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Casita de naipes – Mayra Rodríguez


Celina sale con un hombre correcto. Guillermo tiene un sueldo aceptable, trabaja de 8 a 15 y la lleva a cenar. Celina organiza su vida y la de los demás de una manera perversa. Logra, de este modo, una vida segura y reducir su mayor riesgo, a un pollo quemado en el horno.

Roxana es prima de Celina. Sale con algunos chicos sin involucrarse demasiado con uno solo.  Tiene un sueldo aceptable y desorganiza su vida de una manera tal, que un pollo bien cocinado sea un logro casual.

De niñas, se encontraban cada domingo en la casa en que vivían los abuelos en el campo. Cuando se enojaban, Roxana elegía abandonar el campo de batalla y desaparecía. Caminaba hasta la punta del camino, y pasaba largas horas amontonando las piñas caídas. Tenía la absurda intención de preocupar a los grandes. Cuando tenía hambre, regresaba y recibía el reto de los adultos ya influenciados por la versión de Celina. Estas primas funcionaban en ese círculo de autoridad, rebeldía y sumisión. Hay parejas que funcionan así. Las familias funcionan así. El mundo funciona así.

Como es natural, con la muerte del abuelo, no fue necesario mantener los lazos que unían las vidas de Celina y Roxana. Pero la familia es como un frasco de miel, cuando la cuchara está cargada con sólo lo que necesitás, persiste ese hilo de miel que te une al frasco.

Roxana estaba bajo la ducha,  en la cúspide de la espuma, cuando sonó el teléfono. Podría ser el chico del sábado. Refregó sus ojos, se envolvió con la toalla y dejó el rastro de gotas hacia el living. Si bien la llamada de Celina hubiese sido inoportuna, aún estando ella sentada, a medio metro del teléfono, sin estar haciendo nada, lo más inoportuno fue el anuncio.

–          Hola – dijo agitada, mientras miraba las gotas en el piso.

–          ¿Ey… dónde estabas que no atendías?

–          Me estaba bañando. – no disimuló el desencanto por el interlocutor.

–          Bueno, te llamo porque tengo una sorpresa para darte. ¡Adiviná!

–          ¿Te casás?

–          ¡Siiiiiiiiii! Al final decidimos la fecha para septiembre, con la primavera, ¿no es romántico?

–          Si… sí. – fingió Roxana

No fue difícil el acertijo. Celina siempre se preocupó en cumplir con todo lo que hace una chica bien. Tener a lo sumo tres novios. Romper con el adolescente al entrar a la facultad. Vivir un romance con otro estudiante. Ponerse en serio a mediados de la carrera. Presentarlo a los padres a los seis meses. Llevarlo a reuniones, cumpleaños y velorios. Casarse una vez terminada la carrera.

–    Bueno, entonces me tengo que comprar un vestido… ¿con fiesta y todo?

–          ¡Claro! Va a ser en el Club Social, ya reservé. El primer sábado. Bueno, contame de vos ¿alguien?

–          Una historia vieja… no sé si da para más…conociendo gente.

–          Ya sabes que si venís con alguien, me avisás y listo. Me tengo que ir a ver a la modista. ¡Nos vemos!

Roxana terminó de ducharse y secó las gotas del piso para que no quedasen las marcas. Pasó por el espejo del pasillo desnuda, con la toalla envolviendo la cabeza. Respiró hondo y se presionó el abdomen con ambas palmas. Simuló caminar en tacos altos. Cuando soltó, se convenció de retomar el gimnasio.

Si por lo menos hubiese podido sostener esa relación hasta septiembre. Evitaría la mesa de solteras. Las sonrisas nerviosas de las otras, las preguntas difíciles. Una vez, dejó muda a una tía cuando le preguntó cuál era la razón de su soltería. Ella respondió muy natural: porque en mis ratos libres desplumo pájaros, les pincho los ojos y los dejo volar, desnudos y ciegos. Acentuó esas dos últimas palabras. Desnudos y ciegos.

Hacía ya  tiempo que iba a los casamientos como ir a un trabajo. Los solteros tienen la difícil tarea de animar la fiesta. Las chicas son las primeras que salen a hacer la ronda.

Llamó a su amigo gay para ver que probabilidades había de que la acompañe al acontecimiento. Imposible: fiesta electrónica en Buenos Aires.

Decidió salir esa noche. Estaba cansada. Pero era viernes, de una semana complicada y después del llamado de su prima sintió, como otras veces, que el tiempo empezaba a empujar. Se comunicó con tres amigas, recién la tercera, finalmente aceptó tomar algo por ahí.

Pasó las manos por las pantorrillas. Resolvió no depilarse como método anticonceptivo. Mientras cepillaba los dientes, lanzó tres vestidos del placard a la cama. Eligió uno azul con un escote generoso. Lo suficientemente generoso  para inclinar la mirada y lo adecuadamente restringido para censurar la mano.

En el primer bar tomaron una cerveza negra. La media de edad era seis o siete años menos que los de ellas. La música muy alta las terminó echando. En el segundo bar pidieron  un Fernet con Coca. Se fueron cuando un par de hombres a dos mesas, las invitaron con un champan. El club de los divorciados, así los llamaron ellas.

Terminaron en un lugar donde además se podía bailar, tomar algo, gritar, fumar y parecía el más apropiado. Aunque el alcohol, a esa altura, bien actuaba como bálsamo.

