Como a Jorge Sigal, a mí también me es negado el disfrute del fútbol.
Durante los años en que el menemismo parecía eterno y el uno a uno nos distraía con espejitos de colores mientras los cimientos del país eran devorados por las termitas, hubo un embajador de Estados Unidos que supo profesar un afectado fanatismo por San Lorenzo de Almagro.
Algunos decían que esa preferencia deportiva formaba parte de una estrategia recomendada por una consultora, que había indicado la conveniencia de que el equipo de los amores del virrey debía ser popular, pero no de los más grandes.
San Lorenzo era un club con tradición barrial, identificado con el self made man del momento: Marcelo Tinelli, un sencillo periodista de Bolívar que había tocado el cielo con las manos durante los dorados noventa. Recuerdo haber visto al embajador en su programa, envuelto en una bandera roja y azul.
Tinelli representaba la síntesis perfecta de cómo el american way of life podía tener lugar también en estas latitudes, ahora que las ideologías habian terminado y, por fin, el mercado se había desprendido del estado, ese vetusto elefante burocrático.
Visto de este modo, la simpatía del diplomático por el azulgrana era un lengüetazo en la oreja, un escarceo erótico en el entrevero de las relaciones carnales que se prodigaban ambas naciones.
Quizás aquel amor nació por conveniencia, pero al parecer echó raíces, porque el mentado agente imperial habría continuado visitando el Nuevo Gasómetro con cierta asiduidad aún ya jubilado, y fue declarado socio vitalicio.
El ejemplo es válido para poner de manifiesto cómo el fenómeno del fútbol permite establecer empatías entre seres que, de otra manera, poco y nada trivial tendrían para decirse.
Lamentablemente, no todos hablamos con la fluidez necesaria este idioma universal. En lo particular, siempre sentí el amor pasional por el fútbol como algo lejano e incomprensible.
Sólo quien comparte esta gris condición puede entender la clase de realidad mezquina en que vive alguien a quien no le ha sido revelada la fe verdadera.
A diferencia de los iluminados, nuestros vaivenes emocionales desconocen de agónicos empates sobre la hora, de derrotas inexplicables, de triunfos merecidos y no tanto.
Para nuestra sub especie, los lunes en el trabajo resultan parejamente anodinos, por la sola razón de su ubicación en el calendario. Con perplejidad y algo de envidia observamos los repartos de euforia y melancolía que el azar deportivo determina en la existencia de los seres humanos normales.
Frente a las mujeres, ya poco y nada queda de las pequeñas ventajas que intentaban consolar nuestra falencia. Las mismas que antes solían encontrarnos distintos, enigmáticos y bohemios, hoy fruncen el ceño cuando les confesamos, con pudor, que de niños nos aburríamos en la cancha.
Es que la fe por el fútbol se ha extendido con prodigalidad entre el género femenino. Ya a nadie sorprende que inocentes niñas de uniforme escolar entonen cánticos soeces y reciten de memoria fechas de batallas a piedrazos y tiros entre hinchadas rivales.
Por eso, que alguien vaya por la vida sin ser capaz de resumir en cuatro palabras la valía estratégica del crédito leproso recién llegado del Paraguay, o que carezca de una teoría acerca de cuál es la profunda grieta emocional que hace que un millonario como Riquelme no encuentre la felicidad, es causa de comentarios en voz baja y miradas de conmiseración.
Los descastados tenemos vedado el acceso al lenguaje universal del fútbol. Nuestros viajes en taxi transcurren, en el mejor de los casos, con la mirada perdida a través de la ventanilla, o peor, acordando tácitamente (ante la futilidad de cualquier discusión) con afiebrados planes de exterminio a algún grupo humano enfrentado con los intereses de los dueños o conductores de coches de alquiler.
Por si semejante necedad no fuera suficiente, los indignos no sólo estamos afuera de la pasión por el deporte perfecto. Tampoco supimos encontrarle el sentido a jugarlo. Indagar acerca del origen del fastidio que nos provocaba la convocatoria a un “picadito” es como dilucidar el enigma del huevo o la gallina.
Tengo para mí el recuerdo de la intensa mortificación que me provocaba el ser señalado en último lugar en la selección de equipos bajo el impiadoso sistema del “pan y queso”. Los rezagados de siempre éramos despreciados por incapacidad física, falta de carácter o, en mi caso, la penosa combinación de ambas condiciones.
No hace falta ser muy sagaz para concluir que, iniciado el juego con la certeza de que nuestra presencia allí no tenía otro fundamento que la lástima o la simple necesidad numérica, escaso sería el estímulo que tendríamos para intentar dar un papel digno, en contra de nuestra natural tendencia a estorbar.
A contrario de lo que le sucede a las personas de bien, a nosotros una foto de un partido de fútbol entre unos niños nos actualiza el dolor de nunca haber sido invitados a la fiesta.
Inútilmente ruego la comprensión para quienes, como yo, no han sido convidados con el don de la mística adoración por el fútbol. No es culpa nuestra.
NICOLAS F.