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MARINA ARP PÁEZ

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WORK IN PROGRESS     

(de Watanabe Kizuki Midori)

“Un hombre trabajado por el tiempo                              

un hombre que ni siquiera espera la muerte                                                                           

las pruebas de la muerte son estadísticas
(y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios
disperso.
Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.
Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

 

ALGUIEN – J.L. Borges

                                                              —————————————-

La veo pasar casi todos los días. Nunca me animé a hablarle. No creo que me recuerde y si lo hace, no sé si tenga ganas de que me entrometa en su vida. Me hubiera gustado ser su amiga. Percibo en ella algo que me conecta y que no puedo explicarme. No sé dónde ni con quien vive. Siempre la veo sola, caminando por el barrio, sumida en sus pensamientos.

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La tarde tornó a un gris pesado y premonitorio

Abril se empecina en su lucha atávica con gatos imaginarios

La radio parlotea bajito con el verde que se cuela por las aberturas

El mate recién hecho sobre la mesa

Dios que pasa de puntillas…

                                                           …………………………   

Ella se sumergió en el agua tibia tratando de perturbar lo menos posible la superficie calma y silenciosa.

Ya abajo se sintió como siempre, más segura. Todo se amortiguaba, los sonidos, los dolores, todo era distinto en ese mundo propio.

Cuando no aguantó más salió y se quedó flotando, casi inmóvil, sólo lo necesario para que su cuerpo se mantuviera a nivel.

Pero aún en ese silencio, los ojos cerrados, meciéndose suavemente, los pensamientos volvieron, sin compasión.

Trató de recordar cuándo perdió el eje, cuándo la angustia empezó a contaminar todos sus momentos como un hongo venenoso que crecía sin cesar.

Por momentos se sentía absurda e infantil. Era muy afortunada en cuanto a los afectos presentes en su vida. Parecía ridículo sentirse así cuando otros han perdido mucho más. Pero eso no curaba su dolor.

Sí hubo una serie de hechos conectados que dispararon su crisis.

Esas horas en la guardia del hospital, sola, confundida, escuchando las charlas descarnadas de los médicos…

El señor mayor que estaba a su lado, separado apenas por un biombo le recordó a su padre, que estuvo internado allí mismo un año atrás.

Imaginarlo a él allí solo, desamparado, a merced de lo que otros dispusieran, lleno de tubos, resignado. El corazón se le achicó más. Aún cuando él se haya recuperado no podía soportar la idea de perderlo.

Sin filtro, así se sentía. Sin piel que la protegiera, que recubriera su indefensión y no la dejara inerme y vulnerable ante las pérdidas.

La muerte, así simplemente.

Qué loco, ella era una mujer de fe, que siempre se había mantenido serena y fuerte ante los problemas, las crisis y conflictos. Su trabajo consistía en eso.

Pero la muerte, no.

Ya con Eleonora le pasó. No podía aceptar su ausencia. Y no tenía con quién hablarlo. Los hijos, hombres al fin, nunca hablaban de nada, menos de su dolor. Su propia hija, nieta de Ele, se ponía triste si sacaba el tema.

Le costaba sacarse de la cabeza esa última noche en terapia, esperando, el frío, el silencio… Para qué retenerla, por qué era tan egoísta…

Y ahora Guillermo, el amigo de su familia. Todos quedaron en shock. Ella lo vió la misma tarde del día en que terminó con un tiro en la cabeza. Misma sonrisa, el mismo cariño con el que siempre la trató. Le contaron luego sus compañeros de trabajo que ese día siguió la misma rutina, terminó su horario, estuvo amable con todos, todo igual. Qué pasó en ese lapso, qué sombra se lo tragó para siempre.

O qué lo hubiera salvado.

Y Enrique, su mentor y guía, a quien admiraba tanto y con quien trabajó tantos años desde que volvió al país. En pleno 2001, acosada por las deudas y un matrimonio que se derrumbaba, fue a pedirle trabajo fijo y sin previo aviso, le salió con una propuesta sexual a cambio de contratarla.

Así quedó en plena crisis, sin trabajo y sin marido.

A pesar de su rechazo y de que las propuestas continuaron (si algo no le faltaba a Enrique era perseverancia), su relación profesional continuó intermitente, nunca supo si para probarla a ella o porque le divertía ponerla incómoda. Mientras su trabajo lo pagara otro, la relación se mantenía donde siempre debió haber estado.  

Hombres… otro capítulo indescifrable. Cero absoluto.

La última vez que lo vió, enfermo y debilitado, discutieron, por cuestiones de trabajo. Ahora no puede superar la culpa por ese último encuentro, por no haber sido, esta vez, más condescendiente. A pesar de su estado,(otra negación tan propia de ella), nunca imaginó el desenlace. También sabe que se siente culpable porque en el fondo no le perdona haber destruído ese ideal suyo que ella tenía en la cabeza.

Y la pesadilla que no quiere recordar.

La angustia. Es como un ejército de pac-mans royéndole las entrañas. Siempre está allí.

De-sa-so-sie-go. Siempre le gustó esta palabra. A ella le gustan las palabras, su origen, su sonido. Como el libro de Pessoa, que nunca leyó porque no sabe si es un mundo al que quiera asomarse.

No encontrar lugar ni estado en el que hallar la paz.

“Una mala noche en una mala posada”, así definía Santa Teresa de Avila a esta vida. En algunas etapas a ella le había parecido un exabrupto propio de la época. En otras no estuvo tan segura.

Estar en el mundo pero no pertenecerle. Este sentimiento también la acompañaba casi siempre.

Una sensación de extrañamiento, de distancia de aquello que la mayoría de las personas se toma tan en serio.

Desde muy pequeña experimentó esta falta de pertenencia a la tribu. Desde los juegos infantiles propio de las niñas y que no soportaba, hasta la rutina familiar a la que se resignaba para no tener que dar explicaciones.

A veces zafaba jugando con los varones que no siempre la aceptaban, o se escapaba en la bici. Y por supuesto, los libros. Su puerta de salida desde un mundo hostil y ajeno a otro infinito e imprevisible donde todo está por ocurrir.

Alicia fue uno de los primeros, quizás el más importante, porque parecía para niños pero no lo era,  divertido, irónico, loco. Un universo en sí mismo. Como “Las mil y una noches”, o “Los cuentos de la Alhambra” (otra palabra maravillosa), “El hombrecito del azulejo” de “Misteriosa Buenos Aires”, Julio Verne, las Brontë, el Quijote. Pasaba de libro en libro sin cesar, maravillada por esos mundos que los escritores eran capaces de crear para ella y para todos los que estuviesen dispuestos a asomarse. Descubrió las bibliotecas. Y los libros que su madre, por hacer orden o por sacarlos de su alcance, guardaba celosamente en el cuartito de la terraza.

Allí pasó al Séptimo Círculo, James Cain, y luego Chandler que fue su obsesión hasta que leyó y releyó todas sus obras.

Nunca más se sintió sola en esa etapa…

                                                                                      MARINA ARP PÁEZ