Roxana observaba  a los hombres. Para su pesar, eran más altos, más gordos, más pelados, más flacos, más tontos que Andrés. Es que el problema, concluyó, era que Andrés no estaba ahí. Tampoco iba a estar.

No frecuenta esos lugares. Intentar pasarla bien no está en los planes de Andrés. Roxana cumplió su rol de heroína el mayor tiempo que pudo. Gritar desde la luz a esa grieta en que se encontraba, aliviar ese dolor y liarse a su tristeza  como una meta en la vida. . Pero como  había advertido su amiga psicóloga, el depresivo es ingrato. Insatisfecho.

Y siempre cuando se iba, ella escuchaba con los ojos cerrados, como se paraba y subía el cierre del pantalón. Sonaba la hebilla del cinturón y algunas llaves. Se sentaba en la cama y antes de ponerse los zapatos, la miraba por encima de su hombro. O era lo que quería creer, que él antes de irse, la miraba mientras ella fingía dormir.

Roxana siguió brindando con su amiga y con Estela. Así la llamaban, vamos a hacernos tortilleras, démosle un beso a Estelita. Y se prendían del pico de una Stela Artois. Pudo ver atrás de una columna, un chico de la contextura de Guillermo, como se abalanzaba en el cuello de una rubia. Cuando su prima Celina le presentó a Guillermo pensó que era un hombre atractivo, robusto y serio. Cuando lo vio comer lo imaginó en la cama. Le habían pasado la información de que un hombre come como coge. Guillermo no parecía disfrutar del plato más bien comía para saciarse. Se concentró en su boca. Chupaba el tenedor y después con la lengua limpiaba el labio superior. Una lengua rápida como un látigo precoz, asomaba en cada bocado.

Ahora atrás de la columna, ese hombre pasaba esa lengua látigo por el cuello de una rubia, que entre risas, consentía y no. Consentía y no. Ese hombre, con la contextura, con la lengua  y con el estilo de Guillermo, era Guillermo. Roxana quedó inmóvil con la botella de cerveza en la mano. Miró a su amiga y levantando las cejas señaló a Guillermo.

–          El novio de mi prima

–          ¿La que se casa?

–          Aja…

–          Se está despidiendo de su soltería.

–          No parece una despedida, parece una costumbre.

La rubia termina por consentir y se deja llevar por Guillermo que la toma desde el codo. Roxana queda estaqueada en dos sentimientos que la confunden. Por un lado, el talón de Aquiles de la vida perfecta de Celina la sume en regocijo.  Por otro, ratificar que su confianza se convierte en una casita de naipes.

Guillermo da media vuelta y la ve, en el desorden solo atina a cruzar su índice sobre su boca, penosa mueca de enfermera de hospital. Roxana no realiza ningún gesto.

En el auto, el aliento reza que no interceda alcoholemia y ambas tararean “Es duro olvidarse de vos… en este trampolín de rocas…igual me quedo con tu boca…”

 

Roxana esquiva la despedida de soltera de Celina, inventando una bronquitis. Enumera en su cabeza los hechos bochornosos que evita. Usar vincha con antenitas de corazones. Ver a su prima disfrazada de mucama. Escuchar a un travesti malhablado. Miente y tose al teléfono. Corta.

Vuelve a marcar. La A de Andrés interfiere en la lista de contactos, y en su mente, pero llama a Diego, que nunca falla.  Diego la desancla de las noches perdidas. Cuando se va, el sonido a llaves tiene un gusto agridulce. Quiere que se quede por esa noche, pero calla. Se levanta, se pone el vestido para bajar a abrir la puerta principal. Atribuye a la pereza ese estado de malhumor que  reclama Diego. Vuelve a la cama revuelta y piensa en Celina, y qué daría por dormir, aunque sea un tiempo,  en esa casita de naipes.

Es primavera y las horas de gimnasio fueron efectivas. Roxana luce un vestido largo con un escote generoso. Tiene flores color naranja y un vuelo con estela. Lo ve a Guillermo retraído en el altar.  La mira en el momento  en que el cura pregunta si alguien se interpone. ¡Qué ridículo! Piensa Roxana. ¿Qué cree? Que ella va a salir gritando en pos de su prima. ¡Paren todo! ¡Corten la boda! ¡Vi a Guillermo con una rubia! Imagina la escena y ríe. 

Después de la tirada de  arroz, como se acostumbra, Roxana se acerca a saludar a Celina. Celina levanta el ramo como una copa de triunfo.

–          ¿Y vos para cuándo?

–          Creo que nunca. – y arruga la nariz en una falsa sonrisa.

–          ¿Por qué decís eso? – exclama Celina horrorizada.  Los otros invitados separan a las primas por la inercia  de los saludos.

–          Porque ya me di cuenta…- dice Roxana para sí misma.

Después del postre ponen la música alta. Roxana camina tímida sobre los tacos nuevos. Las solteras son  equilibristas inexpertas que se codean unas a otras hasta llegar a la pista. Aplauden. ¡Cómo aplauden! Sonríen, incrédulas del ritmo, para contagiar felicidad. Se suman los muchachos saltando. Levantan a los novios en los hombros y los tiran hacia arriba. Después la cinta de la torta y el lanzamiento del ramo. Por suerte, la pasada de la liga ya no está de moda, piensa Roxana.

Mayra Rodríguez