viste de noche, en la vía?

– Después, cuando ya lo tenía en el regazo y llegamos a la esquina de Virasoro, lo puse bajo el farol y me parecieron grises. Y también me di cuenta de que era hembra.

– ¿Es gata?

– Sí, Cecilia le voy a poner.

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En “La Calle de las Camelias”, uno de nuestros libros favoritos, de Mercé Rodoreda, el señor Jaime encuentra a la niña en la calle de las Camelias y la llama Cecilia. Es lo que estábamos leyendo el domingo a la tarde, un fragmento al final de un libro y la misma gata abandonada que se llamará Cecilia.

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No hay mucho más en la escena: un abrazo cucharita, una copa de merlot. Una copa para los dos, porque ya no quedaba más que un culIto y un beso de mitad de boca abierta, con los labios pegados, sin lengua. Y después de que ya ha pasado media hora, con la luz apagada y yo mismo me he escuchado roncar más de dos veces, a oscuras, y quién sabe a qué hora, Renata todavía se da vuelta en la cama (nunca sabe si estoy despierto o soñando), me da un codazo sin disimulo y me pregunta:

– Esteban… ¿de qué novela era ese pasaje?

– La Plaza del Diamante -se lo digo mal, a propósito-.

– Burro, era La Calle de las Camelias.

Y entonces sí, nos dormimos.

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Marcelo.