EL FUNERAL
Ahí al borde de la alcantarilla la vi. Pegada al cordón, sobre la calle. Sola. Eran las ocho de la mañana y yo venía de comprar el pan. El sol todavía estaba atrapado en las azoteas de los altos edificios. Una pequeña brisa le había amontonado unas hojas amarillas sobre el talón. Un perro somnoliento acababa de orinarle casi encima para después recostarse contra el poste de la luz y mirarla. Una paloma le camina tranquila alrededor mientras picotea algo sobre el piso. A mitad de cuadra un hombre vestido de verde con un escobillón en la mano, se apoya sobre el carro, también de color verde, prende un cigarrillo, saca el celular y se pone a hablar. Sobre el cordón de enfrente, un coche abandonado, al que le faltan las ruedas y alguna puerta, duerme indiferente.
Que triste y pobre cortejo para un funeral, pienso.
La soledad es lo más aterrador de todo. Revoloteamos por la vida como hojas al viento y nadie sabe ni le importa donde caemos definitivamente.
¿Qué hacía ahí como una solterona patética, que ha perdido la belleza y la frescura de la juventud? Ya no había nada agradable en sus facciones. La lengua dura y seca me apuntaba como acusándome. Sus ojos abiertos y opacos me miraban duros, vacíos.
Otras veredas habrá caminado temblando cuando acompañaba a esa mujer, o corrido por aquellos arrabales disparando de la policía, o suspendida en el aire, llena de pasto y tierra mientras a puro diente se trenzaba con otras, por el amor casquivano de una pelota.
¿Se habrá dormido al lado de un árbol de navidad, soñando con el regalo esquivo y miserable de algún rey mago? Seguro que debe haber estado cuando se izaba o arriaba la bandera en algún patio de escuela. Y cuanto sufrimiento habrá soportado entre los dientes juguetones de los perros, o cruzando una calle a las dos de la tarde de ese verano, y los fríos del galpón del fondo. O arrojada al patio de atrás, o a los rincones. Pero siempre acompañada, y ahora ni siquiera le daban la oportunidad de enterrarlas juntas.
¿Qué poder oscuro habrá decretado tan triste separación, tan malvado desgarramiento?
El perro empieza a levantarse y camina en dirección al hombre de verde, la paloma levanta un vuelo pesado, perezoso, el auto sigue durmiendo. El hombre de verde ha guardado el celular y apaga el cigarrillo, abre la tapa del carro, acomoda la pala, apoya el escobillón sobre la cuneta y empieza a barrer nuevamente, me mira con desconfianza. Todavía me falta comprar el diario pienso, me apuro, el puesto está acá a la vuelta, me voy. Nunca me gustó quedarme para ver cerrar el ataúd.
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Osvaldo A. FARIAS
Abril 2011
