
Acidez y nihilismo para esta ciudad
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Saberes como el cine, el psicoanálisis, el hatha yoga y la revista Burda, o consejos de casamenteros inescrupulosos y canciones sentimentales cantadas por mariachis malos, son las improbables brújulas con las que grotescos antihéroes creen hallar el rumbo de sus vidas hacia la dicha o la gloria y encallan en la mediocridad. El control que Patricia Suárez mantiene sobre este caos es admirable.
La voz de la narración en tercera persona se aferra con constancia a un registro cómicamente devaluador de todo lo que narra o describe. «El padre era churrero en invierno y heladero en verano. Pedaleaba en una bicicleta que se caía a pedazos y tocaba en una corneta que, si el ángel exterminador llegara a usar para anunciar el juicio final, la gente seguiría lo más bien en sus tumbas». Tanto lo vertiginoso del relato como el humor entre ligero y macabro evocan a J. P. Donleavy en Cuento de hadas en Nueva York, sólo que aquí se filtra con mayor densidad la amargura del título. Bajo la superficie de hipérboles graciosísimas que se suceden una a otra en catarata imparable, se dejan leer tristes verdades: «Edit Morante no le interesaba a nadie, una triste verdad». La ciudad universitaria de la UNR donde Suárez cursó estudios inconclusos de Psicología, popularmente conocida como La Siberia, retorna rebautizada como «el antro» y poblada por profesores que parecen los villanos de El señor de los anillos. «Lo que [Edit Morante] no lograba a fuerza de seducción o sexo lo lograba aplastando cabezas».
Bajo la mirada nihilista y ácida de Suárez, el universo ficcional de La cosa más amarga es una ciudad de Rosario reconocible hasta por los nombres de sus calles, pero transfigurada en aquel «lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme».
