. 
BING NATHAN
Es el guerrillero del agravio, el campeón del descontento, el detractor militante de la vida contemporánea que sueña con forjar una nueva realidad con las ruinas de un mundo fallido. A diferencia de la mayoría de los inconformistas de su clase, no cree en la acción política. No pertenece a movimiento ni partido alguno, nunca ha hablado en público, y no tiene deseos de sacar a la calle hordas coléricas para quemar edificios y derribar gobiernos. Su postura es puramente personal, pero si vive de acuerdo con los principios que ha establecido para sí mismo, está convencido de que otros seguirán su ejemplo.
Cuando habla del mundo, entonces, se está refiriendo a su mundo, a la reducida y limitada esfera de su propia vida, y no al mundo en general, que es demasiado amplio e imperfecto para que tenga influencia alguno en el suyo. Se concentra por tanto en lo habitual, lo particular, en los detalles casi imperceptible de los asuntos cotidianos. Las decisiones que toma son necesariamente menores, aunque eso no quiere decir que carezcan de importancia, y día tras día procura cumplir con la norma fundamental de su descontento: oponerse a las cosas tal como son, resistir en todos los frentes a la situación establecida. Desde la guerra de Vietnam, que empezó veinte años antes de que él naciera, el concepto denominado Estados Unidos de América, sostiene él, está agotado, el país ya no es un propuesta factible, pero si algo continúa uniendo a las masas agrietadas de esta nació difunta, si en la opinión pública norteamericana aún existe unanimidad con respeto a una idea, es la creencia en la noción de progreso. El argumenta que es una posición equivocada, que le evolución tecnológica de las pasadas décadas en realidad sólo ha conseguido disminuir las perspectivas vitales. En una cultura de usar y tirar generada por la avaricia de empresas movidas por la rentabilidad, el panorama se ha vuelto aún más mezquino, más alienante, más vació de sentido y voluntad de consolidación. Sus actos de rebelión son baladíes, quizás, gestos irascibles que consiguen poco o nada incluso a cortó plazo, pero contribuyen a realzar su dignidad como ser humano, a ennoblecerlo a sus propios ojos. Asume que el futuro es una causa perdida, y si el presente es todo lo que cuenta ahora, entonces debe ser un presente imbuido del espíritu del pasado. Pero eso rehúye los teléfonos móviles, los ordenadores y todos los objetos electrónicos: porque el jazz está muerto y ya sólo se interesan por él unos cuantos privilegiados. Por eso montó su negocio hace tres años: porque quería defenderse. El Hospital de Objetos Rotos está situado en la Quinta Avenida, en Park Slope Flanqueado por una lavandería automática y una tienda de ropa de tiempos pasados, es un pequeño establecimiento comercial dedicado a la reparación de objetos de una época a punto de desaparecer de la faz de la tierra: máquinas de escribir manuales, plumas estilográficas, relojes mecánicos, radios de válvulas, tocadiscos, juguetes de cuerda, máquinas de chicles de bola y teléfonos de disco. Poco importa que el noventa por ciento de sus ingresos provenga de enmarcar cuadros. Su tienda presta un servicio único e inestimable, y cada vez que trabaja en otro averiado producto de las antiguas industrias de hace medio siglo, pone en ello la pasión y fuera de voluntas de un general librando una batalla.
——
ed. Anagrama p. 65-66