© 2012 admin. All rights reserved.

JUAN M. RODRÌGUEZ

.

El Arreu

 

            Cada vez que voy a visitar a mi abuela, tocamos el mismo tema: ella no aprueba del todo mi manera de vestirme. Para mí es bastante curioso, porque, que yo sepa, nunca tuve realmente una filosofía indumentaria, soy más bien de los que se levantan y se ponen lo primero que encuentran.

            Bueno, ése es justamente el problema.

            Hay una palabra en la vieja España, no sé bien en que parte, que se usa para referirse, un poco despectivamente, a aquellos que, como yo, no se ocupan mucho por arreglar su aspecto: arreu. Por más que investigué en internet nunca pude descubrir su etimología.

            Pero sé algunas cosas: un arreu, creo que conviene aclararlo, no es lo mismo que un bohemio. Si yo me vistiera intencionadamente mal, lo que se dice mal, con el afán de escandalizar a alguien, o si quisiera probar algo con mi apariencia, por ejemplo cuán por encima estoy de cuestiones triviales como la apariencia, sería un bohemio hecho y derecho, y nadie me negaría ese título.

            Pero no, según mi abuela, yo soy solamente un arreu.

            Hubo, por cierto, otro arreu en la familia (aunque se pueda pensar lo contrario, siempre termina siendo un alivio descubrir que uno no es el primero en algo): un tal tío José, uno de esos tíos que nunca se sabe muy bien de quién fue tío exactamente. Al parecer, él también era un arreu. “Pero era bueno”, aclara mi abuela, como si eso pudiera estar, por lo menos a priori, en conflicto con su condición de arreu. Yo también soy bueno, pese a ser un arreu; eso les diría mi abuela si le preguntaran. Un poco desprolijo, tal vez, un poco tiro al aire, pero bueno en el fondo.

            Creo que sería fácil para mí dejar de ser un arreu; tan fácil como elegir uno de estos dos camino: o bien averiguar que ropa combina con qué ropa, no ponerme la misma remera todos los días (o por lo menos plancharla de vez en cuando), dejar de usar zapatillas rotas solamente por no tener que ir a comprar un par nuevo; o bien hacer de mi desprolijidad algo metódico: en vez de usar jeans rotos, comprar jeans nuevos y romperlos en partes estratégicas, en vez de ir a todas partes con remeras de hace tres años, usar remeras del Che Guevara (de esas que, por más nuevas que sean, siempre parecen sucias), en vez de andar siempre despeinado, hacerme unas rastas.

            No me faltan incentivos para hacer el cambio. Mi abuela me explicó, más de una vez, que a las mujeres “decentes” les gustan los hombres prolijos, y sé por experiencia (tres años y pico en la facultad de humanidades) que a las mujeres “no tan decentes” por lo general les gustan los bohemios. Nunca supe de una mujer a la que le gusten los arreus, así sin más. Ese es un poco el sino de mi vida.

            Pero, pese a todo, creo que en el fondo me gusta ser un arreu, y hasta llevo el título con algo de orgullo. Tal vez porque todos queremos, en algún momento de nuestra vida (entre los quince y los treinta y tantos), ser parte de algo. A mí me tocó, entre otras cosas, ser arreu, y es un grupo bastante selecto (por lo que sé, hasta ahora somos solamente el tío José y yo, y no creo que nadie quiera hacer cola para unírsenos). Será por eso que hoy me puse de tan buen humor cuando, terminado el almuerzo, mi abuela se me acercó, y mientras me emprolijaba un poco la remera con las manos, como hacen las abuelas, me dijo “¡Ay, Juan, qué arreu que sos!”.

            –

JUAN M. R.