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JULIETA TONELLO

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METAFICCIÓN AUTOFICCIÓN                                                                

 

Julieta Tonello

 

Ana grita, la escucho a través de la pared que nos separa, le grita a Mauri. Algo sobre un regalo. Debe hacer ya más de tres meses que están saliendo… ¿Habrán tenido relaciones? Trato de leerla, pero las señales de su rostro son confusas: cuando me acerco al tema algunas veces esboza una sonrisa tímida, se sonroja, y parece claro el no; y entonces, otras tantas, me mira como si conociera ya todos los secretos del mundo adulto y cualquier consejo se hecha atrás, sabiéndose inútil. Ah, pero se ríen, no están discutiendo.

Y Jose, nunca sé donde está, lo de ayer fue patético, esconderle la llave…una vez mi vieja me hizo lo mismo. Se quiere ir, no sabe adonde pero se escapa, me hace acordar tanto a mí a su edad. Me tiré por la ventana esa vez, un  mes y medio enyesada. El 30 es el cumpleaños, ‘los doce son los nuevos dieciocho’ decía la revista de ayer. A la mierda la revista, a los doce torta de dulce de leche, amigas en casa y música de Justin Bieber. No sé si le sigue gustando Justin Bieber.

Ana, por tu abuela; Josefina, porque me gusta, nada más que porque me gusta. Creo que era el personaje de una novela que miraba… Ana y Jose, una tras otra, me devolvieron a mi infancia. Cuando nacieron me prometí que iban a tener una casa, una casa de verdad, que les iba a dar un lugar donde poder descansar, me acuerdo que se lo dije a Luciano, ¿le habré dicho descansar? Con tu vieja no nos vamos a vivir, yo quiero nuestro lugar, que las nenas se críen libres, que tengan su espacio, aunque nos tengamos que cagar de hambre, nadie nos quita eso Luciano.

La primera nos dio permiso hasta el otoño del 83.Todos los meses había que pagar un número que nos recordaba que ni esa cocina, ni las tres habitaciones ni el jardín eran nuestros. Hasta llegué a dudar que las gatas y el canario lo fueran. No se olviden, decía la pila de papeles que papá guardaba en el cajón de los impuestos, nada de esto es suyo, tarde o temprano tienen que devolverlo.

Ese es el celular de Jose. Volvió. Debe tener hambre, seguro, anoche no comió nada. No voy a ir, le voy a hacer caso a Luciano, está a la vista que mis intentos no están funcionando. Ahí entró a su pieza. Si supiera que sigo sus movimientos a través de la estela de sonidos que va dejando, saldría corriendo. Me parece que empezó a fumar. Está usando mucho perfume y siempre con esos caramelos de menta horribles. No sé porqué se le dio por fumar, si nosotros nunca ninguno de los dos…Tengo que hablar con ella. Los chicos dejaron de gritar. Qué silencio.

Después vino la pensión. Me acostumbré a estudiar rodeada de música, de timbres interminables, de permisos para quedarse leyendo tarde a la noche. La comida etiquetada, los turnos para bañarse: una familia numerosa de desconocidos. La incomodidad de vivir con quince personas me hizo creer que acababa de abandonar un verdadero hogar. Me aferré sabiamente a la fantasía de ese paraíso perdido, de alguna forma la ilusión de haber dejado atrás lo que nunca existió me reconfortó durante todos esos años. Y Luciano pasándome a buscar, dos golpes en la ventana, nuestra contraseña, aire para los dos.

El departamento piso 13 de calle Entre Ríos. No entraba la bici. Solamente volvíamos para dormir, él claustrofóbico, yo y mi miedo a las alturas. Llegar, dejar el bolso y salir a caminar, a visitar a alguien o a tomar un café al bar, inventar necesidades para huir de ese punto de la ciudad hasta que llegara el sueño. Entonces, esas noches angostas -la irremediable espera para volver a salir- intercambiábamos pantallazos del futuro: Quiero tener varones, muchos varones, me encanta jugar con los nenes, correr, trepar a los árboles, chocar camioncitos. Con las nenas no sé que hacer, son tan delicadas, parece que solamente se pudiera jugar a las barbies y cambiarle la ropa y los zapatos. A mí también, tantas mujeres en casa….Y tejíamos juntos el inventario de nombres: Román, Tomás, Pedro, Lucas.

Las cajas que armé y desarmé, los libros que perdí en los camiones de mudanza, así también se rompió la tetera que me había regalado la nona. Pero no son las pérdidas, ni siquiera lo que se quebró sin arreglo, es más bien…Es volver a pensar cada vez: ésta es, ésta sí puede ser, mira al río, está cerca del centro, está lejos del centro, queda a media a cuadra de la escuela, conviene, hay un estacionamiento a la vuelta, es un barrio seguro, está al toque de la avenida para las chicas que vuelven tarde del boliche. Podría llorar de cansancio… No puedo no importa tengo que seguir buscando.

La puerta, es ésta puerta, es JosÉ que entra.

Cuando me abraza así, desde atrás, apoyando su mano en el corazón de mi blusa y su cabeza en mi hombro, me acuerdo, lo veo tan claro, y puedo quedarme sentada, quieta, al fin.