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Un día de lluvia
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Era un día de lluvia, no era el último día de clases pero yo lo recuerdo como si lo hubiera sido. Mi padre me fue a despertar a pesar de la lluvia, porque sino yo me enojaba, me gustaba mucho ir a la escuela en esos días. Siempre éramos muy pocos y todo era distinto. No formábamos en el patio entorno a la bandera, porque llovía. En el piso estaba el aserrín desparramado para no resbalarse y evitar una caída. Los recreos eran más largo y nadie te decía “no se pueden quedar en el salón, hay que salir al patio”, se podía revisar el armario donde estaba los mapas, se podía escribir en el pizarrón con las tizas de colores. En esos días también se podía entrar a la cocina porque en los brillantes era un territorio vedado, en el que sólo se veía, desde el patio, una pequeña estela de humo y se olía mezclado con el aroma a café.
No recuerdo nada llamativo de ese día dentro de la escuela, más que los juegos en la galería, la amabilidad de las maestras, los intentos de resbalar entre el aserrín, el clima amistoso bien de esos días.
Lo que sí recuerdo es el regreso a casa bajo la lluvia. El viento me había dado vueltas varias veces el paraguas y entre el intento de acomodarlo mientras el agua me atravesaba y con la otra cubrir mi portafolio, me di cuenta. No sé si fue eso o el vendaval que golpeaba o esa sensación de desprotección que no permite pensar que podés meterte bajo el alero de cualquier casa o esa soledad que no podés compartir con nadie por más que se lo cuentes a otro, la lluvia corría por mi rostro húmedo y también brotaba desde interior de mi cuerpo y salía por mis ojos. Igual seguí caminando lentamente, no eran muchas cuadras. En casa luego de abandonar las ropas mojadas y sentir la tibieza de lo seco observé mi portafolio, estaba todo mojado ya no debía preocuparme por lo que llevaba dentro. Me esperaba otro lugar, casi al pasar tome una birome y una hoja de borrador y comencé a despedirme de él.
Empecé a subir escalón tras escalón y todo comenzó a temblar como cuando se produce un sismo o tal vez fue eso, un sismo. Parecía que se caía todo, las paredes, el techo, la escalera que iba para la terraza se iba transformando abandonando su vieja solidez por apenas una hilera fina de ladrillos apenas sostenido por las antiguas vigas y columnas que se habían movido pero seguían firmes como diciéndome “ahora no te puedes bajar”, ahora es más peligroso bajar que subir. Y desde allá arriba muerta de miedo contemplaba la tormenta, la casa estaba en ruinas, los árboles se movían con una pasión desenfrenada, yo estaba cerca de sus copas sentada sobre la demolición esperando que la calma apareciera.
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Mónica Mercedes Gonzàlez