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El escritor de epitafios
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Hernán Rivera Letelier,
Chile, 1950
p. 11-13, Ed Alfaguara
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Le dicen el Escritor de Epitafios, pero en verdad es un ángel. Un ángel de café. Y como tal lleva una apacible vida bajo el toldo de su café preferido, apacible hasta la tarde en que ve pasar a la niña gótica que le ha de trastocar la existencia para siempre: una niña bella y delicada como sus guantes negros, de encaje, sin dedos.
Con su libreta de apuntes dispuesta sobre la mesa, sus lentes bifocales a media nariz y su tacita de té enfriándose- infusión que Alejandra, la mesera que lo atiende, le prepara en cuanto lo ve llegar (el tinte color violín y medio terrón de azúcar)-, el escritor de Epitafios se pasa la mayor parte del día en la terraza del café del Centro, en el centro de la ciudad. A veces solo, a veces en compañía de sus amigo, los artistas.
Sentado invariablemente en el mismo sitio y siempre en la misma postura- un brazo acodado en la mesa y al mano sosteniendo la barbilla-, se le puede ver sumergido en la composición de sus textos angélicos, o concentrado en sus arcanas reflexiones. O simplemente observando el ir y venir de la gente con una unción sacramental, mientras toma nota y bebe de su té con la parsimonia de un condenado a la eternidad. Uno de sus axiomas recurrentes es que las personas, como los cometas, van dejando una estela a su paso: estelas luminosas, estelas oscuras, estelas leves como velos, recargadas como colas de pavo real. Estelas que nacen desde la expresión del rostro de cada uno.
<<El rostro de uno es el rastro de uno>>, termina musitando con su voz pedregosa. Luego, agrega que el verso pertenece a Jaime Cevallos, un poeta iquiqueño y traslúcido, y que el muy ángel tuvo que haberlo escrito en una mesa de café.
Cuando, sorprendido en alguno de sus momentos de reflexión- el codo apoyado en la mesa: la mano sosteniendo la barbilla-, se le pregunta en que está pensado, El escritor de Epitafios- con sarcasmo de creyente o piedad de incrédulo- responde que en el misterio insondable de la existencia o no existencia de Dios. Para luego añadir, en un ligero dejo contemplativo, que ambas alternativas le parecen igual de sorprendentes y maravillosas.
Ante el reclamo irónico de sus amigos, los artistas, de que un ángel no tiene derecho a dudar de la existencia divina, él responde parsimonioso que los ángeles también dudan, queridos feligreses. Ellos, igual que los humanos tampoco han visto nunca a su creador cara a cara. Desde el último escalafón de la jerarquía celestial al que pertenecen- después de serafines, querubines, potestades, principados, virtudes, dominaciones, tronos y arcángeles-, lo único que les queda es la fe, el menoscabado recurso de la fe. Tan igual como a los pobrecitos mortales.
<<De ahí que solo se sabe de ángeles caídos>>, dice con un leve rictus de abatimiento en el rostro, <<nunca de algún espécimen de las jerarquías superiores>>.