LAS HORAS. . Fue la primera vez que me puse corbata. De mi padre. Tenía un saco del Sagrado pero corbata no. Me la puse porque era una fiesta importante, quince años, comunión, compromiso. Eso no recuerdo bien. Entonces, no sabíamos en qué se iban las horas cuando estábamos juntos. Sí recuerdo que éramos inseparables de un olor a silencio que tenían las palabras. Qué decir para enojarse, y extrañarse los lunes, tu hamaca vacía en la plaza una semana, perdonarse los viernes y unos besos atropellados de dientes y saliva como reconciliación. El verano era como un año cuando estábamos juntos, los viernes eran tres jueves, una enfermedad como un mes tibio y pálido, inseparables como una fe o como el sueño de dos hermanitos: las tardes de infancia: las horas, jugando a no saber en lo oscuro cómo llamar al beso de mejilla o de lengua y si quedaban marcas. Las caricias, y el nombre de cada parte del cuerpo y volver a casa tomados de la mano, no existía eso que hoy llaman inseguridad, pero sí los juramentos: ella me ajustó el nudo de la corbata al cuello y me dijo que esa noche yo estaba muy lindo, elegante, dijo, como para ir a la radio. Y antes de meterse adentro, solía gritarme: vos, fan tuyo, o de mí. De mí o de vos, de nadie más. . #Marce
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«¿Qué podrá ser esto de tener coraje y estar inseguro,
de dónde viene esta adolescencia
que araña y gruñe y sigue envejeciendo?….
Lo cierto es que nadie puede …