Vestida
La recuerdo recostada sobre una cama alta. El pelo sobre la cara, los brazos estirados hacia adelante y el resto del cuerpo como tironeado desde arriba. Una cinta negra le dividía la cola en dos gajos brillantes. Alguien la adulaba sin parar, no me acuerdo bien quién era, seguro que era un macho suyo.
Cada vez que contraía o aflojaba un músculo las cinco o seis personas que estaban ahí se movían levemente, suspiraban y murmuraban cosas inentendibles para mí. Me acuerdo de esas piernas largas y suaves y no puedo creer que hoy me calienten como si fueran de una mina cualquiera.
Ella se mostraba siempre con una nitidez insoportable y en aquel momento me daba mucho asco. Sus vellos, sus pezones tan negros, el sudor agrio que le sentía cuando me acercaba eran repulsivos para mí. Lo peor era verla besar a esos tipos monumentales y lascivos. Miraba fijo la saliva que se perdía entre las bocas con un gesto de asco tan pronunciado que, después, ella terminaba preguntándome qué me pasaba que tenía esa cara.
Me dejaban sentado en algún lugar y siempre venía alguien a conversar conmigo, a acariciarme la cabeza haciéndose el bueno, y después se iban a estar con ella, a franelearla un poco.
Ahora la recuerdo dándose vuelta muy despacio. Mostraba sus tetas desnudas y yo me tenía que esconder entre las manos de la vergüenza que tenía. Un infeliz que trabajaba de asistente me decía siempre: “mirá, mirá, pibe, ¿dónde vas a ver una mina así a tu edá?; aprovechá”. Una vez me hizo llorar y terminó a las piñas con otro que andaba por ahí y se me quería hacer el padre. La calentura no los dejaba pensar.
Cuando terminaba le acercaban una bata y ella se iba a cambiar a otro cuarto, nunca se cambiaba delante de la gente. Al rato volvía, me levantaba en el aire y me daba un beso. Yo no podía abrazarla hasta que no estaba totalmente vestida. Después nos íbamos casi siempre solos. Comíamos una pizza en algún bar de Pellegrini, charlando y riéndonos mucho. Ella decía que yo era su Cachorrito. Cuando me daba sueño me tiraba sobre dos sillas y recién amanecía al otro día, en nuestra casa de techo a dos aguas y patio adelante. Y me gustaba más así, vestida.
—————————-
GABRIELA GERVASONI.-
