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Matías Magliano – Fuga en luz

Ni la luna. La noche jugaba con los párpados. Abrirlos, cerrarlos, abrirlos. Cerrarlos, abrirlos, volver a cerrarlos. Daba igual. Afuera, estrellas desordenadas marcarían la diferencia. Adentro, sin nadie capaz de mover el interruptor, daba igual. On, off, on. Off, on, definitivamente off.

      La ausencia del sonido. La presencia total del silencio jugaba con la música de la vida: inhalar profundo, exhalar despacio. Mi menor profundo, Sol sostenido, suave. Opus constante.

     Por debajo de la puerta. Lento. Acompañando quizás al viento, se presenta quizás una luciérnaga, quizás tres. Aun sin nadie, llaman la atención de todos con tanta luz propia en la oscuridad. Se empieza a notar la diferencia del pestañeo, los ojos ya no quieren cerrarse nunca más.

     No se puede diferenciar el techo del piso, todo es la nada. Los tres puntos de luz dan vueltas, hacen figuras, recorren un ocho desordenado.

     Mientras dos esperan silenciosas, la tercera lentamente se acerca, va creciendo. La luz interna se agranda. Se agranda más. Se mezcla en una figura humana un brillo interior que define blancas zapatillas de punta satén, y unas largas piernas cubiertas por unas medias blancas que se pierden tapadas por un tutú negro opaco también iluminado. La piel del cuello resplandece hasta la cara que muestra un rodete tirante.

     Despacio, un paso, otro. Mientras las manos se juntan en punta sobre la cabeza, el pie izquierdo se adelanta, preludio del otro pie que se adelanta girando y brillando. El tutú levanta vuelo y salta, las medias se hacen más largas, suben y vuelven a bajar.

     Una de las luciérnagas de la puerta suelta la mano de la otra y se acerca, se agranda. Un bandoneón iluminado por dentro danza en las manos de nadie y baila. Inhala, exhala, inhala. Sostenidos y bemoles sobreponiéndose, atonales jugando con el silencio, la armonía desarmada y vuelta a armar sin tonos definidos, hermosos.

     Bandoneón y bailarina se complementan, se cruzan, se danzan. La tercera luciérnaga deja de serlo y el ocho antes dibujado ahora se convierte en cinco octavas. Teclas sueltas, separadas, treinta y seis blancas y veinticinco negras, todas iluminadas por dentro, brillosas, estrellan la oscuridad. Las piezas van y vienen. La bailarina va y viene. El bandoneón respira agitado.

     Son dos minutos. Una eternidad. Las teclas, rápido, se unen. El bandoneón se aleja, empequeñece. La bailarina los sigue. Se desforman, se transforman, se achican, vuelven a su ocho inicial y un soplo de viento los hace salir.

     El silencio inmenso y la oscuridad total: ya se pueden cerrar los ojos, para siempre.