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Flor de jacaranda
Otro jacaranda florecido, no importa la calle que tome, ellos siempre están ahí, dispuestos a hacerme recordar. No sé si lo soñé o lo viví, ella escondida detrás de uno, asomando sus ojos verdes para espiarme, mientras una flor caía en su mejilla.
Esa imagen se me venía a la mente varias veces al día, y me llenaba de una gran felicidad. Pero eso fue antes de los gritos, de los golpes, de los rasguños y besos, de los mechones de pelo arrancados, de los vidrios rotos y el sexo desenfrenado.
Pero estamos en esta época del año en que los jacarandas parecerían ponerse de acuerdo en florecer todos juntos. Y la imagen es la misma, a pesar de los mares de lágrimas que me separan.
Paso rápido cada vez que veo uno, sin embargo giro después de pasar, porque todas las sombras son ella, escondida, desnuda, mirándome. Aunque sé que no está ahí, aunque sé donde está, y siempre lo mismo, -si una flor me tocase, aceleraría las dos ruedas a ella, sin detenerme en ninguna esquina-, la preferencia de lo inconcluso debido a mi cráneo sobre el asfalto; como el dolor de lo perfecto.
Pero cada tanto una de esas flores me roza, las veo caer lentamente desde la copa, intento esquivarlas, pero las sombras me distraen, y a menudo me dan en la frente. Recuerdo la promesa, enciendo un cigarrillo y sigo torturándome, lento y prestando atención en cada esquina.
La vida se me va morosa, derivada entre inviernos de pulóveres azules violetas y veranos de flores asesinas. Solo puedo descansar por las noches, cuando de sus troncos aparecen las ninfas que los habitan.
Iván Limanovsky