Witold Gombrowicz
Polonia, 1904-1965, vivio´ 24 años en Argentina
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G. –Cuando escribo, tengo una tendencia a las ritualizaciones que se realiza, sobre todo, por medio de las repeticiones. En Ferdydurke, las partes del cuerpo, por ejemplo, se repiten siempre con una cierta obsesión. En mí la obsesión es casi siempre de orden mitológico. ¿De dónde viene la mitología? Tengo la sensación de una cosa superior, interhumana, que se crea entre los hombres, y que se le impone al hombre de forma a veces sorprendente, como un shock… una fuerza motriz. Pues bien, esa fuerza, esa fuerza interhumana es, para mí, lo divino. Esto es lo que se manifiesta en mí como lo divino, y lo hace de una forma oscura y a través de elementos formales que, casi siempre, se imponen por la obsesión, por la repetición. Así pues, también en mi mundo hay un elemento muy importante, como se ve en Cosmos. Por ejemplo, yo miro esta mesa y me fijo, pongamos, en el cenicero. Si me he fijado sólo una vez no pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y me fijo otra vez en él, entonces me pregunto por qué me he fijado en este cenicero. Cuando me planteo esta cuestión, el cenicero es un objeto más importante que todos los demás. Y vuelvo una tercera vez al cenicero, y luego puede imponerse por cuarta vez, de tal forma que, de golpe, se convierte en un objeto decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia, completamente habitual al principio, se llega a dar una importancia terrible a una cosa que, en realidad, no tiene aspecto de ser importante. Así es como esta emboscada de la conciencia tiene, textualmente, una gran importancia en mis libros. Yo empiezo un libro, y digamos que, de repente, una mesa, escribo sobre una mesa… refiriéndome a una mesa, ¿comprende? Pero tal vez esa mesa vuelva a salir en la página siguiente. Si sale de nuevo me veo obligado a mencionarla otra vez. Y así, de golpe, toda la historia se concentra en torno de esa mesa. Al principio, cuando escribo, todos los elementos son más o menos iguales. Pero luego uno de ellos comienza a cobrar fuerza y, cuanto más fuerte se hace, tiene todas las probabilidades de llegar a ser aún más fuerte. Y eso es lo que se describe en Cosmos, por ejemplo, donde las cosas se organizan así. Usted mira la lluvia, luego observa otra lluvia, pero ya que ha visto ante una, esta lluvia le parece más significativa, etc. Llega hasta cinco o seis lluvias, y entonces eso aumenta y estalla. Pero como soy un ateo, lo divino, por así decir, no me preocupa, no me interesa. Son cosas que ocurren un poco a pesar mío. En el plano formal más que en el espiritual,
S. –Esa costumbre, ¿corresponde a su comportamiento habitual?
G. –Sí, me sucede con frecuencia. Observo… por ejemplo, doy un paseo… Observo un árbol. Cuando ya lo he observado una vez, vuelvo a este árbol, y se hace más fuerte que los demás. Es algo que se organiza, pero creo que a todo el mundo le pasa lo mismo.
S. –Bien, ahora quisiera volver atrás. Corríjame si me equivoco, cosa muy probable. Tengo la impresión de que su experiencia en Argentina ha sido una especie de descenso a los infiernos, una salida del cosmos. Por así decirlo, como los astronautas que dejan la Tierra.
G. –Pues no, porque primero debía preocuparme del dinero para vivir; siempre tuve preocupaciones de orden económico, pero luego pensé “ya veremos qué pasa”, ¿comprende? Por supuesto, junto a eso estaba además mi verdadera realidad, que era una realidad un poco fantástica.
S. -¿Era un sentimiento de ser anónimo, de ser divino?
G. –Habiendo perdido mi rango social, mi familia, mis costumbres, habiendo encontrado el anonimato, me sentía diez veces mejor, me sentía liberado. En Polonia pertenecía a la clase superior, y en Polonia, país anacrónico y pobre, todas estas cosas tenían un aspecto algo grotesco. Y eso me cansaba. Por ejemplo, había una diferencia tan grande entre el pueblo, que era analfabeto, y los señores, con sus lujos y comodidades, que era mucho más chocante que en Francia, por ejemplo. De manera que en Polonia me sentía mal en la forma. Y sentía también que esa forma nuestra es ridícula, mala, sospechosa.
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Conversaciones con Piero Sanabria
Ed. ANAGRAMA
