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JOSÉ SARAMAGO .-

 

 


Venden los dioses lo que dan   

                                                                    venden los dioses lo que dan… F. Pessoa

 
Lo mejor de esta crónica va a ser el título, que, por otra parte, como todo el mundo sabe, no es mío. Es de Fernando Pessoa. Pero por si hay aún por ahí alguien que no sabe quien es Fernando Pessoa, le diré que fue un poeta que sabía mucho de esas cosas de dioses y de los negocios que ellos hacen.  Sabía tanto que tuvo que inventar dentro de sí otras personas que le ayudaran a soportar la carga y el peso de la sabiduría. Y ni siquiera así pudo vivir en paz.
Mucho de lo que se escribe no pasa de glosas a lo ya dicho, de modo que esta crónica es tambien una glosa, escrita en medio tono, de un verso que de ella no precisa. Pero las circunstancias pueden más que las voluntades, y ahora no tengo voluntad bastante para resistir a la obsesión de este verso: «Venden los dioses lo que dan». Y para que la crónica no sea totalmente gratuita, imagino un lector ingenuo, de esos que no van más allá del entendimiento literal de los textos, y que, por eso mismo, no consiguen entender cómo y por qué es vendida una cosa dada. Por otra parte, si dejamos de lado estas altas caballerías poéticas, hasta viene la equivalencia en un refranero de esos que venden en las ferias a tres un duro. Dice el pueblo (o decía) que “cuando la limosna es grande, el pobre desconfía».
Simplemente, aquí se desencuentran el pueblo y el poeta. Y resulta que éste, al final, no desconfía. Recibe de manos de los dioses lo que los dioses le van dando, y lo recibe como un triunfador, mostrando a todo el mundo los benévolos dones de que le han colmado. Hasta que llega el día en que le pasan la factura. Y como en este negocio no se comprometen dineros, ni los dioses aceptan este pago, paga el poeta con el alma, única riqueza que tiene, y la única que los dioses aceptan como moneda adecuada. Para eso mismo hicieron el negocio. Entonces, el poeta (no es forzoso que lo sea: basta que se trate de hombre a quien los dioses hayan elegido, y ellos ya saben a quien eligen) deja caer los brazos, descubre el fraude y murmura ”Venden los dioses lo que dan”.
¿Y qué venden los dioses, dando? Todo cuanto exalta al hombre, todo lo que lo engrandece. Venden La inteligencia aguda, venden la sensibilidad exacerbada, venden la lucidez implacable, venden el amor apasionado. Y esto, que son caminos de perfeccion (de gloria, en el más alto sentido de la palabra) se vuelve, de repente, un infierno en la tierra. Los dioses rodean de murallas a la víctima elegida y en esa arena del sacrificio la dejan sola. Es la soledad: el mayor espectáculo del mundo. Se sientan los dioses en las gradas y disfrutan. No entran leones en ese circo — ¡y ojalá entrasen!-. No nay combates de gladiadores — ¡y ojalá los hubiera! Los dioses son apreciadores expertos, y saben que esas trivialidades nada añadirían al plato fuerte del menú: la lucha del hombre para conservar su alma.
¿Cómo acaba el espectáculo? Siempre igual. Anduvo el alma por las gradas, pasó de mano mano, le dieron la vuelta una y otra vez, los dioses se indicaron unos a otros las heridas sangrientas, las viejas cicatrices. Entretanto, en medio de la arena, el hombre es un ovillo informe. Saciados los dioses, con gesto desdeñoso, le devuelven el alma y se van del circo. Van en busca de otra víctima. Laboriosamente, difícilmente, el hombre reintegra en sí el andrajo que le han devuelto. Es lo más precioso que tiene. Ahora que está desnudo, sabe que no tiene otra riqueza. Echa abajo, como puede, la muralla con que lo cercaron, y sale a campo abierto. Los dioses se alejan riendo y conversando. En el fondo, no tienen la culpa: es que son así.
El hombre se endereza e intenta respirar. Da lo primeros pasos. Y como quien se conjura a sí mismo va diciendo: “Venden los dioses lo que dan”. Hagamos votos para que no lo olvide. ¿Pero sería hombre si no olvidara?
José Saramago