La vida está hecha a golpes de pequeñas soledades, leves desamparos o abandonos en sordina, no es un desprecio ni un ataque, es como un pequeño olvido, una indiferencia, una incomprensión sorda, muda, que nos ubica en el extrañamiento de las personas que tratamos: trabajo, oficios, vínculos.
Algo que me sucede mucho es esto: yo suelo asombrarme, incluso deslumbrarme con cosas que casi nadie comparte, y que incluso, nadie o muy pocos comprenden. Eso no me hace mejor que nadie. No es por ahí. Me refiero a la herida de la pequeña soledad en la que queda el incomprendido. Un leve mal de sí. Por ejemplo, mi devoción por Barthes, por objetos antiguos, el repeat sin límite con Bill Evans, los poetas bolivianos, una foto de Martín Adam, con su firma en un libro original de editorial Ausonia, un echarpe que encontré olvidado en Pasaporte, la voz de Fabricio en el contestador telefónico, las cartas de amor que escribí a pedido, la sonata Septiembre de Fanny Mendeelsohn, algunas dedicatorias de libros, la gratitud de Alberto, el cartonero que rellena con tierra mi cantero de la vereda, o el día que conocí a Zaspe y Pérez Esquivel en Santa Fe, en dictadura. No sé quién es Bad Bunny, creía que era el conejo, ni tampoco escucho a Lali, ni vi pelis (?) de la China, salvo la del súper de enfrente de mi casa, ni tampoco sé qué significan los tatuajes ni por qué la gente se los hace.
A veces prefiero olvidar mis deslumbramientos o guardarme esos pequeños milagros de expectación que me hacen el día. A lo sumo, los expongo en un pequeño teatro íntimo, secreto, en voz baja o sólo en el pensamiento. Estos días estoy asombrado con Leticia, mi compañera de trabajo en la Biblioteca, del equipo de limpieza. El otro día eran las dos de la tarde y anoté en mi diario: son las dos de la tarde, me voy a casa, miré el reloj y pensé que hoy ya no veré a Leticia. Hasta mañana Leti, chau… pero ella no contesta. No oye. No puede. Todo lo que me cautiva de ella y la compone es una suma de desgracias personales, físicas, cognitivas, sociales. Ella tiene como el colmo de los golpes de soledad. Pero nunca los diría. Preferiría no hacerlo, no sé si les suena.
Yo tengo también como Pahmuk mi propio museo de la inocencia. Cerrado de lunes a lunes, de 0 a 24. Los pequeños golpes de soledad me quitan el ánimo. Pero éste no es el caso.
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CONTRAVIENTO
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