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REENCUENTRO
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Esta noche se parece a un
enano que crece
De ORY
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Dos poetas de 20 y 30 años,
desnudos en la cama con las persianas cerradas
se entrelazan, se chupan las tetillas y las vergas
enhiestas, entre gemidos
vagamente literarios
mientras la hermana mayor de uno de ellos encogida en el
sillón del televisor,
los ojos enormes y asustados,
observa la gran ola metálica del Pacifico,
aquella que se escande en fragmentos caprichosos y en estelas
discontinuas,
y grita: el fascismo, el fascismo, pero sólo yo
la escucho, yo
el escritor encerrado en el cuarto de huéspedes
tratando de soñar inútilmente
una carta ideal
llena de aventuras y de escenas sin sentido
que encubran la carta verdadera,
la carta terrorífica del adiós
y de cierto tipo de amnesia
infrecuente,
mientras la hermana del poeta golpear la puertas de las
habitaciones vacías
como quien golpea las puertas sucesivas del pensamiento
y grita o susurra el fascismo,
al tiempo que el poeta de 20 encula con dos golpes secos
al poeta de 23 y éste ug ug.
una verga de 23 centímetros como un gusano de acero
en el recto del poeta de 23,
y la boca del poeta de 20 se pega como un hisopo
en el cuello
del poeta de 23
y los pequeños dientes de nácar del poeta de 20
buscan los músculos, las articulaciones, el hueso en el cuello,
en la nuca, huelen los cerebelos
del poeta de 23
y la hermana grita
el fascismo, el fascismo, un fascismo extraño, ciertamente un fascismo casi translúcido
como la mariposa de los bosques profundos,
aunque en las retinas de ella lo que prevalece es la Gran Ola
Metálica
del Pacífico
y los poetas gritan
hartos de tanto histerismo:
¡Acaba de una puta vez tu puñatera lectura
De Raúl zurita!
Y justo en el momento de decir Zurita
acaban,
de suerte que el apellido de nuestro poeta nacional
es proferido casi agónicamente
como una caída libre en la sopa de letras hirviente
de la poesía
y luego el silencio se instaura en los juguetes
y el viento, un viento venido de otro continente e incluso puede
que de otro tiempo, recorre
la casa de madera, se mete
por debajo de las puertas, por debajo de las
camas, por debajo de los sillones,
y los jóvenes poetas se visten y salen a cenar
al restaurante <<Los Menadros>>, también llamado
<<La Sevillana Ilustrada>>
en homenaje a la patrona.
una especialista o tal vez sólo una redicha
en Bocángel y Juan Del Encina
y la hermana mayor llora
ovillada en el sillón tocado por la luna
y sus hipos recorren la casa de madera
como un pelotón de fantasmas,
como un pelotón de soldados de plomo,
hasta arrancarme de mi sueño lleno de candidez y mutaciones,
mi sueño de vapor
del que emerjo de un salto
avisado por un ángel del peligro
y entonces me aliso el pelo y la camisa floreada
antes de salir al pasillo a investigar qué sucede,
pero sólo la brisa nocturna y el sonido del mar
contestan mis preguntas.
¿Y qué es eso que crece como el pelo en las cabezas muertas?
¿Y qué es eso que crece como las uñas en las garras que el Destino
se encargó -porque sí- de velar y enterrar
en las faldas de una montaña de ceniza?
La vida, supongo, o esta inercia regida por las estrellas,
la epifanía en la doble boca del degollado.
Y yo vi a los jóvenes poetas caminando de la mano
por el Paseo Marítimo, alejándose como juncos mágicos del
Club de Yates
rumbo a la Roca de las Palomas,
la que corta en dos la bahía.
y vi a la hermana mayor escondida
debajo de la cama
y dije sal de ahí, no llores más, nadie le hará daño a nadie, soy yo,
el que os alquila la habitación de arriba.
Y en sus ojos, en la condensación que eran sus ojos,
vi a la noche navegar a 30 nudos por hora
por el mar de los sobresaltos, y vi al amanecer,
allí, en la vesícula de la luna, emprender la persecución
a 35 nudos por hora.
y vi salir a las mujeres del <<Trianón>>, del <<Eva>> del <<Ulises>>
con las faldas arrugadas y los escotes inseguros: un café con
leche
y dos donuts en el <<Pitu Colomer>> para después volver
a la gran corriente.
y dije: salgamos, está amaneciendo, que la mañana deshaga los
restos de la pesadilla.
Y los poetas ascendieron hasta el mirador de la Roca de las
Palomas
y después volvieron a bajar, pero por la pared del mar,
hasta el acomodo de una saliente
como un nido de Pájaros Roc
en donde a merced de los vientos, pero protegidos por la piedra,
se besaron, se acariciaron las revueltas cabelleras,
hundieron sus rostros en el cuello del otro
riendo y acezando.
Y la hermana mayor salió conmigo: seguimos
la ruta de los camiones cisterna hasta el deslinde geométrico
del pueblo,
hasta el lugar donde explotaban
las casas, las flores, los hoyos ayer abiertos por trabajadores
olvidados
y hoy convertidos en marmitas de un caldo
más duradero que nosotros.
Y en un bar junto a los riscos pronunciamos
nuestros nombres
y comprendì que el vacío podía ser
del tamaño de una nuez.
Ella acababa de llegar de Madrid y e su cansancio
crecían pesadillas y fantasmas. ¿Qué
edad tienes?, dijo riendo. 39 respondí
¡Qué viejo! Yo tengo 25, dijo
Y tu nombre empieza por L., pensé,
una L. como un bumerang que vuelve una y otra vez
aunque sea arrojado al Infierno.
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ROBERTO BOLAÑO
“La Universidad Desconocida”, Ed Anagrama, p. 402-406