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MAXI RENDO: Carta de amor.-

María:

Siempre supe que no te merecía. Por eso, quizás, siempre fui mejor que vos.

Imaginé que la vida seguiría aun sin vos. Sin nosotros, quiero decir.

Lo que no supuse es que su ritmo vertiginoso me sugiriera el pánico. De haberlo sabido, incluso, no hubiera permitido que me dejaras.

Con contarte (escribirte) que el mozo de la otra cuadra de mi trabajo cambió la melodía de su silbido. Parece a propósito. ¿Te acordás de él? Te lo he nombrado. Desde que lo conozco, hace cuatro años ya, silba lo mismo. Un tango. Cafetín de Buenos Aires. ¿Y te acordás qué parte era la que silbaba? Porque para peor ni siquiera que la silbaba entera. Era la que decía: “Como olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires…” agregaba un silencio como jugando con el deseo de un supuesto público y luego más fuerte finalizaba con “si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja” y seguía barriendo la vereda el atorrante.

Ahora lo cambió.

Parece a propósito, yo que me doy el gusto de considerarme inteligente y como consecuencia elijo no creer en el destino.

Por “Canción desesperada” la cambió. Y si fuera poco, silba el fragmento de “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?” espera expectante y termina con “¿Dónde estaba el sol que no te vio?”

Ahora te pido un favor. Si alguna vez tenés la oportunidad, cuando tengas tiempo, no digo… que tenga que ser ya. ¿Podrías pasar a responderle?

Ya está avisado, le dije que va a pasar una mujer hermosa que probablemente nunca vaya a olvidar.

Le advertí, además, que es una persona especial, mejor que muchas otras. Le dije que no se ilusione, de todas maneras, que no la merece.

Vos pasá, respondéle, que él me avisa

 

                                                        Enrique