Un taller literario tiene algo de taller metalúrgico (Fabián Casas, el ruido), de taller de canto (Rosario Bléfari), de taller textil (Leónidas Lamborghini), de peluquería de barrio (Hebe Uhart), de taller de compostura de muñecas (Arlt), de taller de juguetes (Cortázar), de taller de locos (Pizarnik, Poe), de taller de sí mismo (Woolf), de taller de memoria (Yourcenar), y también una casa de papel como la de Borges o la de Carlos María Domínguez. Taller de ventas de garaje (Carver) o de sexo (Anaís Nin), o de cata de vinos (Bukowski) o de chicas malas tomando el té (Gorodischer), o de tiendita del horror (Enríquez) y muchas veces, también, se parece a un gimnasio donde se aprende a poner el cuerpo (Walsh) o a jugar al radioteatro (Puig).
Lo único esencial es que EL TALLER LITERARIO esté en una calle torcida, inclinada, porque la belleza o el sentido son formas de la anomalía, de lo extraño, de lo impreciso, de lo incompleto.
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TALLER DE LA CALLE INCLINADA. Rosario. desde el año 2000
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«Yo tenía cinco años. La maestra escribió en la pizarra: «Todos los hombres son mortales». Sentí un enorme alivio, un gran regocijo.Esa tarde, cuando salí …