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Hablá como si tuvieras tres palabras
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Valentín Gilardoni
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Y casi ya sin ganas terminó de leer:
“¿Cuantos otoños tiene que pasar un alma para dejar de ser?
¿Cuantas almas tienen que dejar de ser para pasar un otoño?”
Inmediatamente pensó que era una estupidez. Parecida, recordó, a los juegos de palabras a los que se entregaba cuando la pesadilla lo arrastraba del dormir.
–Mandalo al sobre. Está bien. Aunque esa pregunta final tiene una respuesta que cualquier desheredado de neuronas te tiraría por la cabeza.
-¿Ah sí? ¿Cuántas almas entonces? Vos que te considerás huérfano del lujo de pensar.
– Las que hagan falta, che… Creo que en este caso te hace falta uno más de coñac y tirarte vacío a la cama. Mandale esto mañana a Pereyra y tarea cumplida viejo. Hablando de eso, ¿Cómo andás con la cama? ¿Seguís sin dormir?
– Ya estoy pensando que sigo sin despertar. Y que todas las pesadillas son una sola y en ella estamos los dos diciendo esto.
Se saludaron en un abrazo exagerado. Llegó a su casa y optó por deslizarse. Actividad que consumía la mayor parte de sus noches. Puso la sonata y se tiró en el sillón con el último de coñac como muralla.
¿Cuántos otoños? ¿Cuántas hojas? ¿Cuántas pesadillas? Quiso sufrir pero ni eso. ¿Cuántos desaparecidos? ¿Habrá tanto lugar en el aire para encontrarse con ellos? ¿Cuál es la última nota de la sonata? Imposible el sol. Nuestras películas también siempre terminan igual. ¡Qué predeciblemente tristes y finales somos!
“Las que sean necesarias”. Hubiese querido tirarle por la cara al huérfano. ¿Y no pensás que quizás también nosotros somos necesarios? Otra vez la pared y la pesadilla. Despertó con el cigarro quemándole en el pecho. ¿Cuántos puchos apagados en los pechos? Pechos que no despertaron. Pechos sin aire. Pechos hechos aire. Y ese final de frente al dormir eterno. La maldita nada. Arrastrados como nada a la nada misma.
Escribió un verso, que en ese momento fue el mejor verso que un hombre pudo escribir. A los pocos instantes era solo eso. Lo que un hombre podía escribir. En un otoño que siempre llegaba igual. Y que lo volvía a envolver en las pesadillas de flotar en la nada.
¿Cuántas palabras serian necesarias para darse cuenta de que era inútil?
Y la sonata que le tocaba los huesos. Y el ensueño que lo colonizaba. Recordó su última pesadilla, en la que un hombre de civil le ordenaba; “hablá como si tuvieras tres palabras”. Él, que se quedaba pasmado y luego la explosión. La nada. Y las manos que escribían:
Ya no sueño,
Mi querido recuerdo,
Fumo el aire,
Y despido entrañas
Quizás si supieras,
El otoño arrasa,
Ya sin hojas,
Te ofrezco silencio.
No me juzgues,
El sonoro habla,
No sé escucharlo,
Aparece, se va.
Hoy te ví,
Un relámpago indiferente
Llevó mis alas
Y las tiñó.
Discúlpame mi niña
No sé decirte,
En tres palabras,
Las 30.000 razones
Porque aparezco.
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* VALENTÍN es compañero nuevo, estudiante, 28 años.