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JULIETA TONELLO

 

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El pañuelo sobre la cabeza, inequívoco como una tarjeta de presentación. En los hombres el signo no resulta tan evidente, aunque puede leerse en la mano temblorosa sobre el regazo, o en la mirada inquieta que recorre la sala -blanca, tan blanca que lastima- de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, y otra vez. Y ese nene. No puede tener más de diez años. No concuerda  con esta sala hecha de cabezas gachas y silencios apenas interrumpidos por el chirrido de la puerta al abrirse y cerrarse. Juega con un camioncito de plástico azul, que desliza sobre el suelo hasta toparse con las piernas de su madre. Hay algo profundamente perturbador en esa imagen. Evito volver a mirarlo.

Creía que ya lo había asimilado, las lágrimas me toman por sorpresa. Por suerte ella no me mira. Me repito la batería de frases hechas que preparé para el posible acecho del llanto, y de a poco retroceden. Será que es la primera vez. Quizás me acostumbre y después de un tiempo sea casi como acompañarla al supermercado o a comprarse ropa… Estoy delirando.

Me suelta la mano (me extraña la brusquedad del movimiento) y toma una de las revistas esparcidas sobre la mesita de mármol. Desde la tapa, una rubia escultural  en bikini me sonríe sensualmente mientras explica cuán afligida se encuentra por su reciente separación. La hojea haciendo ruido al pasar las páginas y vuelve a dejarla en su lugar. Le ofrezco el libro que llevo en la cartera pero niega con la mano y permanece, tiesa, sobre el incómodo asiento de plástico gris. Ahora, al verla así, en esa posición y con la mirada fija en la puerta cerrada, siento que se invirtieron los papeles, que es ella la hija que aguarda de mí una palabra de aliento, un “todo va a estar bien”. ¿Por qué nunca aprendí a mentir? ¿Cómo es que hay gente que puede contar las fábulas más absurdas sin sonrojarse, y yo no puedo llevarle siquiera una frase que serene su ansiedad?

Respiro muy hondo para sentir que lo puedo todo. Cuando Héctor se enteró de que tenía cáncer, se fue a vivir a la isla y no volvió a pisar un hospital. Vivió cuatro años más allí, en su casita de madera. Era feliz.

Apoyo una mano en su hombro. Se sobresalta, me mira y sonríe, como si de pronto recordara que estoy allí. Siento un deseo súbito de estar solas en algún lugar lejano, cerca del agua y del viento, nunca nos fuimos juntas de viaje, nunca hacemos nada juntas.

Se abre la puerta. El apellido resuena alto, haciendo eco en la habitación. Allá vamos. Me toma la mano y cruzamos al otro lado.

                                                      Julieta Tonello

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