A la medianoche el cielo sobre Flores se llena de fuegos artificiales. Las cañitas voladoras parten de todas partes en líneas de puntos dorados, algunas casi rectas hacia arriba, las más en ángulos caprichosos, impredecibles, se escabullen entre los árboles y los edificios; o bien fallan y parten tropezando y rebotando por los autos estacionados y los grupitos de chicos que han salido a la vereda, con peligro de quemaduras e incendios. Pero a quién le importa. Las miradas buscan lo oscuro del cielo, donde estallan las luminarias que llegan a destino; gruesos cohetes propulsados por una carga de pólvora negra van muy alto y sueltan su provisión de luces verdes, rojas, blancas. Crisantemos fosforescentes que se abren en silencio, en una cascada de gotas brillantes. Todo lo que desaparece en reemplazado por otra aparición, en otro punto del firmamento. Los hay como globos de cristal en fusión, derramándose sobre sí mismos. O paracaídas lentos, del rojo más brillante, que caen un breve tramo apaciguado. El apuro indecible con que parten del suelo, esa precipitación contra la gravedad, se resuelve en el punto de nada, se abre en un gesto. Siempre lejanos, eso sí, siempre más allá del alcance del hombre, pájaros, aviones; no sólo más altos: más fugaces. Cada cual tiene su sorpresa, su modo particular de hacerse visible en lo imposible, donde ha cesado el arriba y el abajo. Unos más cerca, otros más lejos, todos en el cielo negro y alto; marcan desde nuestras ventanas y balcones los ángulos del azimut del barrio. Allá… allá… allá…. Todos a la vez, de pronto, súbitas palmeras de fuego óptico, violeta, anaranjado, rosa… La coincidencia da el sentido repentino de la celebración. En cada burbuja hay otro color, una especie de blanco oculto que le da su relieve. Unas cañitas de última generación revientan en racimos de estrellas rojas que chisporrotean como burbujas en el champagne, prickiti-prickiti-prickiti. Pochoclo variopinto en el calor abrasador de la noche. Un vago resplandor verde dibuja el contorno de un edificio gigante y sombrío, que uno ignoraba que estuviera allí. Toda la ciudad está ahí, en realidad. El minuto está ahí, y eso basta. Y si las profundidades oscuras del universo parecen intocadas por este momentáneo carnaval, de todos modos la perspectiva actúa sobre ellas, las transforma y miniaturiza. El cielo se precipita sobre los estallidos de luces, y se ondula y borda con ellos. Así hasta que llega el último segundo del año, el límite, y entonces se intensifica el concierto de cohetes, petardos, explosiones a repetición o aisladas, y las tremendas bombas que retumban largamente por las calles arboladas y se encadenan unas con otras. De las azoteas arrojan las bengalas gato, que hacen toda su trayectoria con un maullido escalofriante. Cien millones de cohetes se fríen todos juntos en el empedrado. Las doce: empiezan a sonar las sirenas, como serpentinas entre las explosiones, el cielo se llena de chispas con todos los colores del espectro, y en las grandes reuniones familiares se entrechocan las copas brindando. ¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz Año Nuevo! Las campanas de la Misericordia están repicando: el tañido acelerado y obsesivo parece decir: Dios… Dios…Dios… El concierto sucede en un solo instante, en un punto de la historia de nuestras vidas. Se renuevan todas las explosiones, las luces en el cielo, las sirenas, la bolita de vidrio negro con la ciudad adentro, y las campanas: días… días…días…
frag. de la novela EL SUEÑO, p. 7-9, Edit EMECÉ.-
