© 2012 admin. All rights reserved.

DAMIÀN SÀNCHEZ

.

 

Oruro

 

Este tren parece no tener destino aunque dicen que llega pasado el mediodía. Hace quince horas que viajamos y algunos piensan que fue la peor decisión habernos subido. No paro de sorprenderme de todo lo que pasa ahí dentro. La gente es cerrada y no nos dirige la palabra. Pienso que  nos deben odiar solo por ser  turistas. Cada vez que se detiene por un desperfecto estas personas sacan sus mantas y duermen. Como les envidio la paciencia. Con el grupo bajamos a encontrarnos con un paisaje distinto cada parada. Son obligatorias y las excusas de los maquinistas se hacen poco creíbles.  Se llena de vendedores que invaden de comida y nuevos olores cada vagón. Desconfiamos pero el hambre nos dobla. Jugamos cartas y ganamos certezas. Las últimas horas nos cansamos de insultar nuestra suerte y el país que nos recibe. Usamos términos injustos. Nuestros cuerpos recibirán al llegar su merecido castigo.

Trabajo

 

Que mal humor que tengo. Camino urgente para llegar al reloj. Es el espía que más odio pero el más efectivo: siempre me delata cuando llego tarde.  Manoteo la tarjeta y marco. Ya está, ahora a mi escritorio. Las caras son siempre las mismas. Que suerte,  todos medio dormidos. Atravieso los mostradores y siempre los mismos comentarios. Como me harta que me hablen de futbol a las 7 de la mañana. Que me importa a esa hora si perdimos o si llevamos mil personas. Por suerte la revancha llega al mediodía, mas despierto me canso de gastarlos a estos nabos. Pero la rutina te mata. Las compañeras de oficina hablando de como bailo un ciego anoche y que Tinelli es cada vez mejor conductor. Dos horas así, entre mates y malas atenciones. Mi cabeza está en otro lado. Yo solo pienso en que llegue el momento  que me manden a llevar la caja con los expedientes a ¨Prestaciones Médicas¨. La orden más agridulce. La única que me hace feliz. Ahí empieza el verdadero sentido de la jornada. Ahí está ella y voy a robarle la mirada del día.

 

 

 

Atención al Público

Le pido su carnet y documento. Demora unos minutos en sacar sus papeles. Las dudas de olvidarse algo siempre están  presentes. Comienzo a escucharlo y un sinfín de problemas aparecen en la escena: que sus hijos ya no están, que la plata no alcanza, que el médico no receta lo que necesita, que nuestra cobertura de sepelio no sirve, donde hay actividades sociales en los centros de jubilados, los dolores de cintura, las complicaciones en el estómago, el tratamiento para la vista y algunas cosas que por suerte deje de escuchar. Intento aconsejarlo pero sigue hablando con angustia, la necesidad de confesarse con alguien lo supera. Ya se olvidó para que está ahí sentado. Cada uno que pasa por el escritorio es una trágica historia de una vida mal vivida. Un sueño truncado. Una ilusión que ya no está. Es la sala de espera de la muerte. Lo que no soporto es que me cuenten el final de la historia. Hubiese preferido que la vida me sorprenda.

 

Mi amigo el negro

 

El negro es mi amigo antes que nada. Trabajamos juntos y nos llevamos bárbaro. No podría imaginarme lejos de él. Pasamos demasiado tiempo juntos y eso genera la preocupación de los  que me conocen. Es un gran compañero de aventuras y de salidas nocturnas. Admiro su capacidad para escribir: jamás le encuentro un error y nunca le falta una coma. Él sabe todo de mi vida y conoce cada una de mis amistades.  Así son los amigos. Se entera de todas mis cosas. Hace lo posible para que no me olvide de los cumpleaños y trata de avisarme durante el día. Que grande el negro! Vamos a la cancha y saltamos juntos en cada canción que nos descontrola. Cuando me quedo dormido hace los ruidos necesarios para que me despierte, le hago un gesto con el dedo y se tranquiliza. A veces lo agoto con mis problemas laborales, ahí nos dejamos. Todavía tengo crédito para molestarlo un poco más. Ojo, él a veces es bastante pesado y le tengo una paciencia larga. Hoy pienso que cuando ya no este, voy a extrañarlo.

 –

                                               Damián Sánchez